miércoles, 19 de agosto de 2009

LA VIDA NUNCA DURA LO SUFICIENTE

A pocos días de recibir la noticia que cambiaría su vida, Juan José está sentado en la sala de su casa. Espera que su mundo no se derrumbe, que las cosas no salgan como teme, en pocas palabras espera que su vida no se vaya a la mierda. Todo comenzó hace unas semanas, cuando una mañana al despertar sintió unos mareos, un leve dolor de cabeza y estuvo a punto de desplomarse.

Inmediatamente su mujer le dijo que debía ir al médico, pero él atribuyo el percance al cansancio de su trabajo, al stress de la vida moderna, es decir tenía miedo de ir a un consultorio y que le digan que estaba mal, que le digan que la historia que se llevo a su padre le pasaría también a él. Y no fue a ningún lado. Siguió con su rutina, las tazas de café, los cigarrillos del día, la comida con más sal. Tenía miedo y se refugió en el peor lugar, enterró la cabeza para esperar que pase el peligro. Y no pasó.

A la mañana siguiente ya estaba más marcado todo. En su rango de visión había aparecido una nube que le impedía ver a los extremos. Su mujer lo notó cuando vio que no podía afeitarse las patillas. Cosa curiosa, porque él siempre las había llevado largas. Así que lo obligó a ir al médico. Varios exámenes después, tomografía de por medio, y un poco de sangre por allá, le dijeron que vaya a su casa y que espere que en un semana le darían los resultados.

Llegado el día que menos esperaba, tenía miedo. Sabía que le iban a dar un diagnóstico conocido. En lo único que pensaba era en que le alcance la vida para ver llegar a su nieto. Aún faltaban cinco meses para que su hija diera a luz y sabía que el cáncer de cerebro es tan voraz que es capaza de comerse la vida de alguien en cuestión de días. Lloró sentado en su sillón. Lloró porque se arrepentía de haber esperado hasta el último. Lloró por haber querido ignorar las advertencias, los rayos de colores que le aparecían en la vista cuando salía al sol. Lloró por las veces en que gritó a su esposa y a su hija. Lloró porque trataba de disimular las neuralgias con migrañas, que las pastillas ya casi no paleaban. Lloró porque sabía que ese día empezaría el verdadero conteo hasta su muerte.

Al llegar al consultorio el médico le dijo que se sentara, que tomara todo con calma. Antes de darle el diagnóstico le empezó a explicar diversos métodos de intervenciones quirúrgicas que ahora tienen grandes resultados y un montón de etcéteras que él recibía pero no entendía. Sólo apretaba la mano de su mujer y unas lágrimas surcaban su rostro. El doctor abrió un gran sobre y empezó a leer. Cáncer en etapa III. Invasión del hipotálamo, complicación del sistema parasimpático… lo último que recordaba Juan José era a su mujer encima de él tratando de darle aire. Y las camillas. El golpe de la verdad, que derrumbó la última esperanza que tenía de que todo fuera nada y que no sucdiera lo mismo que hace años le ocurrió a su papá, pero bien dice aún que el cáncer es hereditario, y si él se parecía tanto a su padre, porqué no habría de serlo hasta en esto también.

Al llegar a su casa lo único en que pensaba era en el hijo que su hija esperaba. Pensaba arrepentido en cómo la ahbía tratado cuando le contó que estaba embarazada. Tan emocionada la niña de papá, de que iba a ser mamá, que no le importó el qué dirán, sino que fue más grande la emoción de contarle que sería abuelo, que no reparó en que él quizá no estaba listo para asumir que su niña de 26 años ya no era un niña, sino toda una mujer, bella mujer. Entonces le recriminó qsu poca responsabilidad y que un niño no es un juego. Eso le dolió tanto a ella como a él el diagnóstico.

Ahora sólo deseaba que la metástasis que estaba ocurriendo en su cerebro le permita conocer a su nieto, ver si se parecía a él o no. Descubirri su risa en las mañanas, entender qué es ser padre de un hijo que ya es padre. Sólo esperaba unos meses mas de vida. Si de joven su m{as grande anhelo era ser padre, ahora en su madurez y alejándose de la adultez su más grande anhelo era ser abuelo.

Se decidió a iniciar el tratamiento. El más invasivo, el único que le ofrecía resultados concretos. Quimioterapa e intervención quirúrgica. Semanas de calvario y tortura no daban resultado alguno. Al menos faltaba cuatro semanas menos para que su hija diera a luz. Al menos podría conocer a su nieto, a su sangre reencarnada. Al menos eso lo mantenía vivo y le hacía soportar la decadencia de las dosis radioactivas.

La vida nos da oportunidades y si las rechazamos no regresa. La vida es cruel y dura y solitaria. Le gusta regodearse en la miseria de los demás. Faltando dos semanas para que la nueva vida llegara Juan José amaneció muerto. Lo peor de todo es que el cáncer no lo mató. Se lo llevó una neumonía.

Su nieto nació y nunca supo de un abuelo que luchó casi hasta el final por conocerlo. Nunca conoció el dolor de una familia de luto, porque llegó para borrar ese trance infinito. Juan José se llamó también.

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