sábado, 31 de octubre de 2009

NO MORE FEAR

El movimiento de las ramas al lado de la ventana dejaron entrar por la ventana los primeros rayos de sol a su habitación. Se empezó a despertar acariciada por la luz en su mejilla, giró un poco como intentando escapar pero empezó a reflexionar sobre el poco tiempo que tendría si se daba "cinmo minutos" más de sueño, ya que siempre le había sucedido que se transformaban en cuarenta o más. Despertó.
Como cada mañana lo primero que hizo al depertarse fue encender el televisor y esperar las noticias. Revisó su celular para ver si alguien había osado llamarla durante la madrugada o si le habían enviado algún mensaje que ameritara responder temprano. O quizá esperando encontrar alguna señal de su novio. Hace dos semanas que se habían peleado y esta vez él había cumplido la promesa de no buscarla y ella no superaba el orgullo de llamarlo. Al menos sabía que estaba bien pues casi a diario le llamaba a su móvil desde un número privado y se sentía bien al oír su voz y saber que nada le había pasado. Sin embargo, le daba miedo llamarlo de noche y descubrir que mientras ella se moría de pena en su cuarto, él pudiera estar en una fiesta, o peor aún, con una mujer. Se imaginaba mil escenas y sufría más. Nada, hoy tampoco le había escrito ni nada.
El noticiario bañaba el ambiente con descripciones de violentos crímenes sucedidos durante la noche, mientras la ciudad usted dormía, como le gustaba describir al narrados a las horas de la madrugada. Asesinatos, violaciones, suicidios, la receta de cada mañana más contundente aún que un cafe cargado para empezar el día con los "ánimos cargados". Al menos para Gabriela Chu eso era cafeína pura.
Un crimen en las inmediaciones de su domicilio le hicieron apurarse para salir disparada a buscar el muerto. Deseaba que aún estuviera ahí. Siempre esperaba que algo ocurriera cerca a donde vivía, pero ese tipo de cosas no suele suceder en los barrios tranquilos, donde la seguridad ciudadana está en cada esquina. Igual el ansía no se la quitaba nadie y soñar no cuesta nada, como le gusta decir a la plaga de optimistas que inundan la televisión. Casi corriendo, apuró su desayuno, cogió su cartera y mientras se dirigía hasta la escena del crimen llamaba a su diario para que le enviarán un gráfico y no esperasen que ella primero llegara a la oficina. Conocedora de la burocracia reinante en las redacciones, sacó su digital para que nadie le quite la imagen.
A medida que se acercaba al lugar que el noticiario había dado como la escena de un suicidio, Gabriela repasaba en su mente esas calles, esas veredas que a pesar de estar solo a minutos de su casa hacía muchos años que no visitaba. Inmediatamente voló hasta su infancia, hasta sus quince años y sintió que era una de esas bromas que el destino gusta jugar a quienes no creen en él. No estaba equivocada.
CONTINUARÁ