martes, 22 de diciembre de 2009

NAVIDAD PARA TODOS


A pocos días de Navidad, a pocas semanas de Navidad, siempre me asaltan los mismos sentimientos y reflexiones, las mismas depresiones y cuestionamientos. No sé si sea algo normal y que le pasa a todos o es producto de mis períodos en la soledad. Pero personalmente estas fechas de fin de año siempre me traen un poco de tristeza y depresión, algarabía y ansiedad, una sucesión de cuestiones que descuadran mis rutinas.
Desde el hecho de verme ¿obligado? a comprar regalos, o tener que buscar un tiempo más para hacerlo, cosas así que no suelo entender o a veces me suelo cuestionar, a mí mismo.
Cuando salgo a la calle, exactamente al centro de la ciudad, a menos días para el 24 la gente se pone como loca, como hormigas escapando del agua, preparándose para el invierno, todos apurados y cargados de muchas bolsas, de muchas cosas. La gente suelde dar rienda suelta a sus impulsos por deslizar sus tarjetas y endeudarse a cuotas, que quizá buscando comodidad no terminarán de pagar sino hasta después de la próxima Navidad, y ni se inmutan. Total, vivimos los tiempos del dinero plástico y es chick pagar con una Visa.
Últimamente la Navidad se ha vuelto ese desfile de quién compra más cosas y de quién regala lo más caro. En los hogares el padre suele quedar desvencijado y en los centros laborales la excusa es siempre aquello del “intercambio de regalos” que no sé si es una forma de querer fomentar la unión y mejorar el clima laboral o es una forma justificar un vacío de amistades bondadosas. Igual da.
Compras, más compras y más. Regalos por aquí, regalos por allá. Y si no los das, pues te miran mal. No sé qué pensar ni qué esperar ni qué creer. A veces todo lo que espero es un poco de paz y de tranquilidad. Que se acabe el tráfico infernal de estos días o que el teléfono deje de sonar tanto por las noches, y que cuando me cruce con alguien no me esté deseando las felices fiestas.
Pienso también en la gente que vive sola, y en qué harán en la Navidad. A dónde se tratarán de arrimar o qué alma y amigo caritativo les dirá (como en la canción) “ven a mi casa esta Navidad”. Personalmente jamás he sido de este grupo caritativo, aunque ganas no me han faltado.
Y decía que la Navidad se ha vuelto en un intercambio de regalos y de ostentaciones, pero que ya casi nadie, ni yo mismo, reflexionamos sobre lo que significa. Empezando porque es una fiesta de tradición cristiana, reflexionando sobre lo que significa el nacimiento de una vida. Y no de cualquier vida. Es el nacimiento de oportunidades también.
Mucha gente solo espera estas fechas para tratar de empezar el año nuevo con un borrón y cuenta nueva. Si los dejó la pareja, si quebraron, si perdieron algo lo que sea, la verdad que para muchos es eso y nada más. Ya no hay miradas de paz interior.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

TARDES NEGRAS

Muchas tardes, como esta en que escribo las próximas líneas, el sol cae sobre la pantalla de mi computadora y no me deja pensar en nada más que en escapar de ese reflejo. Debe ser así que se sienten los hombres que buscan escapar de la desesperanza, de la falta de fe y de la ausencia de amor, imposible de eludir y que cuando lo ves de frente te ciega.

Pienso un poco en que quizá cerrar la persiana que está a mis espaldas, pero eso implicaría levantarme de la silla, caminar un poco y decirle a la persona que ocupa el escritorio de la persiana que voy a cerrar su vista a la calle (que lo aleja de la monotonía de nuestra oficina) porque el reflejo del sol en mi pantalla me causa un intenso dolor de cabeza. Y pensar en su negativa posible, en tener que darle explicaciones, en qué decirle me hace desistir de levantarme y me empuja a buscar una posición en que mi silla y yo escapemos de los rebotes del sol. Usar lentes oscuros no es opción.
La verdad es que me gustaría levantarme, ir hasta la persiana, cerrarla y si la persona que ocupa la silla al lado de la ventana me dijera lago me gustaría mandarla a rodar, decirle que no me interesa lo que me diga, que yo la cierro porque quiero hacerlo. Y si insistiera le daría un golpe en la cara, eso quisiera, le patearía la silla hasta que se caiga y no le tendería la mano para que se levante. No. Simplemente me regresaría hacia mi escritorio, me acomodaría y seguiría escribiendo estas líneas.
Si saliese ahora a la calle el sol también me molestaría, me molestaría toparme con alguna persona que ande con el cabello totalmente húmedo porque cree que con eso aplaca el calor, pero solo logra asegurarse una poderosa gripe. Sería desastroso subirme a un micro y que la gente huela mal, huela a sudor. Claro que podría subirme a un taxi, pero corro el riesgo en esta ciudad tan gris que el conductor también huela mal, también huela a sudor. Y corro más el riesgo de que sea uno de esos conductores a quienes no les importa la privacidad de sus pasajeros y trata a toda costa de entablar conversación empezando con el gastadísimo tópico de que hay mucho tráfico. Y eso, sería insoportable en un día de sol, de tanto sol, como es hoy.
Y no salgo, me quedo en mi silla, esperando acabar pronto, esperando que no pase nada más y poder salir de acá, a la calle a donde no quiero ir. Porque podría irme a mi casa o a caminar un poco, pero eso haría que quien sude y huela a sudor sea yo y no quisiera provocarle el desagrado que me causan a otro persona. No lo pienso.
A veces creo a lo que uno se dedica en su vida para ganársela es algo que ya se sabe desde el momento mismo en que nacemos. No sé qué haría si tuviera un trabajo peor al que tengo. Quizá un día llegaría con un poderoso rifle y dispararía contra todos justo en el momento en que me piden que firme una lista y dé unas monedas para celebrar el cumpleaños de alguien quien no me cae y que detesto. Y luego de ello soltaría una granada para no dejar lugar a dudas de que en verdad me molesta eso.
Sigo en mi silla, el sol está bajando y los reflejos en las pantallas se hacen más intensos. A veces no entiendo cómo es que me desagradan tanto si de niño era feliz viendo cómo el se suicidaba a diario en el fondo del mar, en el horizonte. No sé en qué momento perdí ese gusto por la explosión de colores.
Ya no creo en mí.

sábado, 5 de diciembre de 2009

LO QUE ELLAS QUIEREN

¿Qué es lo que ellas quieren? Debe ser verdad aquella anécdota de sicólogos que dicen que el padre del sicoanálisis Sigmund Freud murió con una sola pregunta sin resolver: ¿qué quieren las mujeres? Si él no pudo responderlo, pues no me pidan la respuesta a mí. Si hay una tarea difícil, es satisfacer a una mujer.


Si tienen frío no hace falta con darles el abrigo que uno lleva puesto, si hay sol una bebida helada no basta. Si están cansadas no es suficiente con cederles el asiento. No. Parece que nunca nada es suficiente. ¿Qué quieren, pueden decirlo con todas sus palabras?


Hay cosas que deberían ellas tener en claro. Los hombres no sabemos leer la mente.


No adivinamos lo que quieren.


No sabemos sus requerimientos, de ninguna índole.


No conocemos los mil y un humores que tienen.


No entendemos las diferencias entre una comida y otra.


No entendemos por qué complicarse por una prenda de vestir.


No sabemos descifrar indirectas.


¿Si es tan fácil pedir algo, por qué no dicen lo que quieren y listo?