domingo, 2 de marzo de 2008

Disculpas

Las cosas pasaron así. Cada vuelta de la gente terminaba sobre el ataúd. Todos estaban tristes y llorosos. Digamos que la muerte les había llegado desde hacía meses, cuando supimos que mi abuelo tenía cñancer, y lo que eso significaba, pero recién ese día lo lloraban. A veces suele suceder ese tipo de cosas. Y no es para menos que se siente mal.

Pero lo que en mí pasaba era algo distinto. No lo sé muy bien aún , pero me sentía más raro aún. Tenía en mí algo como un nudo en la garganta, no tanto por el luto como sí por la incertidumbre de lo que en realidad estaba yo haciendo ahí: había viajado más de un día por tierra para acompañar a mi abuelo. Para acompañara a mi papá a que despida a su padre. Y eso era lo más extraño de todo. Porque no sabía de verdad qué es lo que estaba haciendo yo ahí, ni mucho menos qué era lo que tenía que hacer. Empezaba en mí a rajarse algo. O debo decir que continuaba algo rajándose dentro de mí.
Veía a mi alrededor y a pesar de que llevo en el rostro una señal inconfundible de mi familia, no me encontraba yo. Pensaba en las cosas que estaban sucediendo, pensaba en lo que haría al volver a Lima. Sin darme cuenta ya estaba con un vaso de aguardiente en la mano, dispuesto a ahogar en alcohol esos temores de tan lejanos recuerdos que ya no eran muy precisos pero que me dejaban sin saber qué era lo que debía hacer.
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Debo decir que ya no puedo seguir escribiendo. No sé porqué pero algo más dentro de mí se sigue alejando de mí mismo. No lo sé. No lo entiendo.
Creo que la muerte no llega sola.
Es un pedido de disculpas...