miércoles, 22 de octubre de 2008

Suficiente de soledad

Amar a los demás, como a sí mismo.

Dar todo de uno mismo por un ser indefenso y que tú elegiste traer al mundo.

Te esperamos porque sabemos que ya pronto llegarás.


Llega un momento en la vida de todo hombre, de toda mujer, en que sabes que tu tiempo en esta vida ya ha sido suficiente como para seguir solo.

Después de muchos, o pocos, ensayos burdos de lo que podría ser “el resto de tu vida”, sin mirar quizá, sin esperarlo tal vez, aparece alguien delante de tus narices y ni cuenta te das hasta que una noche de julio te descubres pensando en ella y en qué será lo que está haciendo.

Enciendes un cigarrillo o prendes la radio para distraerte porque aún no te das cuenta de lo que te está pasando.


Pasa el tiempo, las horas y los días y simplemente quieres estar a su lado. Crees que te cae muy bien nada más, porque de hecho que “tú no quieres nada de nada con nadie”, entonces hasta piensas en invitarla a salir. Total los amigos lo hacen, porqué ustedes no, tratas de explicarte.

O justificarte, mejor dicho.

Y de pronto te descubres que por el simple hecho de estar al lado de ella eres capaz de caminar cuadras de cuadras, horas de horas, como de tu trabajo hasta tu, su, casa. Cuando todos sabemos que tú en realidad no eres capaz, ni te gusta, caminar más de 5 cuadras. Que si no hay un micro cerca tomas un taxi. Pero una noche sin que nadie se dé cuenta, porque tú no eres así, caminas cerca de ocho kilómetros. Solo porque ella te dijo que tenía ganas de caminar.

Y claro, en ese momento aparece tu faceta de gran caminador interdistrital. Si siempre lo haces, porque al lado de ella, no.

No puedes esperar a que amanezca y salir disparado para verla. Una noche de pronto te descubres imaginando que la besas. Y decides que ya está, tienes que besarla porque la amas. De frente. No das medias vueltas. En tu pecho hay algo que jamás has sentido. Jamás. Y te paras, o te sientas, frente a ella, le tomas las mejillas, la acaricias, coges su cabeza y le plantas un beso. No esperas que ella reaccione muy apasionadamente, no lo va hacer, pero esperas que responda. Y lo hace, o al menos eso parece.

Quisieras salir corriendo y gritar tu felicidad.

Pasa el tiempo y de nuevo sientes eso raro de lo que hablé al principio. Todo te va bien con ella pero sientes que ya algo te falta. No es que lleves mucho tiempo a su lado, un año a lo mucho, pero la vida te va quedando grande y piensas que algo falta. Siempre falta algo. Y te descubres pensando en ella con una amplia barriga.

Quieres un hijo. Las cosas llegan por sí solas.

Y las ganas de ser padre no son distintas a las demás cosas.

Anoche me pasó. Aunque debería decir que en realidad hace un poco más de tiempo. Pero la verdad es que lo que me pasó anoche fue algo muy superior a lo que había sentido hasta hace solo unos meses o semanas. La vi tan linda, tan enamorada, tan tierna, que me dolió el no tener ya un hijo nosotros dos.

Todo lo que puse desde el inicio me ha pasado, y no. Pero lo último es de hecho el motivo del que hoy escriba esto.

Si hay miles de blogs en la red que dicen ¡Voy a ser papá! Yo humildemente diré ¡Quiero ser papá!

Tú lo sabes.