sábado, 1 de marzo de 2008

Mi abuelo había muerto II

Una hora después estaba ya parado en la estación de buses que me llevarían hasta mi nuevo destino: Andahuaylas। Sólo 28 horas me separaban de este. Recuerdo que al estar parado en esa miserable estación sólo pensaba en mí, en lo que pasaba en mi cabeza, en lo que había hecho hasta ese día, en que mi papá estaba allá y que su papá nunca más sería. Nunca más.

La idea de viajar solo por tanto tiempo no me asustaba ni nada। Hasta diría ahora que me atraía. Me llamaba mucho la atención estar así. Creo que nunca he estado sólo por tanto tiempo. Tenía un libro en la mochila, una cajetilla de cigarros, una navaja, una botella de agua y papel y lapicero. Nada más. De ropa solo una camisa negra, una chompa igual de fúnebre y algunos pares de medias.

Creo que fue saliendo de Lima que algo en mí se empezó a quebrar। A rajar. Pensaba en las cosas que me acababan de pasar, en las que habían pasado hace algunos años, ya, pensaba en mí y en cómo es que había estado llevando mi vida. La muerte de mi abuelo me llevó a pensar en mi vida y en cómo la había vivido. Sinceramente no puedo decir que haya sido un ejemplo a seguir, para nadie. Tampoco es que haya sido un ser detestable. O quizá sí un poco. Pero mientras que el dolor poco a poco me llenaba cada resquicio del corazón, el luto avanzaba y yo cada vez caía más en la cuenta de que estaba haciendo más que un simple viaje. Estaba buscando en mí algo para seguir creyendo que lo que hacía tenía un sentido.

Cerca de seis horas después estaba ya saliendo de Ica। El frío de la sierra empezaba a apoderarse de las ventanas del bus y pegarse a ellas me producía un severo dolor de cabeza. En medio de la carretera, a cada instante, a cada lado, aparecían casas de campesinos. No sé si sea lo correcto decir casas, pero tampoco me gusta decir chozas ni esteras. Pero eran unos paupérrimos hogares. Un ambiente sumamente deprimente. Cada kilómetro aparecían un grupo de niños distinto y uno los ve a toda velocidad y no sabemos nada de ellos. Pero lo poco que se puede ver de sus rostros y sus miradas es que viven en un gran vacío, alejados de la civilización, condenados a jugar solo con las piedras y con los animales que pastean. La verdad que en las circunstancias en que me encontraba esas escenas me daban más ganas de estar mal. De sentirme peor. De sentirme culpable de todo.

Cada minuto que pasaba pensaba en mi abuelo। Si bien me dolía la noticia de saber que se había ido para siempre. Debo de confesar que no lo conocí mucho. O quizá nada. Si sumo las horas que pasé a su lado pues no creo que den más cinco o seis días. Sé que suena cruel y hasta desalmado de mi parte. Pero así pasó y eso no cambiará jamás.

Ese viaje fue algo extraño para mí। Fue como un redescubrir de algunas cosas. Sé que alguien dirá que eso es ridículo porque el viaje en sí fue corto, unos días, pero así me pasó. A medida que me alejaba de Lima, veía poco a poco como la ciudad desaparecía para dar paso a algo que en el Perú le llaman “el interior”: un retrato de pobreza y precariedad a cada lado de la carretera.

Avanzada ya bastante la ruta, el bus ingresó a Apurímac, tierra que visitaba después de 15 años. Debo decir que el panorama era desolador. Un extenso paraje seco y golpeado por el inclemente clima helado. A lo lejos, en lontananza como dicen algunos, se veía un poco de verde: el valle de Andahuaylas, mi destino final.

No resumiré esas horas que faltaban para llegar a mi paradero, medio día más, pero en mí algo había empezado a quebrarse। Pensaba y pensaba en mí y en las cosas que hacía y había hecho. No creo haber llorado ni haberme dado golpes de pecho, pero pensaba mucho en lo que pasaba en mi vida en esos momentos. Desolación. Esa era la palabra.

Al acercarme a la ciudad de Andahuaylas, veía la tierra que guarda mi pasado। El lugar donde un día mi nombre y apellido se gestaron. Como dije líneas arriba, mi padre y yo tenemos un parecido físico muy grande. Y eso quedó evidenciado, una vez más al llegar a la plaza de mi destino.

Ni bien bajé del bus me dirigí a la plaza de armas, unas cuantas cuadras de distancia। Cuadras que luego de innumerables cajetillas de cigarros y alcohol en la sangre, más lo pesado de estar a más de tres mil metros sobre el nivel del mar, hicieron que llegue agonizando. Ni bien recuperé un poco de oxígeno me acerqué a un policía del lugar. Me explicó que tenía que tomar unas combis de líneas amarillas, me preguntó también de dónde venía. “Vengo de Lima. Mi abuelo ha muerto”, fue lo único que pude decirle. Este señor conocía a un tío mío que también es policía, y además a mi papá. “Eres igualito a ellos, tú debes ser el hijo de Teobaldo”. Sólo pude sonreír como las veces en que me pasaba eso: la gente me identificaba por el rostro de mi padre. Además me dijo que también había estado en el velorio de mi abuelo, y me ayudó a llegar a la casa de mi tía Melania, donde el luto estaba siendo ceremonia.

Al subir a la combi, me senté al lado del chofer। Unos segundos después, al ver mi maleta y la cara de viajero, me preguntó lo mismo, que de dónde venía. De Lima. ¿Y vienes por tu abuelo? No sabía que mi abuelo era tan conocido, tampoco es que Talavera sea un pueblo ni grande ni pequeño, pero el chofer, que después resultó ser un primo lejano mío, me dijo que sí, que el abuelo Donato era muy querido.

Al llegar a mi destino, la casa de mi tía, vi a muchos de mis parientes a quiénes no veía de mucho tiempo. Fue para todos una gran sorpresa, un momento de alegría, digamos, en medio de la tristeza.

Continuará…