miércoles, 9 de diciembre de 2009

TARDES NEGRAS

Muchas tardes, como esta en que escribo las próximas líneas, el sol cae sobre la pantalla de mi computadora y no me deja pensar en nada más que en escapar de ese reflejo. Debe ser así que se sienten los hombres que buscan escapar de la desesperanza, de la falta de fe y de la ausencia de amor, imposible de eludir y que cuando lo ves de frente te ciega.

Pienso un poco en que quizá cerrar la persiana que está a mis espaldas, pero eso implicaría levantarme de la silla, caminar un poco y decirle a la persona que ocupa el escritorio de la persiana que voy a cerrar su vista a la calle (que lo aleja de la monotonía de nuestra oficina) porque el reflejo del sol en mi pantalla me causa un intenso dolor de cabeza. Y pensar en su negativa posible, en tener que darle explicaciones, en qué decirle me hace desistir de levantarme y me empuja a buscar una posición en que mi silla y yo escapemos de los rebotes del sol. Usar lentes oscuros no es opción.
La verdad es que me gustaría levantarme, ir hasta la persiana, cerrarla y si la persona que ocupa la silla al lado de la ventana me dijera lago me gustaría mandarla a rodar, decirle que no me interesa lo que me diga, que yo la cierro porque quiero hacerlo. Y si insistiera le daría un golpe en la cara, eso quisiera, le patearía la silla hasta que se caiga y no le tendería la mano para que se levante. No. Simplemente me regresaría hacia mi escritorio, me acomodaría y seguiría escribiendo estas líneas.
Si saliese ahora a la calle el sol también me molestaría, me molestaría toparme con alguna persona que ande con el cabello totalmente húmedo porque cree que con eso aplaca el calor, pero solo logra asegurarse una poderosa gripe. Sería desastroso subirme a un micro y que la gente huela mal, huela a sudor. Claro que podría subirme a un taxi, pero corro el riesgo en esta ciudad tan gris que el conductor también huela mal, también huela a sudor. Y corro más el riesgo de que sea uno de esos conductores a quienes no les importa la privacidad de sus pasajeros y trata a toda costa de entablar conversación empezando con el gastadísimo tópico de que hay mucho tráfico. Y eso, sería insoportable en un día de sol, de tanto sol, como es hoy.
Y no salgo, me quedo en mi silla, esperando acabar pronto, esperando que no pase nada más y poder salir de acá, a la calle a donde no quiero ir. Porque podría irme a mi casa o a caminar un poco, pero eso haría que quien sude y huela a sudor sea yo y no quisiera provocarle el desagrado que me causan a otro persona. No lo pienso.
A veces creo a lo que uno se dedica en su vida para ganársela es algo que ya se sabe desde el momento mismo en que nacemos. No sé qué haría si tuviera un trabajo peor al que tengo. Quizá un día llegaría con un poderoso rifle y dispararía contra todos justo en el momento en que me piden que firme una lista y dé unas monedas para celebrar el cumpleaños de alguien quien no me cae y que detesto. Y luego de ello soltaría una granada para no dejar lugar a dudas de que en verdad me molesta eso.
Sigo en mi silla, el sol está bajando y los reflejos en las pantallas se hacen más intensos. A veces no entiendo cómo es que me desagradan tanto si de niño era feliz viendo cómo el se suicidaba a diario en el fondo del mar, en el horizonte. No sé en qué momento perdí ese gusto por la explosión de colores.
Ya no creo en mí.