sábado, 27 de diciembre de 2008

Pequeña diatriba sobre el amor

Recuerdo una tarde en que conversaba con un amigo, hablábamos sobre lo que cada uno pensaba del amor. Qué era lo que nosotros entendíamos por esa idea y qué era lo podíamos tener en común. No recuerdo muy bien los argumentos que daba, pero me viene a la mente que por aquella época yo estaba, digamos, alejado de todo tipo de sentimiento, y más bien atravesaba una etapa de mi vida en la que todo me parecía que estaba mal y era muy negativo.

Muy por el contrario mi amigo recién había empezado una relación con una chica que había conocido en su universidad, entonces para él todas las cosas eran de color celeste, por decir algo. Así que cuando empezamos ese debate, sabíamos que iba a ser un desfile de ideas muy, pero muy distintas.

Yo decía que eso era solo un proceso químico, que somos organismos complejos como para poder desentrañar qué es lo que pasa a nivel neurológico en nosotros como para poder explicar porqué es que algunas personas (cómo podía en ese momento decir cosas así) se enamoraban y porqué algunas personas sufrían porque no les correspondían o la persona que amaba las dejaba o engañaba. Simplemente estaba tan gris que no daba una idea clara, más que nada hacía que mi amigo se ensombreciera. Pero para él el amor era algo que nacía en uno sin saber cómo o cuándo y cuando uno se daba cuenta ya no podía sin el objeto destinatario de ese sentimiento, y por eso la gente se une, se relaciona, se aman, en fin.

Ahora que me pongo a pensar, yo decía esas cosas porque en realidad estaba dolido. Estaba muy resentido conmigo mismo por haberme dejado doblegar por una mujer y estar ahora (en ese momento, debo aclarar) sufriendo así. Lleno de odio y de rencor. Lleno de pasión por estar amargo de todo. Decía cosas tan negativas como burlarme de las parejas de enamorados. De las frases como “te amo”, me burlaba y decía que los hombres (o sea hombres y mujeres) no se enamoran, que sólo se unen por no estar solos, que más que nada era una cuestión de puro instinto, puro sexo.

Mi amigo, mi buen amigo, se reía de mí y me decía que eso decía yo por la herida, que no sea tan renegado y que me resigne a que si se acabó, pues se acabó. La verdad que en vez de clamarme, esas palabras encendían la hoguera de mis odios, y solo atinaba a decirle que no sea idiota. Pero como era él mi amigo, me entendía. Hago acá un espacio para decir que para mi buena suerte casi la mayoría de veces he estado rodeado de gente muy buena, de bueno amigos, de grandes personas, ya sea por la extraordinaria calidad humana o por su grandeza intelectual. Situaciones que han hecho de mí la persona que soy, reflexiva, introspectiva, hasta inteligente, si la modestia lo permite.

Retomando, seguíamos discutiendo tontamente de algo tan difícil de abarcar por dos mentes de apenas  años de edad. Cada uno reforzaba sus argumentos y daba ejemplos claros de cada cosa que decíamos. Era una situación extraña. Dos chicos parados en medio de una calle, casi en medio de la pista, fumando y dialogando encendidamente sobre lo que es el amor. Quien nos haya visto aquella vez seguro se imaginaba que estábamos planeando qué haríamos el fin de semana o a qué cine ir a ver qué película. Discutíamos y no llegábamos a ninguna conclusión. Simplemente él defendía su nueva relación y yo atacaba a lo que sentía. Estábamos pasando por una etapa en que empezábamos a descubrir cosas de nosotros que ni sabíamos que teníamos. Cosas que nos confundían y nos hacían sentir extraños. La verdad es que me dolía mucho lo que me había pasado, y nunca antes había estado con ninguna chica, así que cuando la tuve (qué posesivo) estaba muy feliz, seguro leía poemas y decía que el amor era bello. Y ahora que no la tenía, pues simplemente renegaba. Mi amigo era todo lo contrario. Había ingresado a la universidad y estaba muy feliz y más aún pues había conocido una chica en su academia, y al volver a encontrase ya en a universidad, pues casi así como si nada, empezaron a salir juntos.

Podía decir que hasta sentía envidia de su felicidad. Pero era mi amigo, mi amigo de toda la vida, al que conocía casi desde que guardo recuerdos de mi vida. Podríamos decir que hasta compartimos el mismo biberón. Sin exagerar. La verdad es que en ese momento por mi cabeza pasaban muchas cosas. Mi vida empezaba a tomar el camino que seguiría por casi una década después. Y algo de su alegría me punzó muy dentro, tanto que me prometí hacerle cambiar de idea, a cualquier coste. Y lo hice.

Como éramos tan amigos, pues le dije que me presente a su enamorada. Sólo quiero saber quién es, cómo es y nada más, fue lo que le dije. Y él aceptó de muy buena gana. Entonces, al día siguiente de nuestra sin fin discusión, fui a su universidad, a que me presente a su enamorada, y a ver si podía empezar a labrar mi obra. Mi maldita obra. Resumiré diciendo que al conocer descubrí que era una chica muy linda, sentí algo en mí cuando la vi. Algo se despertaba, así que sin pensar en lo que pudiera pasar, cuando mi amigo nos dejó solos por unos instantes, le dije con el mayor desparpajo a su enamorada que me diera su teléfono, que la llamaría para invitarla a salir para conocer a la mujer que estaba con mi amigo, si es casi como hermano, vamos no seas tímida.

Yo sabía lo que estaba haciendo. Ella sabía lo que yo estaba haciendo. Y no me detuvo ni se negó ni me acusó.

A los días la llamé y le dije que la iba a recoger a la salida de sus clases. No se negó, pero al contrario me dijo que mejor no, porque nos podían ver y no quería tener problemas. Así que me citó en un centro comercial cercano, y ahí la vi. Algo en su mirada de niña de 18 años me decía que mi amigo no había llegado a verla bien. Algo en ella decía tómame y no te demores. Y supe leer ese mensaje. Después de encontrarnos caminamos un poco, y fuimos luego a comer unos helados. Entre una conversación forzada y unas risas que nada tenían que hacer con algo de humor, le dije para irnos a dar una vuelta, a fumar un cigarrillo o a lo que ella quisiera. Salimos y caminamos sin rumbo fijo.

Al llegar hasta un parque nos sentamos, y si pensar en nada me acerqué a ella y la besé. Nos besamos y a los minutos me dijo que desde que me vio se había dado cuenta que yo no era como mi amigo. Que le parecía muy divertido. Me invito a ir a su casa. En mi mente pasaba de todo. Si bien era una mujer muy bonita, sexualmente hablando. En ese momento un pequeño remordimiento me asaltaba pero su voluptuosidad lo desbarataba. Tomamos un taxi y en unos minutos ya estábamos en la puerta de su vivienda. Quizá yo sabía lo que iba a pasar o quizá me equivocaba. Pero al entrar ella me tomó de la mano y me llevó a su cuarto. Ya ahí empecé a desnudarla y lo que sigue ya es parte del recuerdo. Lo hicimos.

Al llegar a mi casa, esa noche, me encontré con mi amigo, sentado en la puerta de mi casa, cabizbajo y llorando. Dónde has estado. Quería hablar contigo, sabes, mi enamorada me llamó y ha terminado conmigo, dice que ha conocido un chico mejor y que ya no quiere saber nada de mí.

Entre sus llantos y mis mentiras de aliento llenas de frases hechas, entre el dolor de mi amigo y el triste remordimiento mío, descubrí qué es el amor.