lunes, 11 de enero de 2010

UN PAR DE MONEDAS


La mujer se sienta en el suelo con una perfecta posición oriental que ella jamás llegará a saber que tiene ese nombre tan natural y telúrico como lo que quedó tras ella antes de estar en medio de dicha calle. Se arregla un poco, acomoda sus mantas y mira hacia todos lados. Una vez más, se percata que nadie esté mirándola sino que estén ocupados en sus obligaciones. Sabe que algo malo sucede, pues en su espalda hace horas que nada se mueve.

Lleva más de un día sin comer algo decente que no sean panes que le regalan y dos manzanas, un poco de agua y una botella media vacía con una gaseosa que a ella le resulta picante al contacto con la lengua. Está preocupada porque todo ha sido silencio. Aunque quizá la palabra que la describa mejor sea resignada. Total, la pobreza se hereda y eso era lo único que le podría haber dejado si muriese ahora mismo.

Sentada empieza a desenvolver unas mantas atadas a ella y a su espalda. Es increíble tantas vueltas que da sobre un pequeño bulto, que parece que lo único que podrá aparecer será un par de manzanas o quizá unas bolas de queso y un poco de maíz. Ya no se preocupa por observar a todos lados qué está pasando. Sabe que sus sospechas eran ciertas, y sentada al pie de un gran edificio, piensa que quizá sea lo mejor. Una mujer pasa a su lado y le avienta unas monedas al sobrero boca arriba que ella ha dejado delante. No las mira ni se acerca a contarlas o recogerlas. Quizá sea mejor así, quizá era así que tenía que suceder y que no se repita lo que vivo yo, piensa para sí.

A lo lejos oye un silbido y un ladrido. Quisiera acercarse pero sabe que el perro le ladrará. Le gustan los animales. Sigue tratando de encontrar lo que busca en medio de su manta y parece que lo demorase como ahora queriendo no descubrir qué ha pasado. La verdad es una sola y sabe que es imposible escaparse de ella, donde uno se esconda igual lo encontrará.

Acaba de desempacar lo que sus mantas escondían de la vista de los demás, ajenas a ella, ajenos a su dolor. De lejos se percibe un pequeño bulto como entre azul y castaño. La mujer sigue sentada, le toma las manitos y las levanta, las suelta. Caen solas con el peso de las verdades y de la muerte. La mujer lo vuelve a envolver con una sola manta. Se levanta cargando el ahora fardo, lo deposita donde estuvo sentada, recoge su sombrero, cuenta las monedas y se va. Las lágrimas se le acabaron hace años.