sábado, 5 de junio de 2010

MIL PALABRAS PARA DECIR QUE HE REGRESADO

Es fácil caer, y es más fácil recaer. Llevaba casi medio año sin fumar, sin probar ese vicio que tantos años ha estado a mi lado y caí. Recaí. Lo peor es que la excusa cobarde de “sin darme cuenta” no es verdad, no. Fue una decisión mía y nadie me obligó, ni diré que en medio de unas copas no reparé en lo que hacía. No. Simplemente un día salí de mi oficina, agobiado por el stress, y me fui directo a la bodega para pedir que me vendan una cajetilla de cigarrillos.

Pagué, me di media vuelta y la abrí. Saqué uno, lo golpeé como solía hacer antes, la base contra la cajetilla para que baje el tabaco picado, me lo llevé a los labios y aspiré su delicioso humo que me llevó a uno más de esos momentos que uno quizá podría denomina epifanía: me gusta el tabaco y me acabo de dar cuenta que en estos casi seis meses de su ausencia me he perdido de valiosos minutos a su lado, en su nube, bajo sus efectos, claro que esto último es discutible.

Los estudiosos de todo dicen que directamente en el organismo el humo del cigarrillo no otorga ninguna sensación real ni medible, no es alucinógeno ni otorga una sensación real de calma. Pero todo eso lo siento yo cuando inhalo su nube blanca gris, que sé me está matando de a pocos, y no me da miedo.

Es tal vez rebelde e inconsciente esta actitud mía, pero es lo que el cigarrillo en mí provoca. Me gusta fumar y no me avergüenzo.

Es difícil combatir contra esta bestia, es difícil tratar de pensar en que se puede dejar de fumar porque sí, de la noche a la mañana. Esto para mí no es una moda, no es que me guste fumar porque las cajetillas son bonitas, porque es un look o es una moda, o porque me la doy del chico rudo o porque es una pose. No, en mí no es así. Conozco gente que solo compra determinada marca de cigarrillos porque dicen que son más suaves, o más dulces o más amargos o estupideces de esa ralea, que no entiendo, porque para mí los cigarros solo se dividen en buenos y malos. Siempre fumo la misma marca PallMall, que es la evolución (por así decirlo) de Montana, en el Perú digo, pero hay gente que prefiere Hamilton, o hay quienes escogen Marlboro pero lo hacen porque es quizá el lugar por donde llegaron a este mundo.

Y hay gentes, todos detestables y desagradables, que escogen una determinada marca porque es más cara, y tratan de compensar en tener un hábito más costoso lo que jamás tendrán, clase y distinción. Eso, que quede claro, no se compra.

Pero regresando por el camino en que empecé, sigo colgado. Tan colgado y jaloneado por esta adicción que hace pocos días me acosté como a las once de la noche y a eso de la una, después de unas seiscientas vueltas en mi cama, me di cuenta que no podía dormir y que estaba como deprimido. Angustiado, triste e ido. Me empecé a comer mis uñas y taparme y destaparme, sentía una presión en el pecho y hasta un poco de desesperanza. No sabía qué ni porqué. Estaba angustiado. Hasta que caí en la cuenta de lo que me estaba sucediendo, como llevaba pocos días, y pocos cigarrillos, de regreso a este vicio, pues era eso. Necesitaba fumar. Así que en plena madrugada, me volví a vestir, saqué mi alma hacia la calante madrugada del sur de Lima y me dirigí al único lugar en donde sabía que podía abastecer mi vicio: el grifo a la esquina de mi casa. Minutos después, ya feliz y de regreso a mi casa, estaba con un cigarrillo en los labios y las manos en los bolsillos. La verdad es que en invierno me gusta fumar así. Hay gente que no puede, que se atora, que se irrita los ojos, pero yo no, a mí me gusta.

Ahora que estoy de nuevo atrapado en el callejón sin salida del cigarrillo me preocupo un poco. Empecé a fumar a los 15 años y hoy a mis 28, pues llevo casi una vidita fumando. Una vidita de 13 años que pueden ser 13 años por vivir. Si bien aún no tengo hijos, está en mi plan de vida y de metas el ser padre, y eso implica también el querer verlos crecer y hacerse hombres, o mujeres. Y claro, este hábito tan noble pues precisamente no es edificante en esto.

Pero no puedo negarlo, me tengo que sonreír a mí mismo, pues mientras estas líneas digito estoy fumando sin usar las manos. Es gracioso pero es por las noches, de madrugada casi, en que mejor me siento y mejor es para mí el momento del día para fumar y para escribir. Las ideas fluyen como las volutas del humo sobre mi cabeza.

Aunque debo confesar algo, quisiera no ser esclavo de ese humo que sale de mi boca y de mi nariz, y es que si bien con el cigarro las conversaciones son más productivas y geniales, y los tragos son más ligeros y largos, y el amor es más profundo y pausado, la vida no tiene el mismo sabor con los cigarrillos. No, sabe distinto, tanto que alguien menos decidido que yo podría asegurar y reafirmar que al fumar las cosas ya no saben como son: el dulce de mamá es más agrio, la comida de tu mujer es menos jugosa. Además que están ellas también, quienes deben acostumbrarse a ese aroma en nuestros besos, en nuestras caricias y en nuestro desnudarnos. Afortunadamente para mí, mi enamorada no rechaza ese aroma que me impregna el cigarro y se combina con miolor natural y mi clásica fragancia que uso desde hace más de una década. Claro, ella, como en muchas otras cosas de la vida, es la más única de todas.