martes, 22 de diciembre de 2009

NAVIDAD PARA TODOS


A pocos días de Navidad, a pocas semanas de Navidad, siempre me asaltan los mismos sentimientos y reflexiones, las mismas depresiones y cuestionamientos. No sé si sea algo normal y que le pasa a todos o es producto de mis períodos en la soledad. Pero personalmente estas fechas de fin de año siempre me traen un poco de tristeza y depresión, algarabía y ansiedad, una sucesión de cuestiones que descuadran mis rutinas.
Desde el hecho de verme ¿obligado? a comprar regalos, o tener que buscar un tiempo más para hacerlo, cosas así que no suelo entender o a veces me suelo cuestionar, a mí mismo.
Cuando salgo a la calle, exactamente al centro de la ciudad, a menos días para el 24 la gente se pone como loca, como hormigas escapando del agua, preparándose para el invierno, todos apurados y cargados de muchas bolsas, de muchas cosas. La gente suelde dar rienda suelta a sus impulsos por deslizar sus tarjetas y endeudarse a cuotas, que quizá buscando comodidad no terminarán de pagar sino hasta después de la próxima Navidad, y ni se inmutan. Total, vivimos los tiempos del dinero plástico y es chick pagar con una Visa.
Últimamente la Navidad se ha vuelto ese desfile de quién compra más cosas y de quién regala lo más caro. En los hogares el padre suele quedar desvencijado y en los centros laborales la excusa es siempre aquello del “intercambio de regalos” que no sé si es una forma de querer fomentar la unión y mejorar el clima laboral o es una forma justificar un vacío de amistades bondadosas. Igual da.
Compras, más compras y más. Regalos por aquí, regalos por allá. Y si no los das, pues te miran mal. No sé qué pensar ni qué esperar ni qué creer. A veces todo lo que espero es un poco de paz y de tranquilidad. Que se acabe el tráfico infernal de estos días o que el teléfono deje de sonar tanto por las noches, y que cuando me cruce con alguien no me esté deseando las felices fiestas.
Pienso también en la gente que vive sola, y en qué harán en la Navidad. A dónde se tratarán de arrimar o qué alma y amigo caritativo les dirá (como en la canción) “ven a mi casa esta Navidad”. Personalmente jamás he sido de este grupo caritativo, aunque ganas no me han faltado.
Y decía que la Navidad se ha vuelto en un intercambio de regalos y de ostentaciones, pero que ya casi nadie, ni yo mismo, reflexionamos sobre lo que significa. Empezando porque es una fiesta de tradición cristiana, reflexionando sobre lo que significa el nacimiento de una vida. Y no de cualquier vida. Es el nacimiento de oportunidades también.
Mucha gente solo espera estas fechas para tratar de empezar el año nuevo con un borrón y cuenta nueva. Si los dejó la pareja, si quebraron, si perdieron algo lo que sea, la verdad que para muchos es eso y nada más. Ya no hay miradas de paz interior.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

TARDES NEGRAS

Muchas tardes, como esta en que escribo las próximas líneas, el sol cae sobre la pantalla de mi computadora y no me deja pensar en nada más que en escapar de ese reflejo. Debe ser así que se sienten los hombres que buscan escapar de la desesperanza, de la falta de fe y de la ausencia de amor, imposible de eludir y que cuando lo ves de frente te ciega.

Pienso un poco en que quizá cerrar la persiana que está a mis espaldas, pero eso implicaría levantarme de la silla, caminar un poco y decirle a la persona que ocupa el escritorio de la persiana que voy a cerrar su vista a la calle (que lo aleja de la monotonía de nuestra oficina) porque el reflejo del sol en mi pantalla me causa un intenso dolor de cabeza. Y pensar en su negativa posible, en tener que darle explicaciones, en qué decirle me hace desistir de levantarme y me empuja a buscar una posición en que mi silla y yo escapemos de los rebotes del sol. Usar lentes oscuros no es opción.
La verdad es que me gustaría levantarme, ir hasta la persiana, cerrarla y si la persona que ocupa la silla al lado de la ventana me dijera lago me gustaría mandarla a rodar, decirle que no me interesa lo que me diga, que yo la cierro porque quiero hacerlo. Y si insistiera le daría un golpe en la cara, eso quisiera, le patearía la silla hasta que se caiga y no le tendería la mano para que se levante. No. Simplemente me regresaría hacia mi escritorio, me acomodaría y seguiría escribiendo estas líneas.
Si saliese ahora a la calle el sol también me molestaría, me molestaría toparme con alguna persona que ande con el cabello totalmente húmedo porque cree que con eso aplaca el calor, pero solo logra asegurarse una poderosa gripe. Sería desastroso subirme a un micro y que la gente huela mal, huela a sudor. Claro que podría subirme a un taxi, pero corro el riesgo en esta ciudad tan gris que el conductor también huela mal, también huela a sudor. Y corro más el riesgo de que sea uno de esos conductores a quienes no les importa la privacidad de sus pasajeros y trata a toda costa de entablar conversación empezando con el gastadísimo tópico de que hay mucho tráfico. Y eso, sería insoportable en un día de sol, de tanto sol, como es hoy.
Y no salgo, me quedo en mi silla, esperando acabar pronto, esperando que no pase nada más y poder salir de acá, a la calle a donde no quiero ir. Porque podría irme a mi casa o a caminar un poco, pero eso haría que quien sude y huela a sudor sea yo y no quisiera provocarle el desagrado que me causan a otro persona. No lo pienso.
A veces creo a lo que uno se dedica en su vida para ganársela es algo que ya se sabe desde el momento mismo en que nacemos. No sé qué haría si tuviera un trabajo peor al que tengo. Quizá un día llegaría con un poderoso rifle y dispararía contra todos justo en el momento en que me piden que firme una lista y dé unas monedas para celebrar el cumpleaños de alguien quien no me cae y que detesto. Y luego de ello soltaría una granada para no dejar lugar a dudas de que en verdad me molesta eso.
Sigo en mi silla, el sol está bajando y los reflejos en las pantallas se hacen más intensos. A veces no entiendo cómo es que me desagradan tanto si de niño era feliz viendo cómo el se suicidaba a diario en el fondo del mar, en el horizonte. No sé en qué momento perdí ese gusto por la explosión de colores.
Ya no creo en mí.

sábado, 5 de diciembre de 2009

LO QUE ELLAS QUIEREN

¿Qué es lo que ellas quieren? Debe ser verdad aquella anécdota de sicólogos que dicen que el padre del sicoanálisis Sigmund Freud murió con una sola pregunta sin resolver: ¿qué quieren las mujeres? Si él no pudo responderlo, pues no me pidan la respuesta a mí. Si hay una tarea difícil, es satisfacer a una mujer.


Si tienen frío no hace falta con darles el abrigo que uno lleva puesto, si hay sol una bebida helada no basta. Si están cansadas no es suficiente con cederles el asiento. No. Parece que nunca nada es suficiente. ¿Qué quieren, pueden decirlo con todas sus palabras?


Hay cosas que deberían ellas tener en claro. Los hombres no sabemos leer la mente.


No adivinamos lo que quieren.


No sabemos sus requerimientos, de ninguna índole.


No conocemos los mil y un humores que tienen.


No entendemos las diferencias entre una comida y otra.


No entendemos por qué complicarse por una prenda de vestir.


No sabemos descifrar indirectas.


¿Si es tan fácil pedir algo, por qué no dicen lo que quieren y listo?

viernes, 13 de noviembre de 2009

Amor para dos

¿De qué está hecha la vida si no es de detalles, de los más pequeños e importantes detalles? No hay creo que otra respuesta. Detalles al caminar (llevarla por el lado interior de la calzada), detalles al bajar de un bus (ofrecerle la mano para que se apoye), detalles al comer (esperar que le traigan su plato si es que el tuyo llega primero), detalles al ir por la calle (no mirar a otras mujeres). Detalles hay miles y ejemplos hay más.


Cuando pienso en algo que me pasó, en algo que sea alegre y que sé que me alegrará el rato al evocarlo, pues lo primero que se me viene a la mente es eso, pequeños detalles que hacen que te enamores más, de a pocos pero más. Detalles al llegar a encontrarte con ella (llevarle un dulce, un chocolatito, aunque sea un caramelo), que siempre lo recordará.


Una carita feliz, un beso o un guiño, detalles en los mensajes de texto en la era 2.0 no son tampoco difíciles. Lo difícil es hacerlo, mandarlo, no olvidarnos. Pero nos quejamos y también nos gustan. Al menos ninguno de mis amigos se queja que sus parejas les hagan detalles, es más cuando me cuentan que salieron con sus novias lo que más cuentan son los detalles. “Se puso el polo que le regalé, no vino con tacos, usa lo que le di”. La verdad que aunque eso para una mujer suene raro, pues para los hombres, para nosotros, no. Somos así de básicos.


Si uno piensa en su pareja y lo primero que le viene a la mente es un detalle, que ella se acordó de algo que nos gusta pero les disgusta, que no se quejó porque estábamos fumando, esos detalles son valiosos para ellas, las alegra y les hace saber que nos importan. Y claro que nos importan, sino no las esperaríamos buenos ratos, incluso una hora, o quizá más, totoal, se estaba poniendo lindas para nosotros, aunque quizá ni nos fijemos, porque los detalles se nos pasan de largo en esas circunstancias y no somos críticos de modas para apreciar lo complicado de sus blusas o lo elaborado de su trabajo en las sombras. No. Somos simples. Pero simples son también detalles. Así que nunca hay excusas.


Y si una canción (me encanta lograr un post y poner musicalizarlo) habla de los detalles, pues es esta antigua de Paloma San Basilio.

JUNTOS

Te quiero mucho, aunque te suene a lo de siempre

Más que un amigo, eres un mago diferente

Andar a saltos entre el tráfico

Leer a medias, el periódico

Colarnos juntos en el autobús,

Cantar hasta quedar afónicos, viviendo juntos

Juntos, un día entre dos, parece mucho más que un día

Juntos, amor para dos, amor en buena compañía

Si tú eres así, que suerte que ahora estés junto a mí.

Juntos, café para dos, fumando un cigarrillo a medias

Juntos, cualquier situación, de broma entre las cosas serias

El mundo entre dos, diciendo a los problemas adiós

Figúrate, dos locos sueltos en plena calle

La misma cama y un bocadillo a media tarde

Hacer del lunes otro sábado

Cruzar en rojo los semáforos, viviendo juntos.


sábado, 31 de octubre de 2009

NO MORE FEAR

El movimiento de las ramas al lado de la ventana dejaron entrar por la ventana los primeros rayos de sol a su habitación. Se empezó a despertar acariciada por la luz en su mejilla, giró un poco como intentando escapar pero empezó a reflexionar sobre el poco tiempo que tendría si se daba "cinmo minutos" más de sueño, ya que siempre le había sucedido que se transformaban en cuarenta o más. Despertó.
Como cada mañana lo primero que hizo al depertarse fue encender el televisor y esperar las noticias. Revisó su celular para ver si alguien había osado llamarla durante la madrugada o si le habían enviado algún mensaje que ameritara responder temprano. O quizá esperando encontrar alguna señal de su novio. Hace dos semanas que se habían peleado y esta vez él había cumplido la promesa de no buscarla y ella no superaba el orgullo de llamarlo. Al menos sabía que estaba bien pues casi a diario le llamaba a su móvil desde un número privado y se sentía bien al oír su voz y saber que nada le había pasado. Sin embargo, le daba miedo llamarlo de noche y descubrir que mientras ella se moría de pena en su cuarto, él pudiera estar en una fiesta, o peor aún, con una mujer. Se imaginaba mil escenas y sufría más. Nada, hoy tampoco le había escrito ni nada.
El noticiario bañaba el ambiente con descripciones de violentos crímenes sucedidos durante la noche, mientras la ciudad usted dormía, como le gustaba describir al narrados a las horas de la madrugada. Asesinatos, violaciones, suicidios, la receta de cada mañana más contundente aún que un cafe cargado para empezar el día con los "ánimos cargados". Al menos para Gabriela Chu eso era cafeína pura.
Un crimen en las inmediaciones de su domicilio le hicieron apurarse para salir disparada a buscar el muerto. Deseaba que aún estuviera ahí. Siempre esperaba que algo ocurriera cerca a donde vivía, pero ese tipo de cosas no suele suceder en los barrios tranquilos, donde la seguridad ciudadana está en cada esquina. Igual el ansía no se la quitaba nadie y soñar no cuesta nada, como le gusta decir a la plaga de optimistas que inundan la televisión. Casi corriendo, apuró su desayuno, cogió su cartera y mientras se dirigía hasta la escena del crimen llamaba a su diario para que le enviarán un gráfico y no esperasen que ella primero llegara a la oficina. Conocedora de la burocracia reinante en las redacciones, sacó su digital para que nadie le quite la imagen.
A medida que se acercaba al lugar que el noticiario había dado como la escena de un suicidio, Gabriela repasaba en su mente esas calles, esas veredas que a pesar de estar solo a minutos de su casa hacía muchos años que no visitaba. Inmediatamente voló hasta su infancia, hasta sus quince años y sintió que era una de esas bromas que el destino gusta jugar a quienes no creen en él. No estaba equivocada.
CONTINUARÁ

domingo, 25 de octubre de 2009

Un día para recordar

I

Aunque suene extraño, a Gabriela Chu le alegra que la gente muera. Cuando por las mañanas escucha que se acuchillan y se dejan con las vísceras al aire, siente que su día será tranquilo y que todo saldrá bien. Se alegra cuando los demás se suicidan. Cuando una familia llora a su muerto, y ella llega a tiempo para ver a los deudos sufrir, ella se siente satisfecha. Cuando un hogar se quema y hay niños carbonizados, ella está feliz, y si logra llegar antes que los forenses se lleven los cuerpos, entra en un estado de satisfacción muy particular. Si hay un robo, espera que la víctima, como mínimo, reciba una puñalada, si es que no un disparo. Le gustan los choques automovilísticos con cuerpos desmembrados.

Gabriela Chu se levanta, camina hasta la ventana de su cuarto y ve los carros, los micros, la gente, los trabajadores que corren antes que la sirena les gane. Ve a los chicos que parten a la escuela, a las madres que los despiden, ve a las mujeres que despiden a sus esposos. Gabriela da unos pasos y sale de su cuarto, de su sueño acabado y entra al baño. Tiene muchas ganas de iniciar su día, que promete ser espléndido pues los rayos de sol para ella son como vitaminas. Hay sol, qué bien, piensa para sí y se lanza a alistarse.

Se baña, se seca el cabello, se peina ante el espejo, se delinea los ojos, y se riza las pestañas. Sale y de nuevo a su cuarto. Camina dando círculos pensando en qué ropa ponerse, qué será lo más adecuado para ese día. Decide usar unos jeans celestes y un polo rosado. Unas zapatillas ligeras y por si hace frío una casaca negra. Se alista y se viste y deja sus cosas a punto en su cartera. Baja a tomar su desayuno. Saluda y se sienta. Come y conversa. Apura una taza de café y corre a su cuarto. Saca sus cosas y sale a tomar el bus que la llevará a su trabajo.

En el camino piensa qué está haciendo con su vida. Piensa en qué le gustaría hacer y no puede, porque no tiene tiempo, porque no le alcanza el sueldo, porque no se atreve. Lo último es lo que más le mortifica. Lo piensa una vez más y sin que se dé cuenta ya está dormida y aún a medio camino. Luego de casi una hora de viaje y de haber atravesado casi media ciudad, llega a su destino.

Al entrar a su trabajo se pregunta qué le tocará hoy, a dónde tendrá que ir. Se alegra pensando en que al menos hace lo que le gusta. Es reportera policial de un diario tabloide, un tanto sensacionalista, cuyos editores deben tener una obsesión apocalíptica, pues cada tanto dan portadas con el fin del mundo mañana.

Ya está en su oficina y el reloj apura para llegar a las 9:30 de la mañana. Suena su móvil, y al verlo se alegra, sabe que ese número le dará el primer dato del día para cubrir alguna noticia. Aló, responde con un poco de monotonía, y del otro lado de la línea, un entusiasta policía le saluda, muy galante él. Buenos Días, señorita Chu… ella le sigue el juego y espera que tras el galanteo de rigor, durante el cual el agente del orden se debe sentir importante, le den lo que ella está esperando: la dirección donde podrá encontrar algún cadáver. Agradece y cuelga, corre hacia la mesa del jefe de informaciones y le dice un carro, urgente, ya, me estoy yendo, necesito llegar a Comas en este instante, se enfría el cuerpo, se lo llevan. Rubén ríe y le pide bajar las revoluciones. Anda con Jaime y llévate al gráfico nuevo, quizá un poco de sangre lo avive, le dice y ella ya está casi arrancándole las llaves al chofer por su modorra para salir.


II

Comas es un distrito en la periferia de Lima, hasta donde llegar demanda una hora, o más, de viaje desde el Centro. Gabriela lo sabe y por eso se desespera para llegar. El policía que la llamó tuvo la amable cortesía y delicadeza de decirle que el cadáver llevaba varias horas colgado y que probablemente ya los forenses estaban por retirarlo, se disculpó incluso por haber tardado en avisarle. Quiere llegar y no sólo ver la bolsa negra con el suicida dentro, quiere verlo colgando, quiere comprobar si lo que le dijo su novio, que los ahorcados se orinan, se defecan encima, es verdad. Quiere comprobar si es cierto que en su rostro guardan una mortal expresión de dolor y arrepentimiento. No le da miedo ver a los muertos.

Cuando llega a la escena, ya todo ha pasado. El signo que ha llegado es tarde es ver a los demás colegas conversando entre ellos, riendo y despreocupados. Sabe que ya todos tienen la foto que ella buscaba y que no tendrá. Sin embargo no se amilana, es la primera comisión del día y los muertos van a saltar una vez más. Se une al grupo, saluda e inmediatamente domina la escena. Podría decirse que ser una mujer atractiva, inteligente y sagaz es un plus que le facilita obtener datos cuando su movilidad se retrasa. Podría decir eso, pero también que es una reportera eficiente.

No recuerda en qué momento de su vida se decidió por ser periodista, pero está feliz de serlo. Aunque el sueldo sea bajo y su jefe un patán misógino que sólo busca cansarla para despedirla, quizá por no haber caído en sus juegos de seducción, o quizá porque tiene miedo que lo boten y la pongan a ella en su remplazo. Cualquiera que sea el motivo, a Gabriela nadie le quita de la cabeza la idea que él la odia. Y se lo hace notar cada día.

Pese a alegrarse cuando la gente muere, el mayor temor de Gabriela es tener que cubrir la muerte de alguien que ella conoce, de algún ser querido, de un familiar, de un amigo. Cuando recibe el dato de algún cadáver, de algún accidente con muerte de por medio, corre con la incertidumbre de saber si su pesadilla será verdad. Pese a que es algo que ha pensado muchas veces, hasta ahora no ha podido decidir qué es lo que haría si eso llegara a ocurrir. Simplemente sabe que le sería difícil continuar ese día.

Los días de Gabriela Chu podrían resumirse en reportear, almorzar, escribir y verse con su novio. Su novio también es periodista, pero ocupado de asuntos más terrenales, más banales, cosas casi cercanas a la política y a los problemas sociales. La diferencia de trabajos es un punto que ellos ven favorable en su relación. Sería algo complicado que ambos tengan que conversar de muertos y tripas como sobremesa. Lo hacen, pero no como anécdotas, sino como quien se da cuentas de lo que hicieron por la mañana.

Las cosas serían más normales y fáciles para Gabriela Chu si todo funcionara como a ella le gusta que funcionen las cosas: coordinadas, encapsuladas, y en una palabra, controladas. Pierde la paciencia fácilmente cuando no puede controlar lo que hace. Le gusta tener todo bajo su mando, aunque una y mil veces niegue cuando su novio le diga que es una maniática del orden y el control. Pese a todo ello, tiene varios defectos, como no ser puntual y ser un poco olvidadiza. A veces parece que necesitara que el día tenga unas ocho horas más. A veces quiere un día más el fin de semana. Le gustan los sábados y los viernes, en ese orden, porque son los días en que puede relajarse en los cines, o tomando unas copas de algún trago que rápidamente le haga perder el pudor con el que creció de a pocos en un colegio religioso, y pueda bailar y gritar todo lo que lleva sin importarle nada lo que los demás digan. Vencido ese pudor, es capaz hasta de hacer el amor en un parque. Al final sabe que su novio, pase lo que pase, siempre estará a su lado y la cuidará de todo.

Su teléfono no ha parado de sonar. Policías y colegas la llaman, le dan datos, se los piden, le avisan que está atrasada o en qué puerta tocar el timbre. Su trabajo siempre es complicado, indagar en el dolor ajeno jamás es una tarea fácil, sin embargo ha aprendido a dominar la conmiseración y ya no le da vergüenza inquirir sobre el pasado del suicida, del baleado, del atropellado. No siente ya nada cuando le dice a la mujer que acaba de ser violada si conocía a su atacante, si se lo hizo también contra natura. Si la besó. Últimamente ya no siente nada cuando pasa eso. Simplemente se alegra de poder lograr cumplir con su trabajo de la mejor manera.

La última llamada le alertó sobre un caso en Villa el Salvador, un grupo de vecinos había rodeado la casa de un hombre acusado de haber violado a dos pequeños. La indignación corre por sus venas y apura al chofer para llegar. Villa es un distrito al otro extremo de la ciudad. Le tomará más de una hora de viaje y sabe que en esos sesenta minutos la turba puede hacer de todo, desde sacar al depravado y lincharlo, hasta quemarlo vivo. Y lo peor de todo es que ella llegará cuando ya todo haya pasado. Todo el mundo le ha dicho que, por suerte o porque estuvieron ahí, han presenciado casos policiacos grandes, balaceras, asaltos a bancos, suicidas que saltan desde elevados edificios, de todo. Pero ella nunca ha estado ahí. Hasta su novio, que no cubre noticias policiales dice que ha visto muchos accidentes y mucha sangre regada por las veredas. Pero ella no y eso le molesta. Siente que si tuviera esa oportunidad podría hacer mejor su trabajo. Describiría mejor lo que ha pasado y tendría una nota limpia que nadie criticaría.


III

Gabriela Chu tiene muchos sueños, muchos anhelos en su mente, pero quizá el mayor de todos sea tener un hijo. Siempre habla de eso con su novio, le conversa sobre cómo cree que sería, cómo espera que sea, y cómo piensa que será. Sueña despierta siempre con llevar en el vientre un niño. No solo quiere tener un hijo, sino que desea estar embarazada, sentir los malestares de la gestación y sufrir los dolores del parto. No entiende cómo hay mujeres que escogen hacerse una cesárea, quizá sea la ignorancia de lo que puede llegar a dolerle, pero ella lo quiere de esa forma. Tal vez el hecho que ella misma haya llegado a este mundo por medio de un corte en el vientre de su madre le refuerce el deseo de padecer ese dolor.

Cuando llega a Villa el Salvador descubre la totalidad del horror. Su novio siempre le ha dicho que para él ese distrito es la cuna del mal, que a toda costa lo evita y a ella le hace gracia esa aversión. Al llegar al punto donde la casa está rodeada y ver a la gente enardecida hasta el paroxismo, espera lo peor. Se alegra por lo que podría pasar. Inmediatamente se reprocha por ello, pero sabe que es un poco una doble moral. En verdad espera que pase lo que sus ojos anhelan ver. Sangre. Casi puede oler en el aire algo que jamás había percibido, la rabia y el desenfreno del gentío. Qué esperan, se pregunta, porqué no tumban la puerta y sacan al degenerado. Sabe que es un buen tema el que se está gestando y que su jefe, al menos hoy, estará satisfecho con el trabajo, y eso le resta un poco la contrariedad de saber que la víctima es un niño, de apenas unos cinco años.

Hay algunos policías en el sitio tratando de calmar a la gente y llamando sin cesar a más refuerzos que parecen no querer responder ese pedido. Como en todo, como siempre, basta que uno aplauda para que los demás aplaudan, como reírse de un chiste malo para que los demás lo celebren, un poco por compromiso y quedar bien y otro tanto por compasión. Bastó que uno de los jóvenes de en medio de la turba lanzara una pesada piedra contra las lunas para que casi en cadena los demás aventaran de todo. Gabriela corre y salta, quiere ver todo. Grita a su fotógrafo para que no deje de captar ningún detalle. Está fuera de sí. Espera que pase.

Adentro, el depravado trata de limpiar el cuerpo del niño en el que hasta hace solo unos minutos cebaba sus deseos carnales de la peor forma, necrofilia. Primero lo había golpeado un poco porque para él era excitante infligir dolor a su “amante” de turno. Luego, mientras obligaba al pequeño a que se introdujera su sexo en la pequeña boca, hasta provocarle intensas arcadas, sentía que estaba a punto de reventar. No podía más y empezó a cerrar sus manos sobre el cuello del niño hasta que la paranoia le ganó y cuando volvió en sí, el niño ya había muerto asfixiado por su desmedida excitación. Pareció no causarle más preocupación que el pensar qué haría con el cuerpo. Inmediatamente empezó a penetrarlo, cuando se dio cuenta que el barullo en la calle era muy fuerte. Cesó el estupro y se asomó por la ventana, no quiso creer lo que estaba viendo. Corrió a tratar de despertar al pequeño, aunque sabía que no lo lograría. Mientras lo sacudía para seguir con su propia farsa, pensaba hacia donde escapar. Estaba seguro que los vecinos de fuera no estaban ahí para apresarlo. No quería morir, quería perdón y explicar que el niño lo había provocado, que él solo actuó como sus instintos le dijeron.

La gente golpeaba más las rejas que dividían a la calle de la casa del depravado. La policía trataba de detener los ataques sin resultados. Nadie se dio cuenta ni vieron en qué momento había pasado, pero lograron captar el momento en que tres hombres caían al patio del violador desde la casa del costado y tumbaban la frágil puerta de triplay. Dejaron de lanzar piedras, y pedían que saquen al maldito. Al verlo con el cadáver del pequeño en manos y desnudos ambos, se lanzaron sobre él y lo golpearon en todas partes. Solo gritaba que no era su culpa, lo que conseguía amargar más a los invasores, hasta que decidieron sacarlo a la calle y que todos lo linchen, total sería más difícil culpar a cien que solo a tres. Y fue peor. Ni bien cruzaron la vereda la gente rompió el débil cerco policial y le escupían al violador. Le insultaban, le lanzaban cosas. Gabriela se desesperaba por llegar hasta el punto donde en el suelo yacía el hombre, quería verlo a los ojos y saber cómo es el miedo de saberse pronto a morir. Quería captar esa sensación y darle a su nota el tono de realismo necesario. Poco a poco y empujando a todos, llegó.

Sería avaro decir que solo lo golpearon, que le apedrearon. Porque no fue así. Hay momentos en que lo gregario hace que el hombre, el que no sufre ninguna desviación mental extraña, se olvide de su condición y deje salir algo que no se puede encontrar introspectivamente. Una botella de vidrio que se rompió en su cabeza, la vista nublada a causa del líquido que le cubrió el rostro y la sangre que manaba de su frente fue lo último que el hombre vio. Un polo embarrado en kerosene, con fuego, lo hizo arder en segundos. La gente se apartaba, no quitaban la mirada del espectáculo como si fueran fuegos artificiales, pero retrocedían. Gabriela estaba paralizada. No atinó a nada, solo a fijar la mirada en el violador y ver su rostro retorcerse y ampollarse. Su pecho abrirse al paso del fuego y cabello chispear bajo las brasas. No puede quitarle los ojos de encima. Siente miedo y odio pero no puede moverse. Estaba asustada. Pareciera acercarse al cuerpo en llamas a cada segundo que pasa hasta que unas señoras la agarran del brazo y se la llevan. Todos se le acercan y le dicen que se calme, que no llore, que ya pasó. Pero ella sólo puede pensar en el hijo que quiere tener y en su novio, con quien ya no lo tendrá.

domingo, 11 de octubre de 2009

VIVA LA APATÍA. MUERA LA APATÍA


Nunca hay motivo verdadero para las peleas de pareja. Las discusiones se dan porque se dan, por el mismo motivo por el que los volcanes en algún momento erupcionan, para dejar salir energía acumulada. Claro que cuando un volcán estalla, todo es devastación, por eso pasa cada cientos de años, o miles. En cambio en las parejas pasa más seguido, que no debería ser normal, porque sino cada pelea que se aguante mucho terminaría en una catástrofe, en dos personas llorando y tristes.

No me gusta pelear, pero a veces no hay más salida que esa.

No sé si haya un período mesurado, si de espera o de aguante, pero la cosa es que sucede y cuando pasa es muy difícil evitarlo. Es más, a veces el tratar de evitarlo puede ser tomado como una burla, como un darle la importancia requerida. Entonces, no hay más remedio.

Antes, hace años, solía pelearme más seguido, no sólo con las mujeres, sino con todo el mundo. Si alguien en la calle me miraba feo, al toque saltaba y decía "qué pasa, te gusto, qué me miras". Algunas veces la gente respondía mandándome a la mierda o empezando una pelea que no llegaba a mayores porque gracias a Dios la gente no es tan loca para ir peleándose por la calle con el primer loco que les diga "qué me miras". En fin.

Y ahora, aunque mucho menos, y en menor grado de locura, me peleo, pues no es tan seguido. Y me deja exhausto. Yo asumo que en mi caso, nuestro caso, se trata de un problema de comunicación, un constante malentendido que hace que discutamos. No sé si eso sea válido, o sea una excusa de mi conciencia para justificar una racha de peleas contradictorias, pues no llegan a ningún lado, ni de uno de otro. La cosa es que pasan y aunque sean discusiones más que peleas, dañan, agotan, gastan y desgastan. Y eso me da miedo. Así de simple y de sencillo.

A veces veo a las parejas en la calle, peleando, discutiendo, ella llorando y me pregunto si así me veré yo con ella cuando discutimos. La verdad que cuando veo yo esas escenas me da pena, me asusta, me indigna, incluso, pero no hago mucho, creo, por evitarlas. No sé si será una forma de suicidio en cuotas o un ánimo de desidia y desgano fatal. No lo sé.

No quiero sonar asustadizo ni nada parecido, pero es lo que siento. La verdad que lo que siento es miedo. Con cada pelea siento miedo, rabia, frustración, pues las peleas siempre se llevan por delante los buenos momentos. Esos momentos que mañana deberían hacer que pienses todo el día en tu pareja, en lo bien que la pasaron y en lo bien que suelen pasarla juntos. Esa pelea borra todo, así haya sido un día entero de paz, amor y armonía, bastan cinco minutos de una discusión, por más idiota que esta sea, para que todo se vaya al desagüe y gane la apatía.

viernes, 25 de septiembre de 2009

EL D1OS

Nunca me ha gustado el fútbol pero siempre he admirado y amado lo que hacía Maradona con una pelota. Decirle D1OS probablemente sea poco, quedarse corto es un eufemismo , negarle que es y será el más grande futbolista de la historia es sinónimo de mezquindad. Y no lo digo por la calidad de lo que hacía en la cancha, no solo es por eso. Claro que hay jugadores buenísimos, y los teorícos del deporte rey dirán que Pelé tenía más técnica, que jugaba bien con la derecha como con la izquierda. Pero estuvo rodeado de otros astros, que si él no hubiera estado igual hubieran llevado a Brasil al campeonato. Maradona jugó solo. Le bastó un mundial para lograr. Hizo de todo en el Napoles y por eso en Italia hay calles que llevan su nombre y apellido.

Le devolvió la sonrisa a un pueblo entero. Cuando se jugaba el México 86 Argentina atravesaba

quizá una crisis superior a la de hoy. Salían de la dictadura y a la gente le quedaban pocas ganas de estar alegres. Aún no terminaban de llorar a sus muertos de la guerra de Las Malvinas. Y Maradona les regaló un campeonato Mundial. Les regaló ese gol a los ingleses, en que se lleva a todo el equipo. Le demostró al mundo que DIOS existe cuando le hizo la clásica jugada que remató con un gol de cabeza, el mismo que recién más de diez años después se vio cómo se hizo en verdad. La mano de Dios, lo llamaron.

Nació humilde y vive millonario, pero jamás se olvidó de sus orígenes. Cada vez que habla es como ver a un chico entusiamadísimo por lo que está haciendo. En cada uno de los partidos en que jugó dejaba cuadros completos del mejor arte renancentista y la exhuberancia del barroco. Todo en su pierna izquierda que estaba rematada por una mano, porque la forma en que lleva la pelota es imposible para un simple mortal con el pie. Maradona es ídolo.

Así como Maradona es grande, grandes artistas y personajes también se han rendido ante él y declarado como sus mpas acérrimos hinchas. Recuerden que a los grandes se les mide no por cuántos los siguen, sino por quiénes los siguen.

Artista del balón que inspiró a artistas del música a componerle memorables canciones. Prueba de ello son loas gauchos Calamaro y el insuperable Potro Rodrigo, que plasmó “La mano de Dios” en una cumbia que se revitalizó en las villas misería del país austral.

Italia fue su consagración y consolidación, pero en México consiguió lo insuperable. Nunca antes un solo hombre había vencido a equipos de once hombres. El Diego lo hizo. Y lo hizo porque Dios le daba la mano, que no se olvide eso.

Escuchar la narración del mexicano Víctor Hugo, cuando se desgarrá de pasión contando por radio cómo es que Maradona dejaba regados por el campo al equipo inglés, es increíble. El barrilete cósmico cobra dimensiones épicas para llegar y ganarse un inamovible lugar en el parnaso imposible para los demás. Y sigue el periodista narrando y dice que es la corrida de todos los tiempos, “quiero llorar ta ta ta…gooool golazo. Gracias Dios por este gol, por Maradona, por el fútbol, por estas lágrimas”.

No me gusta el fútbol pero siempre me gustará lo que Maradona me regaló, admirar a un artesano de los pies.



domingo, 13 de septiembre de 2009

Para esos "John" y esos "Charly"

Todos hemos tenido una mascota alguna vez. Desde un ratoncito blanco hasta un gran danés. Incluso hay quienes son más exóticos y adquieren monos, aves de colores, lagartos, serpientes… pero todos hemos convivido con algún animal. Y hemos sido felices. Pero definitivamente que el común de las personas han criado un perro, o un gato, o a ambos y a la vez, y guardamos de esos momentos felices recuerdos, que al paso de los años, cuando alguna mascota nos recuerda a quien acompañó nuestros primeros pasos, a quien soportó nuestros excesos, sonreímos sintiendo que esa vida que pasó por nuestro lado y que ya no está.

Personalmente he criado a varios perros, a muchos más gatos, a dos loros y creo que a varias especies de arañas que en mi cuarto han hecho su nido, pero que no conversamos mucho. De esta lista no diré que recuerdo o aprecio más a uno o tal porque cada quien supo darme una gota de felicidad que aprecio con igual estima. Sin embargo quien más nos acompañó fue una gata y un gato. Madre e hijo, en serio. Negros los dos, con leves manchitas blancas en el pecho. Entre los dos compartieron conmigo y mi familia cerca de doce años. Más de una década de rabias, de alegrías, de preocupaciones y de innumerables viajes a las tiendas y mercados en busca del alimento.

La primera fue la negra, que así se llamó, Negra, y que su historia fue de lo más inesperada. No nos la regalaron, no la compramos, sin que un día llegó a nuestra casa, se metió a la sala y no salió de esta hasta casi ocho años después, cuando una tarde de abril se fue para no regresar. Dicen que a los gatos no les gusta morir delante de sus dueños. Dicen.

Cada noche aparecía delante de nuestra puerta y ronroneaba, como pidiendo un poco de comida, un poco de calor, un poco de un hogar. Y le dábamos un poco de lo que podíamos, o sea bastante de todo. Así hasta que una noche entró, cruzó el umbral y se ganó a todos, nadie la quiso botar, nadie le dijo no te quedes y ella lo entendió como una bienvenida. Inmediatamente se instaló en la casa, dueña de ella empezó a dormir en mi cama. Los pies más calientes de todo el invierno.

Poco a poco todos en la casa girábamos en torno a ella, que si comió, que si le han puesto el agua, que si ya regresó, que no cierres la ventana del patio porque aún no vuelve, que no dejes la cortina desplegada porque la araña. Todo. Hasta que un día empezamos a notar algo raro en ella.

Cuando llegó a nuestra casa no debería tener más de medio año de vida. Así que poco antes de cumplir el medio año con nosotros empezó a engordar. Ya no salía por las noches, ya no saltaba a todas partes. Estaba preñada.

Para niños de edad, que habíamos sido criadores de mascotas varoniles como perros doberman, tener una gata y preñada era toda una novedad. Así que día a día fuimos siguiendo esa próxima llegada. Cartones y telas viejas fueron el hogar que recibieron.

Seis gatitos ciegos, rosados y rubios y blancos y uno, sólo unito, negrito, con su manchita blanca en el pecho, el hijo de su madre. Pequeñito, famélico y huesudo por donde lo agarráramos.

Todos estaban sanitos y enteros y la gata los trataba por igual, sin embargo al paso de los días el negrito era, digamos, rechazado por su madre, o apabullado por sus hermanos. Así que para que se alimente teníamos que dejar a los demás gatitos en su caja y llevarnos al negrito y a la Negra a parte para que lacte a sus anchas, y lo hacía.

Poco a poco el gatito negro empezó a llamarse así, Negro. Nos fuimos encargando de conseguir hogar a cada uno de los demás, pero el Negro siempre se salvaba, se quedaba, nadie quiere a los gatos negros. Solo nosotros.

Y así sin darnos cuenta teníamos dos gatos. Antes ya habíamos criado a varios mininos, pero ninguno vivió en nuestra casa más de medio año, se iban. Sin embargo este par, madre e hijo, Negra y Negro, tenían ya casi un año en nuestra casa. Así sin pensarlo pasó oro año, y otro y varios más. Y muchas crías de gatos también. Recuerdo bien cómo el Negro aprovechaba su tamaño, ahora lo hacía él, y seguía lactando de su madre pese a que ya sus hermanitos eran de tres y hasta cinco camadas de distancia que él. Pero se le veía tan gracioso que nadie decía nada.

No quiero seguir más sin contar también de los perros. Sería injusto. Así que más adelante contaré de los canes en mi casa y acabaré la historia de los “negros”. Por ahora sólo dos videos que resumen lo que es tener una mascota, para todos: un gato y un perro.

The Dog and the Butcher by Jonathan Holt from Jonathan Holt on Vimeo.




jueves, 3 de septiembre de 2009

NUEVA DESESPERANZA


Cada vez es más difuso el final del túnel. No sé si eso sea bueno o malo, pero no me gusta. Las cosas son así y hay que hacerle frente y no quejarse, pero algo tenía que decir. La verdad es que cada vez la mañana se demora más en llegar y la noche en acercarse.



Salgo a la calle y nada me parece como antes. No sé qué mierda pasa en mi cabeza pero un estado de aletargamiento se está adueñando de mis pensamientos. Me aleja de la realidad y todo parece que me aburre o que no tengo ganas de nada. Es como regresar a hace unos meses en que mi mundo se limitaba a las cuatro paredes de mi cuarto y me resistía a salir.


No pienso en ninguna opción definitoria ni definitiva. Solo dejo que las cosas sigan su curso, como respirar, digamos.

Quiero dormir y que no sean solo ocho horas.

Quiero despertarme y que no sea mañana sino pasado.

Quiero ver y que no sea el cielo gris.

Quiero reírme y que no sea mentira.

Quiero ser.

martes, 1 de septiembre de 2009

AMIGOS Y NADA MÁS

Hace poco recibí un correo de una red social, que me decía que JJHH quería ser mi amigo. Era una persona que no veía hace casi 10 años. Qué podía haber de amigo en alguien al que no veía en ese lapso tan amplio. Que yo recuerde el tiempo que compartimos la misma aula del colegio no nos hizo amigos, y eso que fueron años. A lo mucho un par de holas y nada más. Y así, sin más, ahora me decía que quería ser mi amigo. Decidí no aceptar esa dudosa proposición.

A los días, otro amigo de aquella época me llamó por teléfono (aclaro que con este amigo y compañero de clases sí cultivé una amistad que sigue) y me dijo que un grupo de chicos del salón del colegio querían reunirse para tener un almuerzo, que varios se iban de viaje fuera del país y que porqué no pasar a saludar.

La verdad es que hacía casi una década que no los veía, salvo contadas excepciones. Y esto no porque no haya querido o ellos no me hayan invitado antes (porque sabía que se seguían frecuentando), sino simplemente porque no, no coincidíamos en los mismos buses, no trabajábamos juntos, no estudiamos la universidad juntos ni nada de eso. Pese a que la mayoría de chicos de mi promo del colegio no vivía a más de 15 minutos de mi casa, ni bien acabamos la escuela perdí casi todo contacto con la mayoría de ellos. No sé si por desinterés o qué, pero con el paso del tiempo no me preocupó nunca ni un poco. Al contrario, fortalecí amistades de otros lados y en fin, crecí, maduré, me hice adulto... sin saber casi nada de ellos.

Y la idea de un almuerzo, diez años después del último día de clases, digamos que no me entusiasmó, pero me animé a ir para saber qué había sido de los compañeros con que crecí, con que jugué o con los que en algún momento me divertí, no lo voy a negar. Así que acepté. Enterado de mi respuesta afirmativa, otro compañero me llamó, con el que también mantenía un contacto virtual pues luego que una vez hace años le di mi correo me enviaba casi a diario esas "divertidas" cadenas de email que borró sin siquiera leer. Pero como esta vez el subject decía "celular", decidí abrirlo. En resumen me pedía que le diera un número a dónde poder llamarme, y lo hice.

A la hora me llamó y coordinamos en que el encuentro sería en dos semanas, un domingo al mediodía en la puerta de la iglesia San Pedro, en Chorrillos. Le dije que ya, y pregunté que quiénes más irían. Me detalló algunos nombres que con el paso de los años ya no asocié a ningún rostro (aunque suene exagerado), y dije está bien. Llegado el día, acudí puntual, sin muchas ilusiones de nada, ni sentimiento alguno. Solo cumplía con mi deber. ¿Cuál? No lo sé. Así que llegué puntual, mediodía frente a una iglesia a la que sólo entré una vez en mi vida en la misa de duelo de un compañero.

El paso de los minutos y la ausencia de los amigos me hacían evidenciar que poco había en ellos de nuevo. Más de 20 minutos después llegó el primero. La verdad que lo reconocí casi de inmediato, pero no dije nada. Esperé que se acercara a mí y me saludara. No sé porqué lo hice, pero fue así y listo. Me empezó a hablar, que qué había sido de mi vida, que dónde había estado escondido diez años, que si me había casado, que si tenía hijos, que esto y lo otro. A todo le dije que no, o que casi y cuando por un poco de decencia le pregunté casi lo mismo, me dijo que tenía tres hijos, que vivía con su mujer en casa de sus padres, que hace un mes había abierto su propio taller de mecánica y que trabajaba para vivir.

Ante la demora exagerada de los demás, me pidió que le prestase el celular para llamar a los demás y ver qué pasaba. Llamó y muy risueños le decía que para qué era tan cojudo de ir a las doce en punto si se acordó que sea al mediodía. Tampoco lo entendí, pero le dijeron además que ya estaban en camino. Casi una hora después de aparecieron otros cuatro chicos, señores, jóvenes, o como sea mejor llamarlos.

La verdad que sus caras no había cambiado demasiado. El mismo estilo para vestirse, algunos con bigote de tres pelos, otros con lentes, en fin, casi lo mismo que en el colegio. Al verme hicieron las aburridas bromas de antes, que esto y aquello, que porqué no iba a las reuniones y que cómo me iba. A todos les había dicho que andaba ocupado, que el trabajo, y esto, pero no les dije en qué trabajaba. Preferí evitarme oir el "yo también quise serlo". En fin, reunidos ya un grupo de seis, nos dimos cuenta, ellos, que faltaban otros seis, así que de nuevo mi celular pasó de mano en mano para que llamen y confirmen, y los muy graciosos compañeros ausentes habían resulto que para ellos era más cómodo reunirse en la plaza de Barranco, y que nos esperaban. No había más opción que ir. Al final de todo ya estaba ahí y no podía ser peor.

Al llegar a Barranco, los vi ahí reunidos, en la misma división que hace diez años, unos al lado de otros como antes y me reí, porque era como si para ellos no hubiera pasado el tiempo, un atisbo de alegría me despertó y me acerqué a saludarlos. Pero al llegar vi cuán equivocado estaba. No sé qué fue o cómo fue, pero inmediatamente al estar al lado de ellos me di cuenta que había cometido un error al ir, un grave error. Me di cuenta que me esperaban como mínimo un par de horas de aburrimiento y de escuchar conversaciones estúpidas, aunque suene cruel o no sé qué.

Empezaron a recordar otra vez, que donde había estado, que porqué no me comunicaba más con ellos, que seguro me había vuelto un “botado”, y cosas así. A las que respondía con una sonrisa y un jaja sin más ánimo que el que me daba estar ahí. Luego empezaron las bromas entre todos, que si eras soltero confirmaba que eras gay, que si tenías un hijo sería igual de jodido que uno, que si hija sufrirías, que esto y lo otro y nada me causaba gracia. Nos

Continuará...