martes, 16 de junio de 2009

NO TEMAN ARRIESGARSE

Cuando estaba a punto de terminar el colegio conocí una chica que me parecía la más inocente y tierna de todo el mundo (a los 15 uno siempre dice "de todo el mundo"), y la verdad que me gustó mucho su candor, así que traté de hablarle y saber algo de ella, quizá podríamos ser amigos, o quién sabe.

Recuerdo que le dije a un amigo que quería hablarle y él con el mayor desparpajo del mundo me la presentó. Fue todo muy loco, él se acercó y le dijo "hola, me llamo Raúl y mi amigo (o sea yo) quiere conocerte". Wow. La chica se puso rojísima, colorada por la vergüenza (aunque no sé de qué), pero tan sonrojada y acalorada que hasta se le empañaron las lunas de sus lentes. Eso me pareció a mí demasiado. Me empezó a gustar más.


Los primeros días que la veía me acercaba a saludarla pero de ahí no pasaba, ella no hablaba mucho y se notaba que se avergonzaba de que le hablara o que los chicos se le acercaran. Seguro era hija única o sólo vivía entre mujeres con un padre sobre protector, claro que en ese momento no pensaba yo eso, sino ahora que lo recuerdo.


No sé bien cómo, pero un día sin darme cuenta me puse a hablarle de ella a mi amigo, a Raúl, y le dije que me gustaba. Él se empezó a reír. Me decía que mejor ni lo intentara, que nunca me haría caso, además "se le ve muy, pero muy sana". Y precisamente eso era lo que más me gustaba de esta chica, su ternura, su sencillez, la honestidad que se traslucía por sus poros, en sus ojos tras sus lentes. No diré que me había enamorado, pero me gustaba, sentía algo raro cuando la veía. Así que me decidí arriesgarme (nunca teman arriesgarse) y empecé la labor de hormiga: poco a poco ir descubriendo qué había debajo de esa chica de inocente sonrisa y escasas palabras. Llena de silencios y de mohines como respuestas.


Con el paso de las semanas descubrí (comprobar es más exacto) que vivía con sus padres, tenía dos hermanas mayores que ella (la hermandad castrante, siempre lo he dicho) y que su papá era en exceso celoso con ellas. Así que "por favor no me vayas a llamar a mi casa, a menos que sea urgente". Ese fue el primer gesto de coquetería que le descubrí. Qué de emergencia podría haber entre dos chicos de 15 años. Era un simple pedido de "llámame, pero sé prudente".


Y lo hice, la llamaba algunas tardes. En esa época no existían los celulares, o mejor dicho eran tan caros que no todo escolar los tenía, así que salía de mi casa y unas cuadras después llegaba al un teléfono público y marcaba su número. Recuerdo que las primeras veces me contestaba su hermana (que seguro esperaba que algún otro chico como yo la llamase) y después, como suele ser muy metódico y de costumbres e este caso, la llamaba a la misma hora siempre: 4 de la tarde. Así que casi a las dos semanas de que empecé a llamarla, pues era ella ya quien respondía al fono. Sabía que la llamaría, lo esperaba, y se alegraba. Como el zorro de "El Principito".


Mi amigo Raúl me decía que qué era lo que estaba esperando, que porqué no la había invitado a salir, a pasear, al cine. Hasta se ofreció a darme plata si es que ese era mi problema (aunque a esa edad recuerdo que todo se podía solucionar con unas monedas) pero no, mi tardanza era por otro motivo. Simplemente no me atrevía, y mi burdo juego de seducción se me había ido de las manos y creo que estaba ya comprometido. Tenía miedo, así de simple. Raúl me aconsejaba que la llamara y le dijera para salir, que así sería menos dolorosa una eventual negativa de ella. Pero terco como pocos, me negaba.


Y Raúl me dio un ultimátum, "invítala antes que te ganen". Proféticas palabras que no vi venir. Incluso me dijo "cuando la acompañes trata de besarla, al menos sabrás si quiere o no". Claro que lo que podría ella querer luego de eso era darme una cachetada bien merecida. Y no lo hice. Es más, en medio de mi pánico, dejé de verla a la salida del colegio, ya no iba al mismo paradero, cambié de ruta por una semana y desafortunadamente ella nunca me llamó a mi casa. No me mandó decir nada con los amigos en común. La noticia llegó por otro lado. Un amigo me dijo que en esos días que yo no iba otro chico se le había acercado. Ja. No diré que me dio celos, porque no fue así, pero me dejó un sabor amargo en los labios.

Enterado de ello, al día siguiente decidí ir a verla. Errar es humano, pensé, así que no tiene nada de malo que ella tenga amigos, me decía para mí. Aún sin entender que no hay peor mentira que la que uno mismo se hace.


Al llegar a su lado la saludé y no me dijo nada de lo que esperaba, no me preguntó que porqué no la había llamado ni había ido a verla. Nada. Fue un hola como si me hubiera visto ayer. Me sacó de cuadro. Dónde estaba la niña tan inocente y tierna que había conocido, me decía. De pronto su voz me regresó a la tierra. Me dijo "chau, me tengo que ir", y se fue. Pero al voltear a ver yo para dónde se iba, vi al chico que en una semana había hecho lo que yo no pude ni me acerqué en dos meses. Llegó, la tomó de la mano y le dio un beso, en los labios.


Inmediatamente me fui caminando, tranquilo, hacia el lado contrario. Busqué a Raúl entre los demás amigos y lo vi. Al verme él vino al notar mi cara de desconcierto y me dijo "qué pasó". No sé, le dije, vino el pata ese y la besó y se fueron.