sábado, 20 de junio de 2009

HISTORIA DE UNA IDA Y UNA VUELTA

Actualización: ya terminé la historia...

En diciembre de 2008 decidí junto a mi mamá hacer un viaje a Huancayo. En realidad íbamos en busca del pasado. De una historia de mi madre, que se había iniciado casi 40 años atrás. Las probabilidades de éxito eran muy escasas, pero la oportunidad podría servir de excusa para que hagamos un viaje juntos y de paso, distraernos del “mundanal ruido”. Partimos de Lima el 4 de diciembre, desde el terminal terrestre de Yerbateros, con la única certeza de que el viaje duraría cerca de seis horas. De nuestro verdadero objetivo solo sabíamos su nombre y algunas de sus señas que en las últimas cuatro décadas deberían haber cambiado de forma irreproducible.

La busqueda que decidimos iniciar esa mañana de los primeros días del último mes del años empezó casi un mes atrás: una tarde conversando con mi mamá em empezó a contar ella que en su infancia había crecido junto a una prima carmen, pero que en las historias de las familias del pasado, Carmen había decidido escaparse de casa junto a su novio, un chico al que la abuela de ambas no aceptaba, lo discriminaba, pero ya todos sabemos de lo que una mujer es capaz por el hombre que ama, renunció a todo y se fue. Y mi mamá ese día perdió a quien era una hermana y madre para ella.

Me había contado que carmen le enseñó todo, desde coser hasta cocinar, pasando por toda la gama de artes que las mujeres en los 60 practicaban. Entonces mi mamá se sentía triste, siempre tenía esa ansia guardada d saber qué sería de su prima, de su hermana, de su “mamá”, de Carmen. Lo último que había sabido de ella fue pocos días antes de que decida fugarse con su novio cuando le dijo que el chico que amaba vivía en huancayo, y que quizá allá podría ser feliz. Ese día le estaba tratando de decir adiós, pero mi mamá era muy joven como para entederlo, así que no pudo despedirse ni saber nada. Solo a los días al despertarse y ver que carmen no aparecía entendió que se había ido a Huancayo.

Pasaron los años y como es lógico el dolor amainó, se cruzaron los recuerdos y Carmen se convirtió en algo así como un fantasma de la infancia. Yo recién me enteré de la existencia de esta tía a mis 26 años.

Luego de contarme esto mi mamá me pidió que la ayudara. “Tú tienes amigos, tú debes conocer a la gente indicada, tú puedes ubicarla”. Craso error el creer que un periodista tiene carta libre para meterse en cualquier archivo. Pero tenía que hacer mi mejor esfuerzo. Armado con el nombre completo de la prima desaparecida en el tiempo, accedí a los registros de identidad nacional. Nada. Los registros de la seguridad social. Nada. Incluso a los registros del Poder Judicial (siempre algún amigo te debe mil favores) y nada. Descartado el hecho de que estuviera muerta (debía tener como mucho 70 años), partía en mi pesquisa de la premisa de que estaba en Huancayo, esperando que la encontremos.

A las dos semanas de haber empezado mi investigación estaba ya por tirar la toalla, cuando mi mamá me contó que un pariente le había contado que sabía que carmen era dueña de una panadería en Huancayo. Vaya, pensé que sería fácil así, ver los registros tributarios, era algo que no se me había ocurrido, así que indagué una vez más. Nada. De nuevo la pared en blanco. Entendí entonces que lo mejor que podía hacer era ir al mismo lugar, viajar a Huancayo y buscar allá. Así que el 4 de diciembre partimos con mi mamá rumbo al centro del país, llevábamos solo una maleta con ropa para unos días e igual monto en efectivo.

Luego de atravesar los andes peruanos, y de viajar por la autopista nacional con el mayor índice de mortalidad del continente, de dejar atrás a una de las fundiciones con mayor grado de daño ambiental, el bus nos dejó en Huancayo. En ese momento comprendí que el viaje sería en vano, que debería hacer algo pronto para que mi mamá no se pusiera triste: había panaderías en todos sitios, en cada esquina, en todas las calles. Panaderías y pollerías, parecía que Huancayo solo desayunaba pan y almorzaba pollos.

Luego de almorzar nosotros decidimos salir a la calle y hacer preguntas sueltas (¿conoce a una señora de 70 años que tiene una panadería?). Todo fue inútil. Cansados y con la determinación de buscar techo, decidimos hacer una última pregunta, pero ya no sobre la panadería, sino sobre dónde se abastecían de trigo y harina los panaderos. Quizá los mayoristas podrían darnos mayores referencias. Y como la Providencia siempre acompaña las buenas causas, o las coincidencias existen, si prefieren, al consultar a una señora esta nos dijo que debíamos decirle si buscábamos una panadería de pan normal o de pan tradicional, que ambos se hacen con distintos insumos. Así que optamos por lo segundo y nos dijo que en todo caso fuéramos hasta Chupaca (a poco menos de una hora de viaje) pues allí estaban la mayoría de panaderías tradicionales, pan serrano en pocas palabras.

Llegamos. El pueblo no era tan chico como esperaba y mi mamá volvía a dibujar la decepción en su rostro. Fuimos hasta la comisaría y al primer policía con quien me crucé le conté mi razón de estar ahí parado delante suyo, previa mostrada de carné de prensa, que de nada valió ante la contundencia de la respuesta oficial: “señor periodista, esta zona tiene casi treinta mil habitantes, yo no puedo conocer a todos. Además no soy de acá”. Se acomodó el cinturón como para reforzar que no era chupaquino ni huancaíno. Pero afortunadamente nos dio un valioso dato, “vayan a la plaza, en los pasajes siempre están los empleados de las panaderías que llegan con canastas para ofrecer sus panes, quizá alguien sepa darles noticias”.

Casi corriendo llegamos a la plaza, y otra vez parecía que la adversidad estaba jugando de local, nadie conocía a Carmen. Nadie sabía quién era, nadie la había visto jamás. Pensamos en regresar a la ciudad pero una vez una nueva palabra de aliento. Una señora nos dijo que vayamos al mercado, que ahí le parecía haber escuchado hablar de una Carmen, que tenía una panadería.

Otra vez más corrimos de lado a lado hasta el mercado. Preguntamos a las casi veinte mujeres que ofrecían panes y nadie nos dio alguna pista. Ni una sola. Pero había una señora que nos miraba con detenimiento y que parecía tratar de oír lo que estábamos preguntando, hasta que no pudo más y se nos acercó. “A quién buscan y para qué”. Así sin más nos lo dijo, yo tuve miedo, quizá era una mujer que nos diría que vayamos a tal lugar o a tal calle y allí nos atracarían. Lo dudé pero mi mamá ya le estaba contando todo. TODO. Hasta que era periodista. La mujer también bajó la guardia y me pidió que le mostrara mi carné. Confiaba en el medio en que trabajaba y nos dijo algo que definió nuestra estadía en Huancayo.

Nos dirigimos hacia una calle al costado de un puente que pasaba por encima de un río seco, y que a solo cinco metros (para mayores señas) había una estación de servicio. En ese pasaje debíamos preguntar una vez más. Sin embargo no encontramos el puente, vimos varias estaciones y cuando preguntamos por la zona exacta que nos indicaron nos dijeron que estábamos lejos, que nos habíamos desviado de camino.

Seguimos caminando recordando las palabras de la mujer en el mercado. “Ella es mi suegra. Si es la Carmen que conozco, la van a encontrar en el pasaje pasando el puente”. Luego de corroborar la historia, que se había fugado, que llegó en los finales de los 60, que debía tener 70 años, y otros detalles más, mi mamá estaba convencida de que la habíamos encontrado. Yo preferí ser más escéptico y desconfiar de la buena suerte. Sin embargo casi cuarenta minutos de caminata y a punto de que la noche apague todo y hasta llueva, llegamos al barrio indicado. Sin embargo había muchas casas, y no sabíamos a quién preguntar, pues la desconfianza en esas zonas es una plaga. Así que entramos a la bodega y el señor que nos atendió nos dijo que sabía de quién le hablábamos pero que no podía decir nada pues no sabía si nuestra intención era buena o mala.


En breve ampliaré y finalizaré la historia.... ya lo hice...


Luego de ste impasse, le dijimos que buscábamos a Carmen, pues esra un pariente de mi mamá a la que no veía desde hace casi 40 años y que habíamos llegado desde Lima siguiendo un rastro perdido en el paso de los años, reforzado unicamente por datos entregados al aire y que si la Carmen que buscábamos no estaba en esa calle pues no nos quedaría más remedio que regresar a casa y saber que Carmen había desaparecido para siempre. O hasta el día en que alguien diera con ella.

Quizá conmovido por nuestra historia, y quizá también conocedor del pasado de Carmen, el señor se animó a decirnos dónde podíamos ir a preguntar si era ella o no. Salimos de la tienda y avanzamos unos veinte metros más en el pasaje, llegamos hasta el portón indicado y tocamos. A los pocos segundos salió un joven de unos 28 años de edad y con cara de sorprendido (muy poca gente debería haber llegado hasta su puerta llevando mochilas pesadas) y nos dijo qué buscábamos.

Al darle señas de lo que hacíamos ahí parados en el umbral de su casa, una pequeña sonrisa empezó a dibujarse en su rostro: quizá sí conocía a Carmen y sabía de la historia que unía a mi madre con ella. Nos dijo que esperasemos un minuto y que volvería a salir. Al rato tras la puerta oímos que regresaba, pero eran más pasos. Al abrir la puerta una cara de 70 años nos recibió y mi mamá la reconoció debajo de todos los pliegues de ese rostro arrugado. Se avalanzó a ella y le dijo "Carmen, soy Meche, tu prima". Lloraron en un abrazo eterno.

Ya resumidas las historias de cada una, empezaron a añorar la infancia que pasaron juntas y a preguntarnos cómo la habíamos ubicado. Debo decir que la señora misteriosa que en el mercado nos dio las pistas para llegar a esta casa era la nuera de Carmen, y que se guardó eso por pura desconfianza. El joven que abrió la puerta vendría a ser mi primo, Hugo, y aún faltaban más familiares nuevos. Como una Carmen más joven, hija de la prima de mi madre y un hijo mayor, el esposo de nuestra "guía".

No sé si contar más de lo que pasó en Huancayo, o quizá para más adelante, pero diré que esta travesía fue una historia de una ida y una vuelta, porque fuimos tras el pasado y regresamos a Lima con historias para el futuro.