martes, 28 de octubre de 2008

Sin tiempo que perder

Salí a caminar sin rumbo fijo. Mentira. Tenía ya en mente a dónde dirigirme desde antes de coger las llaves y cruzar la puerta. Quería verla una vez más. Sólo una, nada más. Sé que ya no podré hacerlo nunca más. Camino hacia su casa y enciendo un cigarrillo para pensar si tocar su puerta y decirle algo.

O quizá solo deba observar desde el frente y descubrir lo que hace ahora.

No lo sé.

La verdad es que desearía ir corriendo, tocar su puerta y que salga ella. Decirle que he venido a despedirme, que no importa lo que ella haga pero no me quedaré. Lo haré, pero seguro se burlará de mí y me dirá “sí, cómo no”. Y simplemente cerrará tras de sí la puerta y yo sólo sentiré más rabia.

No sé cómo poder decirle que no me deje. Que no se aleje de mí. Que no aparte de su vida. La amo. ¿La amo? Por dios, qué tipo de pregunta es esa. La amo, y ella lo sabe. Creo que por eso ella abusa así de mí. Jamás me había vuelto tan vulnerable y justo en el momento en que bajo la guardia, aparece ella y me da tres tiros: dos en la cabeza y uno directo al corazón.

No soy de demasiadas palabras. La miro a los ojos y le digo que la amo y que no me deje.

La miro a los ojos y le digo que si quiere irse y dejarme que lo haga.

O quizá la miro a los ojos, la tomo por los brazos, la acerco a mí y la beso.

Primero debería animarme a tocar su puerta y decirle a qué es lo que he venido a su casa. Primero debería siquiera decidirme a voltear en la esquina para poder ir hasta su casa.

–Hola, qué tal. Cómo te ha ido– le digo.

–Bien, qué pensabas, que me iba a morir sin ti. Idiota.

–No, la verdad que no. Sólo te estoy saludando, no tienes porqué decirme eso.

–Bien, qué deseas. Ya saludaste y ya me viste. Puedes regresar por donde has venido.

–Lo que pasa es quiero decirte algo, también. No…– me interrumpe.

–Si vas a decirme que no te deje creo que te has equivocado. Yo ya tomé una decisión. Adios.

Lanza la puerta y veo cómo camina lento como esperando que le grite algo o le diga algo pero no lo hago. Simplemente prendo otro cigarrillo y me quedo en la puerta. Siento que no tengo nada que decirle. Estoy muy cansado en realidad. Decirle alguna cosa sería muy agotador. Empezaríamos a discutir. Que si ella o yo, quién tiene la culpa. Le gusta mucho discutirse por eso. Entonces seguro me amargaría muchísimo y empezaría a gritar y ella a insultar y seguro que la gente se daría cuenta de lo que está pasando. Entonces ella lloraría y yo le pediría que no lo haga, y me dirá insensible pero no es así sino que no puedo resistir las lágrimas de una mujer. Mucho menos de la mujer que amo.

Simplemente me quedo ahí parado y sé que tras la ventana está mirándome. Puedo irla llorar. No entiendo porqué.

Me ama. Lo sé y lo siento.

Entonces sale corriendo y abre la puerta y se lanza a mis brazos. Me empieza a besar y no puedo creer lo que está pasando. No la entiendo. Creo que esta un poco alterada porque me besa con mucha fuerza.

Me pide que pase a su casa. No hay nadie, me dice. Creo que sé a que entraremos.

Nos desnudamos y en su misma sala lo hacemos. Hacemos el amor de esa forma tan salvaje que solo y ella sabemos.

Terminamos.

Me abraza y se seca las lágrimas de su intenso orgasmo. Me besa y me dice que no me quiere dejar. Que sigamos. La beso y lloramos juntos.

Entonces, sin que nadie lo note. Sin que no lo note. Ella coge su pantalón, saca unos papeles. Me los da. Lo leo y solo atino a sonreír, de miedo y de felicidad.

Vamos a ser padres, me grita.

La beso.

 

1 comentario:

nancy dijo...

Omar, esta historia es tan intensa que espero no sea producto de tu fertil imaginación...