lunes, 8 de septiembre de 2008

Medio vacío

Todo empieza con que te sirves una copa, le das vuelta y te das cuenta de que otra más no te caería mal. Entonces empiezas a entender que esa botella en realidad es poco contenido y que bien podrías salir a la calle para buscar y comprar más. Pero, ¿porqué no? Total hay sitios en donde tus tarjetas siempre serán bien recibidas.

Y lo haces.

Imprudentemente sales de tu casa, tomas las llaves de tu auto y decides que el grifo que todas las mañanas te abastece no está en realidad tan lejos y que de todas formas te venderán una botella de lo que les pidas, por algo les dejas propinas todos los días.

Ya armado con un envase con wihsky, regresas a tu casa. Antes que nada el ritual de cada vaso. Enciendes un cigarrillo y lo respiras hondamente. Tu cabeza se aligera y el dolor pasa poco a poco. Sabes que algo está mal y te prometes que mañana intentarás darte un tiempo para ir donde un médico e inmediatamente te ríes porque sabes que así tengas tiempo libre, no lo harás.

Entonces sacas otro vaso y un poco de hielo. Te sirves una buena cantidad. Lo coges y caminas rumbo a tu radio, la prendes y buscas un disco de buena música. A estas alturas de la noche, de la madrugada, de la mañana, no estás de humor para oír la voz de nadie entonces solo quieres un poco de jazz, quizá una guitarra bluessera. Te decides por un poco de Miles Davis. Entonces dejas el vaso, pero no el cigarrillo, vuelves al bar y recoges la botella y más hielo y decides sentarte en un sillón cercano a la radio.

El volumen no es muy alto pero el dolor de cabeza ha regresado. Intentas aplacarlo sirviéndote un poco más, sabes que es inútil. Sabes también que ese dolor te ha acompañado casi desde que tienes uso de razón y que esas explicaciones tontas de que algo te paso en tu infancia no tienen sentido alguno ni fundamento sobre el qué sostenerse.

Ves el reloj, y caes en la cuenta de que llevas más de seis horas en ese plan y decides dormir un poco antes de tener que levantarte y volver al trabajo. A otro día más, a hacer llamadas para satisfacer las dudas de alguien que no sabe nada. No te simpatiza la idea y vuelves a pensar en que, al final de todo, acabar con todo de una vez siempre es una opción, quizá la mejor de las opciones.

Dejas todo y simplemente te sacas la camisa celeste y la dejas sobre el mueble, te vas a tu cama y ves ahí a tu mujer. ¿Sigue siendo tu mujer? Te acuerdas en ese momento de que en la otra habitación duerme tu hija y piensas en que no se han despertado con la música, aunque sabes que siempre la oyes bajo, pero de todas formas es un ruido molesto cuando uno duerme.

Te echas al lado de ella y sientes como involuntariamente, o quizá a voluntad, se aleja ella de ti un poco. No le das importancia, al fin y al cabo hace tiempo que solo son un mero trámite y una familia feliz, disfrazada de una que tiene problemas.

Entonces dan las seis, te levantas y te das una ducha. Desayunas un poco de café y piensas que una pequeña dosis de whisky no te vendría mal, y la tomas. Sientes que se despiertan, ella también irá a su trabajo y ella a su colegio. Apresuras el vaso y te vas. Hasta más tarde, nos vemos en la noche.

Sales y sabes que no las verás, que hoy ya tienes planeado llamar de nuevo y decir que no llegarás para la cena porque a un ministro se le ocurrió decir algo a última hora y como sabes que eso sucede te tendrás que quedar más. Pero sales temprano de tu trabajo y decides dar unas vueltas por ahí, mirar el mar y pensar en que tienes 35 años pero que pareces de 10 más. Ya tu hija no te quiere. Lo sabes porque las pocas veces que te ve huye de estar a solas contigo, siquiera abrazarte.

No quieres recordarlo, pero así fue. Y sabes que aunque tu esposa no lo sabe, ella sí, y eso te duele más. Preferirías que todos se enteren y que ella lo olvide, pero no es así, es al revés, ella, tu pequeña, lo sabe y los demás no.

Vuelves a tu carro, abres la guantera dentro de la guantera y sacas un lápiz labial. Te sueltas la corbata y prendes un celular escondido debajo de tu asiento. Empieza a sonar y le dices que en 40 minutos llegarás a su hotel. Ajustas una peluca y te empiezas a delinear los ojos…

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