viernes, 10 de abril de 2009

27 años y contando

Hace un tiempo escribí que siempre he sentido que me voy a morir a los 30 años, y ahora que esa fecha está casi a la vuelta de la esquina, tengo miedo. No sé porqué o en qué momento me empezó a asaltar el pánico que en 27 años no he vivido, pero hoy que tengo muchas de las cosas que siempre soñé, siento temor de llegar a los 30 y que me profecía personal se haga realidad.


Yo recuerdo mi infancia y veo a mi padre regresando a casa de su trabajo, cargando una bolsa de pan para el lonche. Mi mamá por esos años trabajaba: tenía junto a su hermano una tienda de ropa para bebés, entonces se iba a atenderla desde la una de la tarde y regresaba pasada las diez de la noche. Es decir yo regresaba del colegio y apenas la veía para que me dé mi almuerzo y se iba.


Esta es una de las imágenes que más evoco de esos años en que debía aprender a jugar lo que sea pero solo. Mis hermanos eran, y lo son, mayores, con esas brechas insoldables que existen cuando tienes 7 y ellos 12 y 15. Casi irreconciliables. Me acuerdo sobre todo de las tardes interminables, las peleas por usar el televisor (en esos años teníamos solo uno), las peleas incluso por la radio, un poco estas porque sí. Recuerdo como al final, al ser derrotado en ambas lides, me iba a la puerta de la calle y me sentaba a contar los autos que pasaban frente a mi casa, a contar sus ruedas, los micros, y decía este me gusta, este no, este quizá... hasta que daba poco más de las cinco y llegaba mi papá.


Entonces se habría un mundo de posibilidades, con mis hermanos empezamos la tregua para que papá no se amargue y nos pueda castigar. Todo era ambiente de armonía, papá contaba lo que había hecho, nosotros le decíamos lo que habíamos visto en el colegio, las tareas, los amigos, así hasta la hora de tomar un lonche.


Claro, esta es una extracción de mis memorias, y no necesariamente tienen que ser exactas. Quizá mis hermanos quieran recordar otras cosas, que yo no, o quizá estoy exagerando. Lo cierto es que no todos los días eran así, y creo que con eso basta, al menos por ahora y luego contaré la otra versión, la de los días sin sol.


Y la cosa pasaba así hasta bien llegada la noche. Donde luego de ver un poco de Tv mis hermanos (mayores que yo, recalco) se iban a dormir, pero yo no. Al comienzo mi papá se molestaba mucho por ello, me decía que por eso al día siguiente no podía levantarme temprano para ir a estudiar, y yo insistía en que no podía dormir hasta que mi mamá llegue a casa, argumento con el que al comienzo derribé su negativa y con el tiempo logré que me vuelva su acompañante de espera. Claro que la verdad era que simplemente me quedaba dormido en el mueble de la sala hasta que mamá regresaba a casa. Al comienzo mi papá no me despertaba cuando ella llegaba, pero cuando al día siguiente le reclamaba se excusaba diciendo que hoy sí lo haría. Y al menos cumplió con su palabra.


Con el tiempo ya aguantaba un poco más y soportaba sin dormirme la espera de que mamá llegara a casa. Y se alegraba de encontrarme despierto. Me gustaba aguantar, pero un tiempo en esto paso algo muy feo. Era obvio que si aguantaba que llegara era porque me quedaba viendo TV, y mi papá pues era (y lo sigue siendo) un adicto a los noticieros (¿será por eso que me hice periodista?), entonces lo {ultimo que veía antes de dormir era las crónicas policiales, y en eso andaba hasta que empezó a salir una serie de noticias que decían que en Lima había un asesino de mujeres. Las esperaba a la vuelta de cada esquina y las llevaba a descampados, las golpeaba, no quiero decir que más les hacía pero al final las descuartizaba, o sea que las cortaba en pedacitos.


Dios, esos días eran de extrema angustia para mí, yo le decía a papá que debíamos ir a buscarla todas las noches para que no le pase nada, y él me decía que no me preocupara, claro que yo no le decía que mi miedo era el descuartizador. Pero él nunca relacionó esas noticias con mi mamá en la calle. La verdad es que nadie en casa, ni ella lo relacionaba. Cada vez que mi mamá se demoraba unos minutos de más (solía llegar a las once de la noche) entraba en el paroxismo. Me mordía las uñas, me jalaba el cabello, hasta me daba golpes en la frente por no poder ir a recogerla. Hasta le daba patadas a papá cuando se quedaba dormido y le decía que como mínimo debíamos aunque sea salir a la puerta de la calle y ver que estaba ya llegando. Gracias a dios en eso me hizo caso. Salíamos pero él ni bien cruzábamos la puerta sacaba un cigarrillo y se ponía a fumar (debe ser aquella época que este vicio se me pegó en la mente, asociado ahora a largas esperas. Si alguien llega tarde a un encuentro conmigo definitivamente me verá fumando. Para mí es así, esperar es igual a fumar), hasta que mi mamá aparecía por la esquina y yo corría como perrito que ve a su dueño, o como hijo que por fin respiraba sabiendo que nada le había pasado a su madre. Como si volviera de la guerra. La abrazaba y así entraba a mi casa a dormir. Contento de que ella ya esté en casa.