miércoles, 28 de enero de 2009

Encuentro familiar

La mañana que volví a casa parecía que nada había cambiado. Mis padres estaban sentados desayunando, mi hermano se alistaba para irse a la universidad, y yo estaba parado en el marco de la puerta. Sonriendo, como si los hubiera visto anoche. Quizá esté de más decir que quien primero se me abalanzó a abrazarme, a pesar que estaba más lejos, fue mi mamá. ¡Hijo, porqué ni siquiera has llamado¡ ¡Dónde has estado¡ Mi padre se levantó, se acercó a mí, me miró como tratando de reconocerme o de reconocerse así mismo, y me abrazó fuertemente, como no lo había hecho antes. En un minuto vi cómo mis padres envejecían. Tres años me parecían a mí nada, pero en ellos pesaban como tres décadas. Empecé a arrepentirme por la distancia que había tomado, y me maldije por mis escuetas llamadas, telegráficas.

Cuando recién cumplí los 20 me dije que era hora de irme, estaba por culminar la universidad y tenía un trabajo que me prometía. Me fui a vivir solo. Hablé con ellos y les dije que quería independizarme. Mi madre se echó a llorar y mi padre incluso me ofreció las llaves de su auto que tantas veces me había negado. Su consigna era retenerme. Pero cuando se es joven e impetuoso, ninguna lágrima puede detener lo que se decide. Mucho menos la de los padres. Partí con mis maletas la mañana siguiente.

Al comienzo estaba todo bien conmigo, los llamaba, iba los fines de semana, almorzaba con ellos y digamos que sólo había cambiado el hecho que ya no dormíamos bajo el mismo. Porque incluso mi madre aún lavaba mi ropa, que yo recogía puntual los lunes. Sin embargo un día sin que me dé cuenta algo cambio, creo que los recuerdos de una infancia difícil se agolparon y algunas viejas rabias dormidas regresaron sin tener visa.

Crecí en un internado. Esa escuela y mi rutina me dieron siempre esa sensación. Del cole a la casa y a estudiar. Al día siguiente igual. Mi padre me exigía que estuviera siempre en los primeros puestos, y eso en parte me marcó para toda la vida. Siempre, sin darme cuenta, trataba de competir con mis amigos y compañeros de clase. Quién hacía el mejor trabajo, quién tenía la mejor maqueta, quién sacaba las notas más altas. Luego quién estaba con la chica de senos más grandes, quién ya se los había tocado, quién se había acostado con ella. Todo era así, y a mí no me molestaba, o al menos no lo notaba.

Ya en la universidad el choque me hizo ver que no todo era blanco y negro y empecé a sufrir por esa política dictatorial de calificaciones tipo A. al comienzo no encajé en ese nuevo sistema de estudios, y jalé varios cursos. Me deprimí mucho y mi papá, gran motivador, me hizo sentirme peor. Ese día recuerdo que algo en mí se quebró, no tan hondo quizá, pero dejó una fisura.

Superado el drama universitario, me pudo asimilar y al poco rato me volvió el olímpico, pero ya más calmado, o quizá mesurado sería lo más correcto. Al poco tiempo conseguí un trabajo en un diario pequeño, y me empezó a ir bien. Mis estudios, la carrera. Incluso conocí una chica que estudiaba literatura y empecé a salir con ella. Todo casi bien, pero me empezó a asaltar el ansia por abrir mi camino, seguir mis propios pasos y decidí irme. Quizá haya influido en esa decisión el saber que mi padre se había ido de su casa a los 18, y entonces podría ser que mi afán de ser el mejor me hubiese puesto en ese plan…pero eso es una idea muy pobre y a pesar de que siempre me visita, prefiero ignorarla.

Cuando me senté con ellos mi mamá empezó a llorar, me dijo que no entendía porqué les había castigado desapareciéndome. Expliqué un viaje al extranjero y algunas cosas tontas más, pero la verdad me apabullaba y preferí callar. Mi padre me preguntó cómo me iba, en qué países había estado. Incluso se interesó por la chica con la que salía, pero le corté su hilo diciéndole que hacía tiempo que la había dejado de ver. Parecía que estaba realizando un vano intento por evitar el reclamo y un poco me imagino que se debía por miedo a que le gane el llanto. Quizá a su edad quería seguir manteniendo su imagen de hombre duro, aunque ya no lo fuera.

A los sesenta las cosas ya no son como cuando tienes cuarenta y tu hijo a las justas te llega al pecho. Y él lo sabía muy bien. Poco a poco empecé a contarles un poco de lo que había hecho, hasta que llegamos al punto de “te acuerdas cuando eras chico”, y no me agradó. Le reclamé a mi mamá que se olvidara de eso porque ya no tenía seis. Mi padre empezó a reírse y quizá añorando que su hijo no se haya ido de casa. Tampoco me agradó. Volví a la carga y no sé porqué, se me salieron unas lágrimas. Me levanté y los abracé. Les dije que quería volver, que no podía seguir viviendo lejos de ellos. Me abrazaron también y lloraron conmigo.

En ese instante descubrí que mi padre y yo éramos muy parecidos, ahora que él llegaba al ocaso de su vida, cedía ante todo, y yo que me iba acercando a la edad que tiene en mi cabeza cuando evoco mi infancia, soy testarudo, trato de hacerme el duro, y me distancio de quienes quiero.