martes, 5 de mayo de 2009

REGRESANDO A CASA



Nunca lo he contado. Sólo una persona lo sabe y me decía por ella “el Marco peruano”, llena de ternura y con ganas de abrazarme para que no me sienta mal por ese recuerdo tan agrio.

Probablemente a muchos le haya pasado. Aunque pensándolo bien, no. La gente no es así.

Yo por mi parte ahora soy un devorador de mapas, de cuanta guía de calles lleguen a mis manos. Amante empedernido del Google Earth, por supuesto.

Una tarde, cuando tenía casi diez años, me perdí.

Y en pleno Centro de Lima, para mi mala suerte. Confieso que hasta hoy no supero ese trauma. Estuve cerca de cuatro horas perdido en la ciudad. Debo aclarar algunas cosas para que se entienda la magnitud de mi desgracia.

Estoy hablando del año 1989 o 1990, una época en que Lima eran tan o más desordenada que ahora. En donde el terrorismo estaba campante y llegar al Centro era recorrer un desfile inacabable de ambulantes y todo tipo de personas que hacían de las veredas de la ciudad sus puestos de venta. Desorden, caos, colores, bulla, confusión. Las calles en ese momento no tenían nombre. No exagero. Ahora al menos hay letreros que te dicen dónde estás. Antes nada. Había que guiarse por la memoria y recordar que donde estaba el hospital era la calle Uno y el puente de hierro la avenida Seis. Así de caótica era esta ciudad.

Decía que me había perdido. No sabía qué hacer. Yo para esa fecha ya vivía en Chorrillos (en casa de mis padres, claro), alejado a unos 20 kilómetros del Centro. Así que ya se imaginarán la desesperación que vivía. Estaba a poco más de una hora de viaje de mi casa.

Resulta que una tarde de julio (debió de ser de ese mes porque el color del cielo que recuerdo es de un gris tan tétrico como solo son los de este mes, que hasta ahora cuando los veo me deprimen) acompañé a mi mamá al Centro a que haga unas compras, y de paso me compró unas zapatillas, blancas con gris. Como ya no me gustan. Así que feliz por ir con ella y feliz por el regalo, caminaba muy orondo a su lado hasta que de un momento a otro, en un acto de repudiable irresponsabilidad, me dijo si me podía ir solo a la casa, o que en todo caso la acompañara a ver a mi tío, su hermano. La verdad que la idea de ir donde mi tío no me desanimaba, pero mis ganas por probarme mis zapatillas nuevas y ver si estas me hacían saltar más eran más grandes, así que acepté. Claro que también jugó el hecho de la intrepidez, siempre me gustaba hacer algo que nunca había hecho, y subirme al carro y atravesar Lima hasta mi casa era una idea tentadora. Así que dije sí.

Ya para ese entonces yo me regresaba solo del colegio a mi casa. Claro, éramos varios chicos los que íbamos juntos, pero me refiero a que ningún adulto ni hermano mayor nos acompañaba, entonces algo de experiencia tenía. Al menos sabía dónde debía bajarme.

Así que sin más, mi mamá me embarcó en un micro que me debía llevar hasta el terminal de los antiguos buses que partían del centro hacia el sur de la ciudad, es decir desde el jirón Lampa en Lima, hasta Matellini, en Chorrillos. Lo que mi mamá no sabía, y no pregunté, es qué cómo me iba a dar cuenta que debía bajar o en qué lugar debía hacerlo.

Así que confiado en que me daría cuenta. Total siempre había largas colas de gentes y de buses y esa sería la señal perfecta. Pero no. Ese día, precisamente, el carro cambió de ruta y no sé por dónde salió, que cuando me di cuenta que ya me había pasado y que no había vuelta atrás, sentía que me iba a morir, que el vacío se habría para tragarme, que me convertiría en uno de esos niños de la calle con la ropa sucia y con bolsitas amarillas que inhalaban constantemente. Empecé a llorar.

Lo juro. Sentía eso. Es más, creía que me iba a morir ese mismo día. Sí, lo admito soy muy fatalista. Pero eso era lo que sentía y no hablo de lágrimas normales, era con sollozo y todo, con ataques de tos y de mocos por toda la cara, rojo como un tomate bañado de lágrimas. Recuerdo que muchas señoras me miraban y como estaba parado al lado de una señora, debían haber pensado que ella era mi mamá y que yo lloraba porque me habían castigado por portarme mal. Craso error, siempre hay que preguntar antes de sacar conclusiones.

Y desesperado y tan abatido por la pena, no atinaba a decir nada. Hasta que una imagen me sacó de mi mundo destruido y me puso los pies en la tierra. Tras una esquina y otra más, el micro en el que viajaba llegó a un lugar que yo conocía, el Hospital del Niño. Lo recordaba porque había sido casi mi segundo hogar menos de un año antes. Como las cosas vienen siempre en parejas ambiguas, la señora que los pasajeros creían mi madre se compadeció de mi llanto desconsolado 8veinte minutos luego de que este empezara) y me dijo que qué me pasaba. Que si me había perdido. Gran mujer, lo primero que hice fue agarrarla de la mano y decirle que me ayude a volver a mi casa con mi familia (juro que en el momento en que escribo esto me están dando ganas de llorar). La señora se asustó, me dijo que dónde vivía y al decirle Chorrillos, se asustó. La verdad es que estaba bien lejos. Así que muy humana y amorosa me dijo que me iba a ayudar a llegar a mi casa.

Le dijo al cobrador que parase en el mismo hospital, se bajó conmigo y me dijo que había que esperar algún carro hacia mi casa o buscar uno. La verdad que yo no tenía ni la menor idea de a dónde ir, o qué hacer. Ella se puso a pensar y a medida que se hacía más tarde (cada segundo me parecía una eternidad) sentía que jamás regresaría a mi casa, pensaba en mi mamá, en que ya no volvería a verla, en mi papá y en mis hermanos. Quería llegar a mi cama y abrazarlos a todos. En eso estaba hasta que un patrullero se paró justo delante de nosotros y la señora se avalanzó sobre este. Le dijo a los policías que me había encontrado llorando y que estaba perdido. Cuando oí eso juro que me asusté más. Si ella misma se asustaba, qué iría a ser de mí.

Gracias a Dios los policías se compadecieron de mí y de mis lágrimas, y de la mochila inmensa que cargaba y de mi cara de niño bueno que aún conservo y me dijeron dónde vivía. Cuando les dije Chorrillos inmediatamente cambiaron de cara y me dijeron que era imposible que me lleven a mi casa. Volví a llorar y miraba a la señora. Esta les reclamó y les dijo qué cómo era posible eso. Ellos se defendieron que tenían una jurisdicción y que lo que podían hacer era llevarme a la comisaría ay llamar a mi casa. Pero mi casa no tenía teléfono en esa época. Recuerdan, inicios de los 90, ni existían los celulares. Así que entonces estos señores me ofrecieron llevarme hasta el paradero exacto donde podría tomar un carro a mi casa. La señora dudo (es la mala fama que tienen los policías peruanos), y dijo que ella también iría, para embarcarme. Sentía que aún había esperanzas.

Así que subimos al patrullero y sólo unos minutos después, llegamos a la esquina de 28 de Julio con Garcilaso de la Vega, me dijeron que en ese cruce podría tomar un bus (la 73, que hasta ahora circula) y que me llevaría a mi casa, en Chorrillos. La señora bajó conmigo y yo sentía que era como de mi familia. Incluso quería que me lleve a mi casa, pero dijo que no podía. Al final me embarcó y más de una hora después de viaje, viaje en el que me mordía para no seguir llorando, llegué a mi casa. Bajé del micro y estuve a punto de arrodillarme y besar el piso de mi amado Chorrillos. Respiré hondamente. Contemplaba la magnitud de mi hogar. Mientras caminaba a mi casa, pensaba en si debía contarles todo, entrar y tirar mis cosas y empezar a llorar. Pero no, creo que en ese día tomé la primera de mis equivocadas decisiones, decidí comerme todo y no decir nada. Llegué a mi casa y cuando me preguntaron por qué me había demorado tanto, sólo atiné a decir que el carro se había malogrado y que decidí esperar a que lo arreglen y todos se lo creyeron.

La verdad es que eso fue algo que me acompañó por años. Me causaba muchos problemas el tener que ir solo a algún lugar un tanto alejado de mi casa. Casi hasta los 16 años no me gustaba hacer esos viajes. Sentía miedo. Miedo de que me vuelva a pasar. Así que fue por esa época en que empecé a devorar todo lo que tenía que ver con mapas y planos de mi ciudad. Y hoy, cuando me dicen que debo ir a un lugar que no conozco, a pesar de mis 27 años, siento un poco de angustia, de pánico. Si hay tiempo hasta soy capaz de ir un día antes a “olfatear el terreno”, y cuando me llegó, siento que un gran peso se me quita de encima.

Y bueno, todo esto lo decía porque quería hablar de por qué alguien me dice “el Marco peruano”, tanto así que cuando la llamó en su celular no sale mi foto ni una imagen normal, sale una foto de Marco junto a su fiel monito compañero.

CÓMO IR PERDIENDO LA DIGNIDAD EN CÓMODAS CUOTAS

· Abrir el correo cada tres minutos.
· Darle F5 cada seis.
· Revisar el celular cada dos por si está activa la señal o si la batería se ha muerto.
· Enviarse un correo uno mismo pensando que el internet está mal.
· Abrir y cerrar el Messenger constantemente pensando que hay un error de conexión y los contactos no se actualizan.
· Leer mensajes de texto pasados.
· Buscar en google cosas como “técnicas para no estar triste”.
· Decirle a alguien “¿está conectad@?”
· Llamar con identidad oculta y colgar a penas contestan.
· Desesperarse por si no te responden el teléfono.

Y estos son sólo algunos síntomas. ¿Tienes más de tres? Preocúpate.

Más adelante daremos más pistas.

Hoy no hay ganas.