domingo, 28 de diciembre de 2008

A punto de quedarme ciego

Una experiencia personal, que me llevó a escribir la crónica "Una esperanza llamada Lucía" (la que pronto colgaré).


Pocas cosas en la vida me estremecen tanto como el hecho de llegar a perder la vista. No lo digo por lo que eso significaría en mi vida, sino por una experiencia personal, que en el mejor de los casos me dejó un gran respeto por aquellos que no pueden ver lo que les rodea, ni nada. Y en el otro extremo, un temor visceral ante esta lamentable condición humana.

Empezaré diciendo que cuando esto me sucedió (y en esta ocasión esta historia sí es real, las otras las dejo a criterio de ustedes) cuando tenía yo nueve años. Poco a poco, lo que me parecía una simple comezón matutina en los ojos, se fue tornando en algo que me impedía ver claramente lo que sea que tuviera delante mío. Para mí el mundo se me presentaba como através de un velo, crema, no blanco. Sin saber, sin que mis padres se percatasen, sin darse cuenta nadie, una conjuntivitis agresiva se estaba comiendo mis ojos, mi capacidad de apreciar el mundo.

Llegó un momento de este problema, y aún nadi se daba cuenta, en que no soportaba brillo alguno pues me dolían los ojos, y peor con el sol, era como un vampiro (o debería decir murciélago, creo) que se escapaba de la claridad, entonces casi todo el día usaba lentes negros, unos grandes para ese rostro de nueve años, que solo me los quitaba para dormir. Me imagino que mis padres deben de haber pensado que era una moda o manía mía (de tantas que aún tengo), por eso cuando se percataron que los usaba todo el día ya la conjuntivitis se había transformado en una infección ocular seria, muy seria.

Debo hacer un paréntesis acá y decir que mis padres no son culpables en absoluto. Ellos trabajaban desde temprano y yo, dormilón en aquel entonces (en que faltar al colegio era tan fácil, por las constantes huelgas), al despertar ya no los encontraba. Así que no se percataban de mi problema, y yo menos daba quejas del mismo.

Hasta que una triste mañana, que debió ser de junio, simplemente no pude abrir los ojos. Quien haya padecido de la conjuntivitis sabrá que ésta produce unas legañas tan duras que las pestañas se pegan y es difícil mirar a través de ellas. Claro que no son legañs, sino algo peor. Así que, como decía, aquella mañana me asusté y lancé un grito que atrajo a mi mamá y se percató de que mis ojos estaban cubiertos por algo amarillo. Inmediatamente ese día me llevó al doctor y este, aún lo recuerdo, se asustó porque empezó a reclamarle a mi madre que porqué había dejado que me ponga así para recién llevarme al hospital. No recuerdo lo que ella replico, pero sí me acuerdo que empezó a llorar y que dijo una frase que hasta hoy llevo: ¿Mi hijo se va a quedar ciego?

Y muy falto de tino, ante mis nueve años, el doctor se mandó con una explicación de la que yo sólo entendí que si la infección no se detenía, mi conjuntiva se iba a ver afectada (sí, sí recuerdo esa palabra aunque tuviera nueve años, pues era de mis ojos de que hablaban) y que por eso perdería la vista.

“A ver amiguito –me dijo el inefable médico– vamos a ver qué hacemos”. No podía creerlo aún. Me iba a quedar ciego. Creo que empecé a llorar ante tal funesto presagio, pero mi madre me abrazó y me dijo, como toda madre, que si fuera necesario ella me daría sus ojos. Como si eso fuera posible.Al salir del consultorio, llevábamos bajo el brazo un cargamento de medicinas, gotas, ungüentos, cremas y más pastillas. Toda la receta eran antibióticos. El médico me dio un ataque más: “Es probable que en unos días más no puedas ver nada, pero no te asustes, que si todo va bien con las medicinas, eso será cuestión de unos días”.

Como si eso fuera poco.

Pues bien, a parte de las recetas, me ordenó que por ningún motivo salga al sol, que no vea tele (más adelante diré la relación que tuve con la tele en mi infancia. O quizá en otro post), que use lentes negros todo el día, y que por nada del mundo me rasque si los ojos me picaban.

Ay, ingenuo médico que no sabía con qué clase de paciente se había cruzado. ¿Que no me rasque? Lo recuerdo y me arrepiento. Con decir que tuvieron que ponerme esparadrapos en las manos para que no cometa aquella locura, hasta parecía un gato a punto de ser bañado.

Y la sentencia llegó.

A los dos días de la consulta ya sólo podía notar si estaba de día o de noche. No podía distinguir nada. Esa mañana debe de haber sido la peor de todas. Hasta ahora creo que ninguna se iguala a ese terror que sentí al despertarme. Ya desde aquella época era un fatalista empedernido.Pero debo repasar la tortura que era aplicarme las gotas y cremas. Mi mamá y mis hermanos tenían que hacerlo. Me agarraban de los brazos y mi madre me habría los ojos, jalaban los párpados y echaban ahí las gotas que ardían como el limón en las heridas.

Lloraba. Pataleaba. Gritaba y golpeaba. Igual me debía resignar a esa tortura que se repetía cada cuatro horas. Además de las cremas, aunque estas eran solo en las noches.

Pobre de mí, que vivía enamorado de la televisión. No pude verla por casi dos meses. Aquella época se creo un duelo entre ella y yo. Me sentaba delante de la TV pero de espaldas e imaginaba lo que aparecía. Recuerdo que en aquella época empezó el mundial de Italia 90. Nunca he sido aficionado al fútbol, pero amaba lo que Maradona hacía con el balón. Y me empeciné en verlo, aunque no veía nada en realidad.

La verdad es que aún no tomaba conciencia de lo que podía pasarme.

Es decir, que no asumía ni me daba cuenta que estaba a un paso de quedarme ciego, preso de la oscuridad, en tinieblas.

Sin embargo, al pasar los días (y los envases de medicinas), empecé a vislumbrar ya algunas formas. Cada despertar era un desfilar de nuevos contornos, nuevas cosas, más colores, más gamas de luces. Emocionado, creí que estaba curado, pero como me evitaban que intentara ver lo que sea, me parchaban los ojos con unas gasas enormes que me dejaban como el más vulnerable de los piratas.

Y bueno, yo no me veía los ojos, para esto necesitaría un espejo. Y al encontrarlo comprendí porqué hasta ese momento evitaban que vea mi reflejo, hasta para peinarme, todo lo hacía mi mamá.Mis ojos estaban todo rojos, las venas saltadas y sobresalidas. Era un espectáculo de horror, realmente entré en pánico al descubrir eso y más al pensar que así me iba a quedar. Y así me quedé. Al menos durante un año. Pero lo explicaré más adelante.

Fui una vez más al doctor (obvio que me llevaban, lo aclaro para aquellos que digan que cómo iba solo un niño de nueve años.) y el oculista de turno dijo que ya la infección había desaparecido, pero que había que esperar unos seis meses para que vuelva a llevar una vida ocular normal, es decir: ver TV, salir a la calle sin lentes oscuros, en fin, cosas así de sencillas y por eso mismo, así de indispensables.

Y bueno, regresé al colegio, que era obvio que así no podía ir, me recibieron los amigos que años después perdí, y empecé mi vida nuevamente, pero bajo un velo oscuro, unos fijos lentes negros. Como decía más arriba, me quedé con los ojos rojos por casi un año, claro que mes a mes se notaban mejorías. Aunque mes a mes también aparecían nuevos apodos sobre mi condición que no repetiré para que nadie haga burlas de eso.

Y así de pronto, un despertar, sin casi darme cuenta, ya no revisaba mis ojos y su rojísima condición, pero aún guardo secuelas de ello. Y quedé condenado a usar lentes oscuros durante todo el verano y ando amarrado a mis frascos de lágrimas artificiales.

Pero veo, hasta lo que no quiero.

1 comentario:

nancy dijo...

Omar, aunque ya me habías contado este episodio, ha sido estremecedor leer tu relato. Eres un poeta, me encantó la frase final…