martes, 1 de septiembre de 2009

AMIGOS Y NADA MÁS

Hace poco recibí un correo de una red social, que me decía que JJHH quería ser mi amigo. Era una persona que no veía hace casi 10 años. Qué podía haber de amigo en alguien al que no veía en ese lapso tan amplio. Que yo recuerde el tiempo que compartimos la misma aula del colegio no nos hizo amigos, y eso que fueron años. A lo mucho un par de holas y nada más. Y así, sin más, ahora me decía que quería ser mi amigo. Decidí no aceptar esa dudosa proposición.

A los días, otro amigo de aquella época me llamó por teléfono (aclaro que con este amigo y compañero de clases sí cultivé una amistad que sigue) y me dijo que un grupo de chicos del salón del colegio querían reunirse para tener un almuerzo, que varios se iban de viaje fuera del país y que porqué no pasar a saludar.

La verdad es que hacía casi una década que no los veía, salvo contadas excepciones. Y esto no porque no haya querido o ellos no me hayan invitado antes (porque sabía que se seguían frecuentando), sino simplemente porque no, no coincidíamos en los mismos buses, no trabajábamos juntos, no estudiamos la universidad juntos ni nada de eso. Pese a que la mayoría de chicos de mi promo del colegio no vivía a más de 15 minutos de mi casa, ni bien acabamos la escuela perdí casi todo contacto con la mayoría de ellos. No sé si por desinterés o qué, pero con el paso del tiempo no me preocupó nunca ni un poco. Al contrario, fortalecí amistades de otros lados y en fin, crecí, maduré, me hice adulto... sin saber casi nada de ellos.

Y la idea de un almuerzo, diez años después del último día de clases, digamos que no me entusiasmó, pero me animé a ir para saber qué había sido de los compañeros con que crecí, con que jugué o con los que en algún momento me divertí, no lo voy a negar. Así que acepté. Enterado de mi respuesta afirmativa, otro compañero me llamó, con el que también mantenía un contacto virtual pues luego que una vez hace años le di mi correo me enviaba casi a diario esas "divertidas" cadenas de email que borró sin siquiera leer. Pero como esta vez el subject decía "celular", decidí abrirlo. En resumen me pedía que le diera un número a dónde poder llamarme, y lo hice.

A la hora me llamó y coordinamos en que el encuentro sería en dos semanas, un domingo al mediodía en la puerta de la iglesia San Pedro, en Chorrillos. Le dije que ya, y pregunté que quiénes más irían. Me detalló algunos nombres que con el paso de los años ya no asocié a ningún rostro (aunque suene exagerado), y dije está bien. Llegado el día, acudí puntual, sin muchas ilusiones de nada, ni sentimiento alguno. Solo cumplía con mi deber. ¿Cuál? No lo sé. Así que llegué puntual, mediodía frente a una iglesia a la que sólo entré una vez en mi vida en la misa de duelo de un compañero.

El paso de los minutos y la ausencia de los amigos me hacían evidenciar que poco había en ellos de nuevo. Más de 20 minutos después llegó el primero. La verdad que lo reconocí casi de inmediato, pero no dije nada. Esperé que se acercara a mí y me saludara. No sé porqué lo hice, pero fue así y listo. Me empezó a hablar, que qué había sido de mi vida, que dónde había estado escondido diez años, que si me había casado, que si tenía hijos, que esto y lo otro. A todo le dije que no, o que casi y cuando por un poco de decencia le pregunté casi lo mismo, me dijo que tenía tres hijos, que vivía con su mujer en casa de sus padres, que hace un mes había abierto su propio taller de mecánica y que trabajaba para vivir.

Ante la demora exagerada de los demás, me pidió que le prestase el celular para llamar a los demás y ver qué pasaba. Llamó y muy risueños le decía que para qué era tan cojudo de ir a las doce en punto si se acordó que sea al mediodía. Tampoco lo entendí, pero le dijeron además que ya estaban en camino. Casi una hora después de aparecieron otros cuatro chicos, señores, jóvenes, o como sea mejor llamarlos.

La verdad que sus caras no había cambiado demasiado. El mismo estilo para vestirse, algunos con bigote de tres pelos, otros con lentes, en fin, casi lo mismo que en el colegio. Al verme hicieron las aburridas bromas de antes, que esto y aquello, que porqué no iba a las reuniones y que cómo me iba. A todos les había dicho que andaba ocupado, que el trabajo, y esto, pero no les dije en qué trabajaba. Preferí evitarme oir el "yo también quise serlo". En fin, reunidos ya un grupo de seis, nos dimos cuenta, ellos, que faltaban otros seis, así que de nuevo mi celular pasó de mano en mano para que llamen y confirmen, y los muy graciosos compañeros ausentes habían resulto que para ellos era más cómodo reunirse en la plaza de Barranco, y que nos esperaban. No había más opción que ir. Al final de todo ya estaba ahí y no podía ser peor.

Al llegar a Barranco, los vi ahí reunidos, en la misma división que hace diez años, unos al lado de otros como antes y me reí, porque era como si para ellos no hubiera pasado el tiempo, un atisbo de alegría me despertó y me acerqué a saludarlos. Pero al llegar vi cuán equivocado estaba. No sé qué fue o cómo fue, pero inmediatamente al estar al lado de ellos me di cuenta que había cometido un error al ir, un grave error. Me di cuenta que me esperaban como mínimo un par de horas de aburrimiento y de escuchar conversaciones estúpidas, aunque suene cruel o no sé qué.

Empezaron a recordar otra vez, que donde había estado, que porqué no me comunicaba más con ellos, que seguro me había vuelto un “botado”, y cosas así. A las que respondía con una sonrisa y un jaja sin más ánimo que el que me daba estar ahí. Luego empezaron las bromas entre todos, que si eras soltero confirmaba que eras gay, que si tenías un hijo sería igual de jodido que uno, que si hija sufrirías, que esto y lo otro y nada me causaba gracia. Nos

Continuará...