sábado, 29 de noviembre de 2008

Todos los días, todo el día


Lo primero en que piensa al ver el reloj es que llegará tarde a su trabajo. Otra vez las llamadas de atención, las advertencias, los miedos de quedarse en la calle. Faltan solo tres semanas para Navidad y lo peor que le puede pasar a laguien por esta fecha es precisamente quedarse sin trabajo. Mira hacia el psio, mueve un pie sobre sí mismo y dice que no pasará de nuevo, que fue el tránsito que está muy lento, que las obras y que las pistas, pero no le hacen caso y le dicen que es la última vez.

En fin, piensa en que por su hijo, para llevarle un pan que comer y no sentir su llanto de hambre, una humillación de ese tipo bien vale la pena. Total las cosas pasan y nadie más que él lo sabe. Nadie vio cómo su jefe le gritaba hasta el punto de hacerle recordar cuando su padre lo avergonzaba delante de todos, de su familia, de sus amigos, por algún error que cometiera. Total él no es su padre, pero por la edad podrí serlo. Y mira en el reflejo de los ojos de su jefe ese brillo de superioridad que siempre vio en los de su progenitor y una rabia, pequeña, incidiosa, lo asalta y se apodera de un rescoldo de su mente.

Aprieta los puños y piensa en que no es posible, pero parece que su padre sigue ingeniándoselas para malograrle los días.

Todos los días.

Los trabajos que consisten en hacer una serie de cosas, pocas, de forma ordenada y cronológica, con el paso de los días, sólo días, se hacen rutinarios y se adentran en nuestras mentes no como una tarea sino como una maldita obligación, que poco a poco en nosotros van creando una sensación de desaire, desesperanza, destrucción e irremediable desesperanza.

Sigue su rutina. Registra la llegada de los empleados del lugar en que trabaja. no sabe muy bien a qué se dedican adentro en las oficinas, pero le gustaría hacer lo que ellos hacen. Constantemente salen a comprar cosas para comer. Todo el día, es como si nunca estuvieran satisfechos. Hasta piensa en traer cosas y venderlas él, golosinas, quién sabe pueda darle unos soles de más. Pero también sabe que eso es imposible, que su jefe lo regañaría una vez más e incluso podría llegar a humillarlo delante de los demás.

Cada día llega antes que todos y se después de ellos. Sabe, está seguro, sería imposible lo contrario, que gana menos que los demás, y no entiende porqué si nadie trabaja tanto como él. Los ve entrar y salir. Salir y entrar. Reirse y hablar por sus modernos celulares. Los vienen a buscar y se van por horas a lmorzar, cuando el debe comer casi parado a contra el reloj, porque su trabajo no tiene tiempo libre ni descanso ni almuerzo ni casi nada. Hasta diría que los demás sienten lástima de lo que hace, o al menos uno de ellos.

Llega la noche y uno a uno empiezan a salir los demás y a despedirse de él. Algunos incluso lo hacen con un apretón de manos, y se emociona pensando en que son sus amigos. Seguro llegará a su casa y con sus amigos contará que él conoce a tal o cual. Y le dirán no te creo y se sentirá más importante. Hasta el día siguiente en que tenga que volver a la realidad. Y probablemente vuelva a llegar tarde y a recibir otra amenaza, o quizá la última.

martes, 18 de noviembre de 2008

Adios a un sueño que murió

Le falta colores. Está donde se dejaba ver todas las mañanas. Casi igual. Hay que acercarse y ver bien para darse uno cuenta de que ya no es más lo que fue. No sé qué es. Bueno, es que ya no dice lo que decía antes. Ya no habla de lo que hablaba antes. ¿Tanto se puede cambiar en tan pocos días?
Cuando empecé a estudiar periodismo siempre me decía que me gustaría trabajar en Perú.21, pero ahora que ha pasado lo que todos saben que ha pasado, ya no me interesa. Y seguro dirán que lo digo porque sí, porque soy uno más que tiene un blog donde puede decir lo que le da la gana.
Digan eso si desean. Me da igual.
Ahora perú21 ya no es lo que hacía que todos lo leyeran. Ahora lo leo sólo por la obligación de todo periodista de leer de todo.
Trabajo actualmente en el diario La Primera, y quería irme a Perú.21, o mejor dicho con el tiempo al salir dela universidad, se me apagó un poco ese deseo, pero igual a diario lo leía con mucho cariño y un poco de envidia, pero ahora ya no. Me quedo con mi rojísimo diario.