domingo, 13 de septiembre de 2009

Para esos "John" y esos "Charly"

Todos hemos tenido una mascota alguna vez. Desde un ratoncito blanco hasta un gran danés. Incluso hay quienes son más exóticos y adquieren monos, aves de colores, lagartos, serpientes… pero todos hemos convivido con algún animal. Y hemos sido felices. Pero definitivamente que el común de las personas han criado un perro, o un gato, o a ambos y a la vez, y guardamos de esos momentos felices recuerdos, que al paso de los años, cuando alguna mascota nos recuerda a quien acompañó nuestros primeros pasos, a quien soportó nuestros excesos, sonreímos sintiendo que esa vida que pasó por nuestro lado y que ya no está.

Personalmente he criado a varios perros, a muchos más gatos, a dos loros y creo que a varias especies de arañas que en mi cuarto han hecho su nido, pero que no conversamos mucho. De esta lista no diré que recuerdo o aprecio más a uno o tal porque cada quien supo darme una gota de felicidad que aprecio con igual estima. Sin embargo quien más nos acompañó fue una gata y un gato. Madre e hijo, en serio. Negros los dos, con leves manchitas blancas en el pecho. Entre los dos compartieron conmigo y mi familia cerca de doce años. Más de una década de rabias, de alegrías, de preocupaciones y de innumerables viajes a las tiendas y mercados en busca del alimento.

La primera fue la negra, que así se llamó, Negra, y que su historia fue de lo más inesperada. No nos la regalaron, no la compramos, sin que un día llegó a nuestra casa, se metió a la sala y no salió de esta hasta casi ocho años después, cuando una tarde de abril se fue para no regresar. Dicen que a los gatos no les gusta morir delante de sus dueños. Dicen.

Cada noche aparecía delante de nuestra puerta y ronroneaba, como pidiendo un poco de comida, un poco de calor, un poco de un hogar. Y le dábamos un poco de lo que podíamos, o sea bastante de todo. Así hasta que una noche entró, cruzó el umbral y se ganó a todos, nadie la quiso botar, nadie le dijo no te quedes y ella lo entendió como una bienvenida. Inmediatamente se instaló en la casa, dueña de ella empezó a dormir en mi cama. Los pies más calientes de todo el invierno.

Poco a poco todos en la casa girábamos en torno a ella, que si comió, que si le han puesto el agua, que si ya regresó, que no cierres la ventana del patio porque aún no vuelve, que no dejes la cortina desplegada porque la araña. Todo. Hasta que un día empezamos a notar algo raro en ella.

Cuando llegó a nuestra casa no debería tener más de medio año de vida. Así que poco antes de cumplir el medio año con nosotros empezó a engordar. Ya no salía por las noches, ya no saltaba a todas partes. Estaba preñada.

Para niños de edad, que habíamos sido criadores de mascotas varoniles como perros doberman, tener una gata y preñada era toda una novedad. Así que día a día fuimos siguiendo esa próxima llegada. Cartones y telas viejas fueron el hogar que recibieron.

Seis gatitos ciegos, rosados y rubios y blancos y uno, sólo unito, negrito, con su manchita blanca en el pecho, el hijo de su madre. Pequeñito, famélico y huesudo por donde lo agarráramos.

Todos estaban sanitos y enteros y la gata los trataba por igual, sin embargo al paso de los días el negrito era, digamos, rechazado por su madre, o apabullado por sus hermanos. Así que para que se alimente teníamos que dejar a los demás gatitos en su caja y llevarnos al negrito y a la Negra a parte para que lacte a sus anchas, y lo hacía.

Poco a poco el gatito negro empezó a llamarse así, Negro. Nos fuimos encargando de conseguir hogar a cada uno de los demás, pero el Negro siempre se salvaba, se quedaba, nadie quiere a los gatos negros. Solo nosotros.

Y así sin darnos cuenta teníamos dos gatos. Antes ya habíamos criado a varios mininos, pero ninguno vivió en nuestra casa más de medio año, se iban. Sin embargo este par, madre e hijo, Negra y Negro, tenían ya casi un año en nuestra casa. Así sin pensarlo pasó oro año, y otro y varios más. Y muchas crías de gatos también. Recuerdo bien cómo el Negro aprovechaba su tamaño, ahora lo hacía él, y seguía lactando de su madre pese a que ya sus hermanitos eran de tres y hasta cinco camadas de distancia que él. Pero se le veía tan gracioso que nadie decía nada.

No quiero seguir más sin contar también de los perros. Sería injusto. Así que más adelante contaré de los canes en mi casa y acabaré la historia de los “negros”. Por ahora sólo dos videos que resumen lo que es tener una mascota, para todos: un gato y un perro.

The Dog and the Butcher by Jonathan Holt from Jonathan Holt on Vimeo.