domingo, 28 de diciembre de 2008

A punto de quedarme ciego

Una experiencia personal, que me llevó a escribir la crónica "Una esperanza llamada Lucía" (la que pronto colgaré).


Pocas cosas en la vida me estremecen tanto como el hecho de llegar a perder la vista. No lo digo por lo que eso significaría en mi vida, sino por una experiencia personal, que en el mejor de los casos me dejó un gran respeto por aquellos que no pueden ver lo que les rodea, ni nada. Y en el otro extremo, un temor visceral ante esta lamentable condición humana.

Empezaré diciendo que cuando esto me sucedió (y en esta ocasión esta historia sí es real, las otras las dejo a criterio de ustedes) cuando tenía yo nueve años. Poco a poco, lo que me parecía una simple comezón matutina en los ojos, se fue tornando en algo que me impedía ver claramente lo que sea que tuviera delante mío. Para mí el mundo se me presentaba como através de un velo, crema, no blanco. Sin saber, sin que mis padres se percatasen, sin darse cuenta nadie, una conjuntivitis agresiva se estaba comiendo mis ojos, mi capacidad de apreciar el mundo.

Llegó un momento de este problema, y aún nadi se daba cuenta, en que no soportaba brillo alguno pues me dolían los ojos, y peor con el sol, era como un vampiro (o debería decir murciélago, creo) que se escapaba de la claridad, entonces casi todo el día usaba lentes negros, unos grandes para ese rostro de nueve años, que solo me los quitaba para dormir. Me imagino que mis padres deben de haber pensado que era una moda o manía mía (de tantas que aún tengo), por eso cuando se percataron que los usaba todo el día ya la conjuntivitis se había transformado en una infección ocular seria, muy seria.

Debo hacer un paréntesis acá y decir que mis padres no son culpables en absoluto. Ellos trabajaban desde temprano y yo, dormilón en aquel entonces (en que faltar al colegio era tan fácil, por las constantes huelgas), al despertar ya no los encontraba. Así que no se percataban de mi problema, y yo menos daba quejas del mismo.

Hasta que una triste mañana, que debió ser de junio, simplemente no pude abrir los ojos. Quien haya padecido de la conjuntivitis sabrá que ésta produce unas legañas tan duras que las pestañas se pegan y es difícil mirar a través de ellas. Claro que no son legañs, sino algo peor. Así que, como decía, aquella mañana me asusté y lancé un grito que atrajo a mi mamá y se percató de que mis ojos estaban cubiertos por algo amarillo. Inmediatamente ese día me llevó al doctor y este, aún lo recuerdo, se asustó porque empezó a reclamarle a mi madre que porqué había dejado que me ponga así para recién llevarme al hospital. No recuerdo lo que ella replico, pero sí me acuerdo que empezó a llorar y que dijo una frase que hasta hoy llevo: ¿Mi hijo se va a quedar ciego?

Y muy falto de tino, ante mis nueve años, el doctor se mandó con una explicación de la que yo sólo entendí que si la infección no se detenía, mi conjuntiva se iba a ver afectada (sí, sí recuerdo esa palabra aunque tuviera nueve años, pues era de mis ojos de que hablaban) y que por eso perdería la vista.

“A ver amiguito –me dijo el inefable médico– vamos a ver qué hacemos”. No podía creerlo aún. Me iba a quedar ciego. Creo que empecé a llorar ante tal funesto presagio, pero mi madre me abrazó y me dijo, como toda madre, que si fuera necesario ella me daría sus ojos. Como si eso fuera posible.Al salir del consultorio, llevábamos bajo el brazo un cargamento de medicinas, gotas, ungüentos, cremas y más pastillas. Toda la receta eran antibióticos. El médico me dio un ataque más: “Es probable que en unos días más no puedas ver nada, pero no te asustes, que si todo va bien con las medicinas, eso será cuestión de unos días”.

Como si eso fuera poco.

Pues bien, a parte de las recetas, me ordenó que por ningún motivo salga al sol, que no vea tele (más adelante diré la relación que tuve con la tele en mi infancia. O quizá en otro post), que use lentes negros todo el día, y que por nada del mundo me rasque si los ojos me picaban.

Ay, ingenuo médico que no sabía con qué clase de paciente se había cruzado. ¿Que no me rasque? Lo recuerdo y me arrepiento. Con decir que tuvieron que ponerme esparadrapos en las manos para que no cometa aquella locura, hasta parecía un gato a punto de ser bañado.

Y la sentencia llegó.

A los dos días de la consulta ya sólo podía notar si estaba de día o de noche. No podía distinguir nada. Esa mañana debe de haber sido la peor de todas. Hasta ahora creo que ninguna se iguala a ese terror que sentí al despertarme. Ya desde aquella época era un fatalista empedernido.Pero debo repasar la tortura que era aplicarme las gotas y cremas. Mi mamá y mis hermanos tenían que hacerlo. Me agarraban de los brazos y mi madre me habría los ojos, jalaban los párpados y echaban ahí las gotas que ardían como el limón en las heridas.

Lloraba. Pataleaba. Gritaba y golpeaba. Igual me debía resignar a esa tortura que se repetía cada cuatro horas. Además de las cremas, aunque estas eran solo en las noches.

Pobre de mí, que vivía enamorado de la televisión. No pude verla por casi dos meses. Aquella época se creo un duelo entre ella y yo. Me sentaba delante de la TV pero de espaldas e imaginaba lo que aparecía. Recuerdo que en aquella época empezó el mundial de Italia 90. Nunca he sido aficionado al fútbol, pero amaba lo que Maradona hacía con el balón. Y me empeciné en verlo, aunque no veía nada en realidad.

La verdad es que aún no tomaba conciencia de lo que podía pasarme.

Es decir, que no asumía ni me daba cuenta que estaba a un paso de quedarme ciego, preso de la oscuridad, en tinieblas.

Sin embargo, al pasar los días (y los envases de medicinas), empecé a vislumbrar ya algunas formas. Cada despertar era un desfilar de nuevos contornos, nuevas cosas, más colores, más gamas de luces. Emocionado, creí que estaba curado, pero como me evitaban que intentara ver lo que sea, me parchaban los ojos con unas gasas enormes que me dejaban como el más vulnerable de los piratas.

Y bueno, yo no me veía los ojos, para esto necesitaría un espejo. Y al encontrarlo comprendí porqué hasta ese momento evitaban que vea mi reflejo, hasta para peinarme, todo lo hacía mi mamá.Mis ojos estaban todo rojos, las venas saltadas y sobresalidas. Era un espectáculo de horror, realmente entré en pánico al descubrir eso y más al pensar que así me iba a quedar. Y así me quedé. Al menos durante un año. Pero lo explicaré más adelante.

Fui una vez más al doctor (obvio que me llevaban, lo aclaro para aquellos que digan que cómo iba solo un niño de nueve años.) y el oculista de turno dijo que ya la infección había desaparecido, pero que había que esperar unos seis meses para que vuelva a llevar una vida ocular normal, es decir: ver TV, salir a la calle sin lentes oscuros, en fin, cosas así de sencillas y por eso mismo, así de indispensables.

Y bueno, regresé al colegio, que era obvio que así no podía ir, me recibieron los amigos que años después perdí, y empecé mi vida nuevamente, pero bajo un velo oscuro, unos fijos lentes negros. Como decía más arriba, me quedé con los ojos rojos por casi un año, claro que mes a mes se notaban mejorías. Aunque mes a mes también aparecían nuevos apodos sobre mi condición que no repetiré para que nadie haga burlas de eso.

Y así de pronto, un despertar, sin casi darme cuenta, ya no revisaba mis ojos y su rojísima condición, pero aún guardo secuelas de ello. Y quedé condenado a usar lentes oscuros durante todo el verano y ando amarrado a mis frascos de lágrimas artificiales.

Pero veo, hasta lo que no quiero.

Para P.

Para ti,

quien lee estas historias

antes que nadie.

Te amo


Hay alguien en mi vida de quien siempre les quiero hablar, pero no sé porqué, a veces me faltan palabras para hacerlo. Jamás ganas ni motivos, solo palabras. Siempre empiezo a poner algunas letras (como ahora que escribo esto y no sé si lo acabaré) y al final se me van las ideas. Lo que no me pasa cuando estoy con ella, en que le digo todo lo que siento por ella y todo lo que ella me hace sentir.

No sé si alguna vez a alguien le ha pasado que llega un momento de su vida en que uno toma conciencia de todo lo que ha hecho y dejado de hacer, y conoce a alguien y descubre que todo lo que han vivido (todo) es justo para estar preparados para tener a esta persona. Cuando la conocí, sentí eso. Lo supe la primera vez que la vi a los ojos.

Yo sé que es difícil que me crean. Pero quienes han pasado por algo así me entenderán. Es como cuando dicen que “cuando el alumno esté preparado, aparecerá el maestro”. Y cuando estuve listo, ella llegó a mi vida. ¿Y listo para qué? Pues para dar de mí lo que jamás antes dí. Lo que jamás antes siquiera deje ver. Para descubrirle mi alma y mi vida entera. Y para compartir al lado de ella todo lo que tenga y lo que no tenga.

Quienes me conocen, y quienes me leen y saben más o menos cómo es que debo ser, sabrán entender que he sido una persona fría, distante, incluso hosca. Pero con ella todo eso de mí desapareció. Si tengo que usar más metáforas para que me entiendan, pues tengo que decir que antes de ella mi vida transcurrió en blanco y negro, y con ella llegaron los colores a mi vida.

Tengo que decir, o mejor dicho no diré, que nuestra relación es la mejor del mundo, o qué sé de frases así, pues como toda pareja discutimos, tenemos diferencias, peleamos, en fin, cosas que nos hacen ser humanos y aprender de nosotros mismos. Y tampoco diré que con ella las peleas sí son divertidas o algo similares, las peleas pues son eso y nada más. Lo distinto, lo que hace que sepa yo que todo es diferente y nuevo es que con ella no me siento en u vacío ni un pozo sin fondo cuando discuto, ni me entrego a los demonios de la ira cuando no nos entendemos. Simplemente y sencillamente ella me hace ser así.

No voy a explayarme más, porque quizá la inspiración se ciegue y no pueda más decir de ella. Así que dejaré muchas cosas para otro post, en que seguiré explicando quién es ella para mí.

¿Y quién es ella?

Esa mujer se llama Patricia.

sábado, 27 de diciembre de 2008

Pequeña diatriba sobre el amor

Recuerdo una tarde en que conversaba con un amigo, hablábamos sobre lo que cada uno pensaba del amor. Qué era lo que nosotros entendíamos por esa idea y qué era lo podíamos tener en común. No recuerdo muy bien los argumentos que daba, pero me viene a la mente que por aquella época yo estaba, digamos, alejado de todo tipo de sentimiento, y más bien atravesaba una etapa de mi vida en la que todo me parecía que estaba mal y era muy negativo.

Muy por el contrario mi amigo recién había empezado una relación con una chica que había conocido en su universidad, entonces para él todas las cosas eran de color celeste, por decir algo. Así que cuando empezamos ese debate, sabíamos que iba a ser un desfile de ideas muy, pero muy distintas.

Yo decía que eso era solo un proceso químico, que somos organismos complejos como para poder desentrañar qué es lo que pasa a nivel neurológico en nosotros como para poder explicar porqué es que algunas personas (cómo podía en ese momento decir cosas así) se enamoraban y porqué algunas personas sufrían porque no les correspondían o la persona que amaba las dejaba o engañaba. Simplemente estaba tan gris que no daba una idea clara, más que nada hacía que mi amigo se ensombreciera. Pero para él el amor era algo que nacía en uno sin saber cómo o cuándo y cuando uno se daba cuenta ya no podía sin el objeto destinatario de ese sentimiento, y por eso la gente se une, se relaciona, se aman, en fin.

Ahora que me pongo a pensar, yo decía esas cosas porque en realidad estaba dolido. Estaba muy resentido conmigo mismo por haberme dejado doblegar por una mujer y estar ahora (en ese momento, debo aclarar) sufriendo así. Lleno de odio y de rencor. Lleno de pasión por estar amargo de todo. Decía cosas tan negativas como burlarme de las parejas de enamorados. De las frases como “te amo”, me burlaba y decía que los hombres (o sea hombres y mujeres) no se enamoran, que sólo se unen por no estar solos, que más que nada era una cuestión de puro instinto, puro sexo.

Mi amigo, mi buen amigo, se reía de mí y me decía que eso decía yo por la herida, que no sea tan renegado y que me resigne a que si se acabó, pues se acabó. La verdad que en vez de clamarme, esas palabras encendían la hoguera de mis odios, y solo atinaba a decirle que no sea idiota. Pero como era él mi amigo, me entendía. Hago acá un espacio para decir que para mi buena suerte casi la mayoría de veces he estado rodeado de gente muy buena, de bueno amigos, de grandes personas, ya sea por la extraordinaria calidad humana o por su grandeza intelectual. Situaciones que han hecho de mí la persona que soy, reflexiva, introspectiva, hasta inteligente, si la modestia lo permite.

Retomando, seguíamos discutiendo tontamente de algo tan difícil de abarcar por dos mentes de apenas  años de edad. Cada uno reforzaba sus argumentos y daba ejemplos claros de cada cosa que decíamos. Era una situación extraña. Dos chicos parados en medio de una calle, casi en medio de la pista, fumando y dialogando encendidamente sobre lo que es el amor. Quien nos haya visto aquella vez seguro se imaginaba que estábamos planeando qué haríamos el fin de semana o a qué cine ir a ver qué película. Discutíamos y no llegábamos a ninguna conclusión. Simplemente él defendía su nueva relación y yo atacaba a lo que sentía. Estábamos pasando por una etapa en que empezábamos a descubrir cosas de nosotros que ni sabíamos que teníamos. Cosas que nos confundían y nos hacían sentir extraños. La verdad es que me dolía mucho lo que me había pasado, y nunca antes había estado con ninguna chica, así que cuando la tuve (qué posesivo) estaba muy feliz, seguro leía poemas y decía que el amor era bello. Y ahora que no la tenía, pues simplemente renegaba. Mi amigo era todo lo contrario. Había ingresado a la universidad y estaba muy feliz y más aún pues había conocido una chica en su academia, y al volver a encontrase ya en a universidad, pues casi así como si nada, empezaron a salir juntos.

Podía decir que hasta sentía envidia de su felicidad. Pero era mi amigo, mi amigo de toda la vida, al que conocía casi desde que guardo recuerdos de mi vida. Podríamos decir que hasta compartimos el mismo biberón. Sin exagerar. La verdad es que en ese momento por mi cabeza pasaban muchas cosas. Mi vida empezaba a tomar el camino que seguiría por casi una década después. Y algo de su alegría me punzó muy dentro, tanto que me prometí hacerle cambiar de idea, a cualquier coste. Y lo hice.

Como éramos tan amigos, pues le dije que me presente a su enamorada. Sólo quiero saber quién es, cómo es y nada más, fue lo que le dije. Y él aceptó de muy buena gana. Entonces, al día siguiente de nuestra sin fin discusión, fui a su universidad, a que me presente a su enamorada, y a ver si podía empezar a labrar mi obra. Mi maldita obra. Resumiré diciendo que al conocer descubrí que era una chica muy linda, sentí algo en mí cuando la vi. Algo se despertaba, así que sin pensar en lo que pudiera pasar, cuando mi amigo nos dejó solos por unos instantes, le dije con el mayor desparpajo a su enamorada que me diera su teléfono, que la llamaría para invitarla a salir para conocer a la mujer que estaba con mi amigo, si es casi como hermano, vamos no seas tímida.

Yo sabía lo que estaba haciendo. Ella sabía lo que yo estaba haciendo. Y no me detuvo ni se negó ni me acusó.

A los días la llamé y le dije que la iba a recoger a la salida de sus clases. No se negó, pero al contrario me dijo que mejor no, porque nos podían ver y no quería tener problemas. Así que me citó en un centro comercial cercano, y ahí la vi. Algo en su mirada de niña de 18 años me decía que mi amigo no había llegado a verla bien. Algo en ella decía tómame y no te demores. Y supe leer ese mensaje. Después de encontrarnos caminamos un poco, y fuimos luego a comer unos helados. Entre una conversación forzada y unas risas que nada tenían que hacer con algo de humor, le dije para irnos a dar una vuelta, a fumar un cigarrillo o a lo que ella quisiera. Salimos y caminamos sin rumbo fijo.

Al llegar hasta un parque nos sentamos, y si pensar en nada me acerqué a ella y la besé. Nos besamos y a los minutos me dijo que desde que me vio se había dado cuenta que yo no era como mi amigo. Que le parecía muy divertido. Me invito a ir a su casa. En mi mente pasaba de todo. Si bien era una mujer muy bonita, sexualmente hablando. En ese momento un pequeño remordimiento me asaltaba pero su voluptuosidad lo desbarataba. Tomamos un taxi y en unos minutos ya estábamos en la puerta de su vivienda. Quizá yo sabía lo que iba a pasar o quizá me equivocaba. Pero al entrar ella me tomó de la mano y me llevó a su cuarto. Ya ahí empecé a desnudarla y lo que sigue ya es parte del recuerdo. Lo hicimos.

Al llegar a mi casa, esa noche, me encontré con mi amigo, sentado en la puerta de mi casa, cabizbajo y llorando. Dónde has estado. Quería hablar contigo, sabes, mi enamorada me llamó y ha terminado conmigo, dice que ha conocido un chico mejor y que ya no quiere saber nada de mí.

Entre sus llantos y mis mentiras de aliento llenas de frases hechas, entre el dolor de mi amigo y el triste remordimiento mío, descubrí qué es el amor.

jueves, 25 de diciembre de 2008

Una (pequeña) reflexión de navidad

En estas fechas de navidad la gente está muy unida, muy reflexiva, y diríamos que hasta alegres. Se saludan, se llaman, se buscan y se visitan. La verdad que por encima de todo eso el espíritu de esta fecha se deja sentir, ganándole un poco al mercantilismo con que se aprovechan los comerciantes.

Sin embargo hay personas (las habemos), para quienes esta fecha es distinta. Gentes para quienes la Navidad no es sinónimo de alegría o de paz. No sé porqué pero estas fiestas siempre me ponen triste. Me hacen pensar (antes) en lo que no tengo y lo que quisiera tener. Ojo, no hablo de cosas materiales, sino de cosas más humanas.

Me explico. A menudo escucho que la gente el 25 visita a sus familias. Van a la casa de sus padres, de sus padrinos, de sus tíos, o de un largo etcétera. En mi caso no es así. Ni ha sido. Pero espero que lo sea.

La Navidad definitivamente considero que es una fecha de reflexión, de unidad, de paz y hasta de armonía. Más allá de que para el mundo cristiano es la celebración del nacimiento de Cristo. Sin embargo por encima de ello me siento triste.

Aún no me he explicado. Lo que pasa es que estas fechas me llenan de un vacío de familiaridad. Me hacen sentirme solo, a pesar de que es una de las pocas fechas en que todos en mi casa estamos juntos. Aclaro que no es que mi familia (la que vive conmigo, papá, mamá y hermanos) me hagan sentir mal. No, no es así. Lo que pasa es que sencillamente muchas veces he querido pasar ese espíritu de ir a la casa de la familia.

Lamentablemente mis dos abuelos maternos ya no están con nosotros. Fallecieron hace no mucho y entonces como que ir a sus casas ya no tendría sentido. Mi abuelo paterno también ha pasado a irse de esta vida, y mi abuela materna (dios, es la única que aún tengo con vida) vive a cerca de mil kilómetros de mí, es decir que vive en otra provincia. Aunque exagero un poco con eso de mil, deben de ser 500, nada más.

Y los tíos, seguro se dirán ustedes. Pues qué puedo decir para explicarles. La verdad es que hace muchos años que no los visito. Años, qué feo suena eso, aunque sea verdad. Y como queme sentiría un tanto falso yendo por estas fechas a sus casas. Aunque dicen que estas festividades precisamente serían las ideales para retomar esos lazos que hace años se quebraron. Y no es que me haya peleado con ellos o mis padres o algo similar. No, no. Simplemente que un día de pronto los dejé de frecuentar y hoy me siento un tanto ajeno a ellos.

Ya, ok. Sé que quizá la culpa de esto sea más que de nadie, mía. Pero así soy de complicado. Si han seguido con esmero este blog, pues sabrán que precisamente no me caracterizo por una actitud positiva y ni por una visión “celeste” de la vida, vamos. Ah, pero no es que sea negativo, ni que sea yo el “grinch”, o Evenicer Scrooge (espero que se escriba así, me da flojera googlear), pero soy un tanto complicado.

Ahora debo aclarar que estas líneas me han servido para ir alistando un saludo para ustedes. Para todos ustedes: FELIZ NAVIDAD. Aún no feliz año porque preparo otro post.

Un pedido, dejen sus comentarios, no sean tímidos.

martes, 16 de diciembre de 2008

Un día cualquiera

A medida que la noche avanza me adentro en mis propias conclusiones sobre lo que ha sucedido a lo largo del día y caigo en la cuenta de que todo lo que he hecho ha sido más que innecesario. No logro encontrar algo quede verdad sea valido o permanente y eso me molesta mucho.

Cada uno de mis pasos son dados pensando en algo que pueda pasar de este día, de esta semana, de esta vida… pero no llego a nada en concreto. Siento que estoy dejando pasar muchas cosas, delante de mis narices, que es lo que más me molesta. A veces siento que soy yo mismo quien las ahuyenta y eso duele.

Dolor. Miedo.
No sé qué es lo que me pasa. No sé qué es lo que me molesta tanto, pero me fastidia algo en mí. Algo que quisiera sacarlo y dejarlo todo en alguna calle por la que no vuelva a pasar. Y quizá si eso hiciera sentiría luego que algo me falta. Que una parte de mí se me ha perdido.

Qué difícil es ser un hombre con estas disquisiciones sobre la vida.

A veces considero que todo pasa por algo, pero no sé cuál es ese “algo”.

Definitivamente que hace tiempo es que estoy así. Sé que puede ser el trabajo que tengo o el trabajo que no hago. O sea, quisiera hacer otras cosas distintas. Sento también que ya todo lo que hago es rutinario, monotono, mecanico, robotico. Como si lo que hiciera fuera una labor en serie.
Me siento una máquina parte de una industria donde todo se deshumaniza.

Y me siento culpable por no hacer nada para cambiarlo.

Reconozco también que es mi culpa

lunes, 8 de diciembre de 2008

Cruzada por Jacinto


Salvemos a Jacinto es la inicitiva que está promoviendo una joven estudiante de la facultad de Veterinaria de la universidad Cayetano Heredia. ¿Y quién es Jacinto?

Según ella misma lo describe, Jaciento es un toro especial, que ha ganado mucho spremios, y que hoy, debido a su gran tamaño y buena estirpe, está a punto de ser sacrificado en un camal, y dejar de ser un animal para volverse en un troz de carne que llenará muchas bocas.

El problema es muy simple: dinero. Como todos los problemas de la mayoría de personas, a este animal también le hace falta. Y es que como la intención inicial era venderlo, pues ahora se necesitan cuator mil soles, para comprarlo y prolongar su vida.

La meta está cerca, para ayudar a Jacientopueden ingresar acá: SALVEMOS A JACINTO y también ver cómo van las cosas.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Todos los días, todo el día


Lo primero en que piensa al ver el reloj es que llegará tarde a su trabajo. Otra vez las llamadas de atención, las advertencias, los miedos de quedarse en la calle. Faltan solo tres semanas para Navidad y lo peor que le puede pasar a laguien por esta fecha es precisamente quedarse sin trabajo. Mira hacia el psio, mueve un pie sobre sí mismo y dice que no pasará de nuevo, que fue el tránsito que está muy lento, que las obras y que las pistas, pero no le hacen caso y le dicen que es la última vez.

En fin, piensa en que por su hijo, para llevarle un pan que comer y no sentir su llanto de hambre, una humillación de ese tipo bien vale la pena. Total las cosas pasan y nadie más que él lo sabe. Nadie vio cómo su jefe le gritaba hasta el punto de hacerle recordar cuando su padre lo avergonzaba delante de todos, de su familia, de sus amigos, por algún error que cometiera. Total él no es su padre, pero por la edad podrí serlo. Y mira en el reflejo de los ojos de su jefe ese brillo de superioridad que siempre vio en los de su progenitor y una rabia, pequeña, incidiosa, lo asalta y se apodera de un rescoldo de su mente.

Aprieta los puños y piensa en que no es posible, pero parece que su padre sigue ingeniándoselas para malograrle los días.

Todos los días.

Los trabajos que consisten en hacer una serie de cosas, pocas, de forma ordenada y cronológica, con el paso de los días, sólo días, se hacen rutinarios y se adentran en nuestras mentes no como una tarea sino como una maldita obligación, que poco a poco en nosotros van creando una sensación de desaire, desesperanza, destrucción e irremediable desesperanza.

Sigue su rutina. Registra la llegada de los empleados del lugar en que trabaja. no sabe muy bien a qué se dedican adentro en las oficinas, pero le gustaría hacer lo que ellos hacen. Constantemente salen a comprar cosas para comer. Todo el día, es como si nunca estuvieran satisfechos. Hasta piensa en traer cosas y venderlas él, golosinas, quién sabe pueda darle unos soles de más. Pero también sabe que eso es imposible, que su jefe lo regañaría una vez más e incluso podría llegar a humillarlo delante de los demás.

Cada día llega antes que todos y se después de ellos. Sabe, está seguro, sería imposible lo contrario, que gana menos que los demás, y no entiende porqué si nadie trabaja tanto como él. Los ve entrar y salir. Salir y entrar. Reirse y hablar por sus modernos celulares. Los vienen a buscar y se van por horas a lmorzar, cuando el debe comer casi parado a contra el reloj, porque su trabajo no tiene tiempo libre ni descanso ni almuerzo ni casi nada. Hasta diría que los demás sienten lástima de lo que hace, o al menos uno de ellos.

Llega la noche y uno a uno empiezan a salir los demás y a despedirse de él. Algunos incluso lo hacen con un apretón de manos, y se emociona pensando en que son sus amigos. Seguro llegará a su casa y con sus amigos contará que él conoce a tal o cual. Y le dirán no te creo y se sentirá más importante. Hasta el día siguiente en que tenga que volver a la realidad. Y probablemente vuelva a llegar tarde y a recibir otra amenaza, o quizá la última.

martes, 18 de noviembre de 2008

Adios a un sueño que murió

Le falta colores. Está donde se dejaba ver todas las mañanas. Casi igual. Hay que acercarse y ver bien para darse uno cuenta de que ya no es más lo que fue. No sé qué es. Bueno, es que ya no dice lo que decía antes. Ya no habla de lo que hablaba antes. ¿Tanto se puede cambiar en tan pocos días?
Cuando empecé a estudiar periodismo siempre me decía que me gustaría trabajar en Perú.21, pero ahora que ha pasado lo que todos saben que ha pasado, ya no me interesa. Y seguro dirán que lo digo porque sí, porque soy uno más que tiene un blog donde puede decir lo que le da la gana.
Digan eso si desean. Me da igual.
Ahora perú21 ya no es lo que hacía que todos lo leyeran. Ahora lo leo sólo por la obligación de todo periodista de leer de todo.
Trabajo actualmente en el diario La Primera, y quería irme a Perú.21, o mejor dicho con el tiempo al salir dela universidad, se me apagó un poco ese deseo, pero igual a diario lo leía con mucho cariño y un poco de envidia, pero ahora ya no. Me quedo con mi rojísimo diario.



martes, 28 de octubre de 2008

Sin tiempo que perder

Salí a caminar sin rumbo fijo. Mentira. Tenía ya en mente a dónde dirigirme desde antes de coger las llaves y cruzar la puerta. Quería verla una vez más. Sólo una, nada más. Sé que ya no podré hacerlo nunca más. Camino hacia su casa y enciendo un cigarrillo para pensar si tocar su puerta y decirle algo.

O quizá solo deba observar desde el frente y descubrir lo que hace ahora.

No lo sé.

La verdad es que desearía ir corriendo, tocar su puerta y que salga ella. Decirle que he venido a despedirme, que no importa lo que ella haga pero no me quedaré. Lo haré, pero seguro se burlará de mí y me dirá “sí, cómo no”. Y simplemente cerrará tras de sí la puerta y yo sólo sentiré más rabia.

No sé cómo poder decirle que no me deje. Que no se aleje de mí. Que no aparte de su vida. La amo. ¿La amo? Por dios, qué tipo de pregunta es esa. La amo, y ella lo sabe. Creo que por eso ella abusa así de mí. Jamás me había vuelto tan vulnerable y justo en el momento en que bajo la guardia, aparece ella y me da tres tiros: dos en la cabeza y uno directo al corazón.

No soy de demasiadas palabras. La miro a los ojos y le digo que la amo y que no me deje.

La miro a los ojos y le digo que si quiere irse y dejarme que lo haga.

O quizá la miro a los ojos, la tomo por los brazos, la acerco a mí y la beso.

Primero debería animarme a tocar su puerta y decirle a qué es lo que he venido a su casa. Primero debería siquiera decidirme a voltear en la esquina para poder ir hasta su casa.

–Hola, qué tal. Cómo te ha ido– le digo.

–Bien, qué pensabas, que me iba a morir sin ti. Idiota.

–No, la verdad que no. Sólo te estoy saludando, no tienes porqué decirme eso.

–Bien, qué deseas. Ya saludaste y ya me viste. Puedes regresar por donde has venido.

–Lo que pasa es quiero decirte algo, también. No…– me interrumpe.

–Si vas a decirme que no te deje creo que te has equivocado. Yo ya tomé una decisión. Adios.

Lanza la puerta y veo cómo camina lento como esperando que le grite algo o le diga algo pero no lo hago. Simplemente prendo otro cigarrillo y me quedo en la puerta. Siento que no tengo nada que decirle. Estoy muy cansado en realidad. Decirle alguna cosa sería muy agotador. Empezaríamos a discutir. Que si ella o yo, quién tiene la culpa. Le gusta mucho discutirse por eso. Entonces seguro me amargaría muchísimo y empezaría a gritar y ella a insultar y seguro que la gente se daría cuenta de lo que está pasando. Entonces ella lloraría y yo le pediría que no lo haga, y me dirá insensible pero no es así sino que no puedo resistir las lágrimas de una mujer. Mucho menos de la mujer que amo.

Simplemente me quedo ahí parado y sé que tras la ventana está mirándome. Puedo irla llorar. No entiendo porqué.

Me ama. Lo sé y lo siento.

Entonces sale corriendo y abre la puerta y se lanza a mis brazos. Me empieza a besar y no puedo creer lo que está pasando. No la entiendo. Creo que esta un poco alterada porque me besa con mucha fuerza.

Me pide que pase a su casa. No hay nadie, me dice. Creo que sé a que entraremos.

Nos desnudamos y en su misma sala lo hacemos. Hacemos el amor de esa forma tan salvaje que solo y ella sabemos.

Terminamos.

Me abraza y se seca las lágrimas de su intenso orgasmo. Me besa y me dice que no me quiere dejar. Que sigamos. La beso y lloramos juntos.

Entonces, sin que nadie lo note. Sin que no lo note. Ella coge su pantalón, saca unos papeles. Me los da. Lo leo y solo atino a sonreír, de miedo y de felicidad.

Vamos a ser padres, me grita.

La beso.

 

miércoles, 22 de octubre de 2008

Suficiente de soledad

Amar a los demás, como a sí mismo.

Dar todo de uno mismo por un ser indefenso y que tú elegiste traer al mundo.

Te esperamos porque sabemos que ya pronto llegarás.


Llega un momento en la vida de todo hombre, de toda mujer, en que sabes que tu tiempo en esta vida ya ha sido suficiente como para seguir solo.

Después de muchos, o pocos, ensayos burdos de lo que podría ser “el resto de tu vida”, sin mirar quizá, sin esperarlo tal vez, aparece alguien delante de tus narices y ni cuenta te das hasta que una noche de julio te descubres pensando en ella y en qué será lo que está haciendo.

Enciendes un cigarrillo o prendes la radio para distraerte porque aún no te das cuenta de lo que te está pasando.


Pasa el tiempo, las horas y los días y simplemente quieres estar a su lado. Crees que te cae muy bien nada más, porque de hecho que “tú no quieres nada de nada con nadie”, entonces hasta piensas en invitarla a salir. Total los amigos lo hacen, porqué ustedes no, tratas de explicarte.

O justificarte, mejor dicho.

Y de pronto te descubres que por el simple hecho de estar al lado de ella eres capaz de caminar cuadras de cuadras, horas de horas, como de tu trabajo hasta tu, su, casa. Cuando todos sabemos que tú en realidad no eres capaz, ni te gusta, caminar más de 5 cuadras. Que si no hay un micro cerca tomas un taxi. Pero una noche sin que nadie se dé cuenta, porque tú no eres así, caminas cerca de ocho kilómetros. Solo porque ella te dijo que tenía ganas de caminar.

Y claro, en ese momento aparece tu faceta de gran caminador interdistrital. Si siempre lo haces, porque al lado de ella, no.

No puedes esperar a que amanezca y salir disparado para verla. Una noche de pronto te descubres imaginando que la besas. Y decides que ya está, tienes que besarla porque la amas. De frente. No das medias vueltas. En tu pecho hay algo que jamás has sentido. Jamás. Y te paras, o te sientas, frente a ella, le tomas las mejillas, la acaricias, coges su cabeza y le plantas un beso. No esperas que ella reaccione muy apasionadamente, no lo va hacer, pero esperas que responda. Y lo hace, o al menos eso parece.

Quisieras salir corriendo y gritar tu felicidad.

Pasa el tiempo y de nuevo sientes eso raro de lo que hablé al principio. Todo te va bien con ella pero sientes que ya algo te falta. No es que lleves mucho tiempo a su lado, un año a lo mucho, pero la vida te va quedando grande y piensas que algo falta. Siempre falta algo. Y te descubres pensando en ella con una amplia barriga.

Quieres un hijo. Las cosas llegan por sí solas.

Y las ganas de ser padre no son distintas a las demás cosas.

Anoche me pasó. Aunque debería decir que en realidad hace un poco más de tiempo. Pero la verdad es que lo que me pasó anoche fue algo muy superior a lo que había sentido hasta hace solo unos meses o semanas. La vi tan linda, tan enamorada, tan tierna, que me dolió el no tener ya un hijo nosotros dos.

Todo lo que puse desde el inicio me ha pasado, y no. Pero lo último es de hecho el motivo del que hoy escriba esto.

Si hay miles de blogs en la red que dicen ¡Voy a ser papá! Yo humildemente diré ¡Quiero ser papá!

Tú lo sabes.

 

domingo, 5 de octubre de 2008

A veces gris, a veces blanco...

Va más allá. Es algo con lo que te despiertas, sabes que está en ti, pero no lo entiendes. Entonces te das cuenta que sin querer haz pateado tu pantufla debajo de tu cama, deberás caminar descalzo sobre el frío piso, seguro más tarde estordunarás por eso. Quizá no haya agua caliente y tendrás que esperar y perderás tiempo, lo que te hará demorarte en llegar a tu trabajo y te reclamarán porque has llegado tarde.

Sigues el día y es lo mismo. El almuerzo te lo sirven frío, llamas y nadie te contesta, no puedes acabar lo que te encargan, te reclaman por cosas que no has fallado y prefieres callarte y evitar así un cansancio mayor.

Sigues pensando que solo es un mal día aunque en el fondo sabes lo que es. Todo te va mal, las cosas se caen a tu paso, o quizá no y eres tú quién está mal y no hay más arreglo que no pensar en arreglar nada. Caminaras y pensarás (sentirás) que nada de lo que has hecho hasta ese día ha tenido sentido alguno, seguirás y mirarás las caras vacías que pasan a tu alreddor, quizá hasta pensarás en alguien a quien no ves hace más de quince años porque así de melodramática suele ser algunas veces la vida y nadie lo sabe pero así como es la tenemos que vivir.

Aunque no la hayamos pedido.

El día no acaba así nomás. Algo dentro de ti te dice que estás mal, que no estás haciendo lo que deberías ni mucho menos que esperan de ti y eso te hace sentir igual: entonces la obscuridad absoluta es una idea mucho más que atractiva. Acaricias tu cuello y lo piensas, pero sabes que no podrás, que no te atreverás. Te duele la cabeza y eso es más importante que todo. Dejas el cigarrillo que llevas encendido casi sin fumar y lo arrojas a la vereda. Tienes sed y hambre pero no tienes nada en realidad. Solo un vacío dentro que no sabes qué es, pero sí lo sabes.

 Piensas en que la caída puede ser tan agradable como estar echado, total ya nada estara en tu cabeza pero no se puede. Si así de fácil fuera todos todos lo harían pero no lo hacen. Y te das cuenta que ahora también te duele la nuca, el cuello, los hombros, te arde el estómago y los ojos. Qué pasaquieres preguntar aunque ya sabes qué es lo que sucede.

No tienes escapatoria, a veces es así. A veces te despiertas así y entonces es así como todo seguirá. Los días (crueles) suelen ser así: a veces gris, a veces blancos.


domingo, 14 de septiembre de 2008

Maratón de desempleados


No soy de postear dos veces en un día, pero por la tarde me topé con esto y considero que es crucial difundirlo. 
Los que tenemos empleo (qué feo suena eso), debemos solidarizarnos y lo mínimo creo que es DIFUNDIR la Maratón por los desempleados.
Revisa las bases aquí

Mi (pequeña) opera de los dos centavos




"Hay hombres que luchan un día y son buenos. 
Hay otros que luchan un año y son mejores. 
Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. 
Pero hay los que luchan toda la vida: 
esos son los imprescindibles".
Bertolt Brecht

PARA TI, PORQUE AÚN SIGUES LUCHANDO


Cada día se despierta poco antes de las seis de la 
mañana. Prende la luz de su cuarto, coge su toalla y se va a la ducha. Al menos esa es la rutina que imagino que sucede tras la puerta de su cuarto por lo menos hace unos 22 años; los que llevo de uso de razón.

Después de ducharse procuraba despertarme, simplemente dejando que el haz de la luz del baño me diera en la cara, pues la puerta de este y la de mi cuarto están frente a frente y mi cama casi alineada a estas dos. Entonces recuerdo que yo me desperezaba y me disponía también a alistarme para empezar mis importantes actividades diarias: cambiarme para ir al colegio o en auellos días seguro a la inicial.

No recuerdo en qué momento específico de mi vida empecé a no despertarme con él, o poco después, pero debe haber sido cuando acabé la universidad y conseguí un trabajo que no me demandaba (como el suyo sí) llegar a las ocho, sino a eso de las diez de la mañana.

Con el tiempo empecé a distanciarme de él sin darme cuenta, o queriendo -tal vez- expresar así la irredenta rebeldía juvenil. No lo puedo hoy precisar, sin embargo me distancié. Con el paso de los años ya lo veía sólo los fines de semana, pese a que sigo viviendo en la misma casa.

Es duro despertarse y al ver a tu padre darte cuenta que en una semana pùede haber envejecido más que en el tiempo que pasabas junto a él. Pero esta mañana, de este domingo,  he visto que los años no han pasado en vano. Aclaro que ya hace poco hemos retomado la relación que en algún momento mantuvimos, de amistad, de compañerismo, y porqué no decirlo, de complicidad. Muchas cosas en común (físicas, temperamentales, gustos y aficiones) nos hicieron en un momento ser más unidos que con mis otros hermanos, pero el tiempo nos jugó una mala pasada. Aunque creo que nunca es tarde.

Decía enotnces que este domingo, de este gris invierno, lo vi de pronto, en unos segundos, envejecer diez, quince, quizá veinte años de golpe. Me sentí yo mismo también envejecido, desgastado. Salimos temprano para hacer unas compras, y al quedarme al rezago un poco por cerrar la puerta, lo contemplé desde atrás, y vi una escena del futuro: caminaba renguenado, con el mismo paso inconstante que tengo ya cuando estoy cansado. En la misma pierna. Bien dicen que lo que se hereda no se hurta.

Ahora que poco a poco la vida nos vuelve unir en el mismo camino, creo que ya va siendo hora de dejar atrás aquellas corazas tontas, aquellas falsas caretas de "macho sin sentimientos", y entonces será el momento de abrazarlo, mirarlo a los ojos, darle gracias por todo y decirle que lo quiero. 

Porque lo quiero



Nota de la Redacción
  • La primera foto fue tomada hace cuatro años, el día que me gradué como periodista, o en Ciencias de la Comunicación, si prefieren.
  • La segunda foto debe haber sido tomada hace unos cuarenta años. 

lunes, 8 de septiembre de 2008

Medio vacío

Todo empieza con que te sirves una copa, le das vuelta y te das cuenta de que otra más no te caería mal. Entonces empiezas a entender que esa botella en realidad es poco contenido y que bien podrías salir a la calle para buscar y comprar más. Pero, ¿porqué no? Total hay sitios en donde tus tarjetas siempre serán bien recibidas.

Y lo haces.

Imprudentemente sales de tu casa, tomas las llaves de tu auto y decides que el grifo que todas las mañanas te abastece no está en realidad tan lejos y que de todas formas te venderán una botella de lo que les pidas, por algo les dejas propinas todos los días.

Ya armado con un envase con wihsky, regresas a tu casa. Antes que nada el ritual de cada vaso. Enciendes un cigarrillo y lo respiras hondamente. Tu cabeza se aligera y el dolor pasa poco a poco. Sabes que algo está mal y te prometes que mañana intentarás darte un tiempo para ir donde un médico e inmediatamente te ríes porque sabes que así tengas tiempo libre, no lo harás.

Entonces sacas otro vaso y un poco de hielo. Te sirves una buena cantidad. Lo coges y caminas rumbo a tu radio, la prendes y buscas un disco de buena música. A estas alturas de la noche, de la madrugada, de la mañana, no estás de humor para oír la voz de nadie entonces solo quieres un poco de jazz, quizá una guitarra bluessera. Te decides por un poco de Miles Davis. Entonces dejas el vaso, pero no el cigarrillo, vuelves al bar y recoges la botella y más hielo y decides sentarte en un sillón cercano a la radio.

El volumen no es muy alto pero el dolor de cabeza ha regresado. Intentas aplacarlo sirviéndote un poco más, sabes que es inútil. Sabes también que ese dolor te ha acompañado casi desde que tienes uso de razón y que esas explicaciones tontas de que algo te paso en tu infancia no tienen sentido alguno ni fundamento sobre el qué sostenerse.

Ves el reloj, y caes en la cuenta de que llevas más de seis horas en ese plan y decides dormir un poco antes de tener que levantarte y volver al trabajo. A otro día más, a hacer llamadas para satisfacer las dudas de alguien que no sabe nada. No te simpatiza la idea y vuelves a pensar en que, al final de todo, acabar con todo de una vez siempre es una opción, quizá la mejor de las opciones.

Dejas todo y simplemente te sacas la camisa celeste y la dejas sobre el mueble, te vas a tu cama y ves ahí a tu mujer. ¿Sigue siendo tu mujer? Te acuerdas en ese momento de que en la otra habitación duerme tu hija y piensas en que no se han despertado con la música, aunque sabes que siempre la oyes bajo, pero de todas formas es un ruido molesto cuando uno duerme.

Te echas al lado de ella y sientes como involuntariamente, o quizá a voluntad, se aleja ella de ti un poco. No le das importancia, al fin y al cabo hace tiempo que solo son un mero trámite y una familia feliz, disfrazada de una que tiene problemas.

Entonces dan las seis, te levantas y te das una ducha. Desayunas un poco de café y piensas que una pequeña dosis de whisky no te vendría mal, y la tomas. Sientes que se despiertan, ella también irá a su trabajo y ella a su colegio. Apresuras el vaso y te vas. Hasta más tarde, nos vemos en la noche.

Sales y sabes que no las verás, que hoy ya tienes planeado llamar de nuevo y decir que no llegarás para la cena porque a un ministro se le ocurrió decir algo a última hora y como sabes que eso sucede te tendrás que quedar más. Pero sales temprano de tu trabajo y decides dar unas vueltas por ahí, mirar el mar y pensar en que tienes 35 años pero que pareces de 10 más. Ya tu hija no te quiere. Lo sabes porque las pocas veces que te ve huye de estar a solas contigo, siquiera abrazarte.

No quieres recordarlo, pero así fue. Y sabes que aunque tu esposa no lo sabe, ella sí, y eso te duele más. Preferirías que todos se enteren y que ella lo olvide, pero no es así, es al revés, ella, tu pequeña, lo sabe y los demás no.

Vuelves a tu carro, abres la guantera dentro de la guantera y sacas un lápiz labial. Te sueltas la corbata y prendes un celular escondido debajo de tu asiento. Empieza a sonar y le dices que en 40 minutos llegarás a su hotel. Ajustas una peluca y te empiezas a delinear los ojos…

lunes, 30 de junio de 2008

Algo que decir

Después de dar una larga caminata y de no decidir en qué momento decirle lo que siento, sólo atino a pedirle que busquemos una banca y nos sentemos para conversar. Noto su desazón por mi propuesta, quizá espera lo que yo quiero decirle, y me dice que qué importa, que más allá debe haber alguna donde descansar.
Hace solo unas tres o cuatro semanas que nos conocemos pero a su lado siento que no hace falta nada más. Tengo un poco de miedo porque quizá piense que me aprovecho de la situación: trabajamos juntos. Aunque esa idea es descartada cada vez que aparece porque la verdad es que si fuera así ella jamás hubiera aceptado ninguna propuesta mía de “salir a dar una vuelta”.
La verdad es que esta no es la primera vez que salimos pero igual, aunque nadie me crea, soy tímido y he sabido jugar mis cartas para ser siempre el que dé la respuesta antes de ser quien lanza la pregunta.
Sin embargo esta vez siento que no será así. Ella tiene un no sé qué en los ojos que me derrota por completo, no puedo entender qué es pero me hace sentir totalmente distinto a cualquier instante de mi vida pasada. Debe eso ser eso que se llama “mariposas en el estómago” y que jamás había conocido.
Nos sentamos. Después de unas vueltas más encontramos una banca. Me pongo a su izquierda, o ella a mi derecha y empiezo a jugar con su cabello. Sus rulos me atrapan y me enredo en ellos. La miro y no hay más, creo que ella está esperando lo mismo que yo. Pero no e atrevo aún. Prefiero esperar a que ella dé algo, una señal. Existen esperan que desesperan y esta es una de esas.
Para esto debo aclarar que los dos venimos de estar solos digamos que mucho tiempo. Tomando en cuenta que han pasado todos los ciclos posibles de medición: días, semanas, meses y años. Entonces aún así no sé qué hacer.
A veces la soledad va calando en uno y descubriendo cosas que no se saben. Costumbres que ni imaginamos. Ideas que nos aterran pero que so nuestras. Deseos que no esperamos pero que anhelamos. A veces nos descubrimos en el dolor y en la miseria. A veces empezamos de nuevo dejando todo atrás y decidiéndonos a retomar la vida donde la dejamos.
Decido que ya no puedo más. Si bien me estoy arriesgando a que todo quede acá nomás. A que ella piense mal y a desperdiciar una gran oportunidad (existen personas que te hacen pensar en el futuro) pero igual me arriesgo: la beso. Al comienzo ella un poco que no se anima o un poco que está sorprendida. Temo haberme equivocado de percepción y que ese sentirse bien que se le nota cuando está a mi lado no sea más que solo eso. Pero Dios es grande y sus labios también. Me besa.
Le digo que me gusta y que quiero estar con ella y ella baja la mirada: era lo que deseaba.

sábado, 31 de mayo de 2008

Cada vez que te digo adiós


No, no me refiero a un adiós de hasta siempre o hasta nunca, sino de un adiós de hasta mañana.
Cada día es un día nuevo para mí junto a ti, aunque a veces hagamos lo mismo y a veces caigamos en la inevitable monotonía, pero es la vida y no se le puede hacer nada a eso.
Cada día te amo como el primer día y deseo y quiero y lucho por ello para que siempre sea así. No quiero acostumbrarme a esto tan lindo que tenemos.
Cada día para mí amaneces en mi mente y en mi corazón. Mi vida empieza sabiendo que te voy a ver y que te voy a besar y abrazar, y eso es algo que no viví jamás hasta que te he conocido.
Cada día eres lo mejor que tengo (y haya tenido) en mi vida. No hay nada más que sea lo que tú eres en mí. Todo.
Cada día es un descubrir algo nuevo en ti y algo nuevo en mí gracias a ti. Vuelvo a ser un nuevo ser en ti y por ti y para ti.
Cada día deseo que llegue la noche o la tarde o la hora en que podamos salir o vernos y entonces imagino que todo saldrá bien, y a veces es así, casi siempre, pero a veces no pero eso no importa porque somos más que una simple y llana pelea más.
Y te amo más por eso, porque no eres como cualquier ser en esta vida, porque eres la mujer que le da sentido a lo que hago y a lo que deseo y a lo que planeo y a lo que espero. Eres tú eso para mí.
Cada día quiero decirte que te amo y abrazarte y sentir cómo tu cuerpo se estremece al contacto con el mío. Y pasa.
Cada cosa que hago ahora la pienso antes, porque no quiero que nada nos afecte ni me afecte a mí para afectarte después a ti. Poco a poco dejo de ser un temerario que iba por ahí sin que le interese nada, ni lo que me pasa, porque ahora me importas tú y existes tú y quiero que siempre estés a mi lado. Y entonces sucede que tengo miedo de morir.
Eres la dueña que mi corazón ni mi mente antes tuvo, jamás.
Yo no sé qué hacer cuando no estás conmigo, pero a veces es necesario estar solo porque es algo que siempre he hecho y según tú me cuentas, también. Pero no quiero estar solo para estar alejado de ti, sino que es la soledad para estar conmigo mismo y nada más. No es que me aburra de ti ni nada parecido. Solo es eso que digo y nada más. A veces soy un tipo aburrido.
Cada vez que te escribo quiero que sea lo mejor posible, al menos mejor que lo anterior que te haya escrito.
Cada vez es más intenso lo que hay entre tú y yo. Cada vez es más fuerte y más indestructible. Y soy por eso feliz.
Me gusta escribir, me gusta escribirte, pero últimamente, hace un tiempo que ya me asusta, no puedo concentrarme para escribir, o sea no como antes. En que en cualquier momento me sentaba a escribir y podía hacerlo. Por eso debo de excusar la demora o la distancia en lo que te escribo. No hay más razón que esa. No te asustes. El que se asusta soy yo. No quiero dejar de escribir, ni a ti ni a mí mismo, porque lo demás que escribo, es para mí y a la vez para que quizá me conozcas más allá de lo que yo mismo pueda decirte de mí.
Por último, finalmente, para cerrar estas líneas de hoy.
Cada vez que peleamos o discutimos, mi alma se oscurece como antes. Me recuerdas lo que pensaba antes cuando me amargaba, por eso prefiero no decir nada o ignorar lo que pasa. No quiero ni deseo ser como antes de ser lo que hoy soy. No quiero. No quiero herirte jamás, no quiero dañarte jamás. No quiero hablar de más solo por dejarme llevar por la rabia y el rencor. No quiero sentir para ti eso. No quiero.
No quiero odiar. No quiero.

Te amo de esa manera que ya tú sabes que te amo.

Omar


Pd. como comprenderás, algunas líneas he borrado, porque no quisieras tú misma que las deje.

domingo, 2 de marzo de 2008

Disculpas

Las cosas pasaron así. Cada vuelta de la gente terminaba sobre el ataúd. Todos estaban tristes y llorosos. Digamos que la muerte les había llegado desde hacía meses, cuando supimos que mi abuelo tenía cñancer, y lo que eso significaba, pero recién ese día lo lloraban. A veces suele suceder ese tipo de cosas. Y no es para menos que se siente mal.

Pero lo que en mí pasaba era algo distinto. No lo sé muy bien aún , pero me sentía más raro aún. Tenía en mí algo como un nudo en la garganta, no tanto por el luto como sí por la incertidumbre de lo que en realidad estaba yo haciendo ahí: había viajado más de un día por tierra para acompañar a mi abuelo. Para acompañara a mi papá a que despida a su padre. Y eso era lo más extraño de todo. Porque no sabía de verdad qué es lo que estaba haciendo yo ahí, ni mucho menos qué era lo que tenía que hacer. Empezaba en mí a rajarse algo. O debo decir que continuaba algo rajándose dentro de mí.
Veía a mi alrededor y a pesar de que llevo en el rostro una señal inconfundible de mi familia, no me encontraba yo. Pensaba en las cosas que estaban sucediendo, pensaba en lo que haría al volver a Lima. Sin darme cuenta ya estaba con un vaso de aguardiente en la mano, dispuesto a ahogar en alcohol esos temores de tan lejanos recuerdos que ya no eran muy precisos pero que me dejaban sin saber qué era lo que debía hacer.
******
Debo decir que ya no puedo seguir escribiendo. No sé porqué pero algo más dentro de mí se sigue alejando de mí mismo. No lo sé. No lo entiendo.
Creo que la muerte no llega sola.
Es un pedido de disculpas...

sábado, 1 de marzo de 2008

Mi abuelo había muerto II

Una hora después estaba ya parado en la estación de buses que me llevarían hasta mi nuevo destino: Andahuaylas। Sólo 28 horas me separaban de este. Recuerdo que al estar parado en esa miserable estación sólo pensaba en mí, en lo que pasaba en mi cabeza, en lo que había hecho hasta ese día, en que mi papá estaba allá y que su papá nunca más sería. Nunca más.

La idea de viajar solo por tanto tiempo no me asustaba ni nada। Hasta diría ahora que me atraía. Me llamaba mucho la atención estar así. Creo que nunca he estado sólo por tanto tiempo. Tenía un libro en la mochila, una cajetilla de cigarros, una navaja, una botella de agua y papel y lapicero. Nada más. De ropa solo una camisa negra, una chompa igual de fúnebre y algunos pares de medias.

Creo que fue saliendo de Lima que algo en mí se empezó a quebrar। A rajar. Pensaba en las cosas que me acababan de pasar, en las que habían pasado hace algunos años, ya, pensaba en mí y en cómo es que había estado llevando mi vida. La muerte de mi abuelo me llevó a pensar en mi vida y en cómo la había vivido. Sinceramente no puedo decir que haya sido un ejemplo a seguir, para nadie. Tampoco es que haya sido un ser detestable. O quizá sí un poco. Pero mientras que el dolor poco a poco me llenaba cada resquicio del corazón, el luto avanzaba y yo cada vez caía más en la cuenta de que estaba haciendo más que un simple viaje. Estaba buscando en mí algo para seguir creyendo que lo que hacía tenía un sentido.

Cerca de seis horas después estaba ya saliendo de Ica। El frío de la sierra empezaba a apoderarse de las ventanas del bus y pegarse a ellas me producía un severo dolor de cabeza. En medio de la carretera, a cada instante, a cada lado, aparecían casas de campesinos. No sé si sea lo correcto decir casas, pero tampoco me gusta decir chozas ni esteras. Pero eran unos paupérrimos hogares. Un ambiente sumamente deprimente. Cada kilómetro aparecían un grupo de niños distinto y uno los ve a toda velocidad y no sabemos nada de ellos. Pero lo poco que se puede ver de sus rostros y sus miradas es que viven en un gran vacío, alejados de la civilización, condenados a jugar solo con las piedras y con los animales que pastean. La verdad que en las circunstancias en que me encontraba esas escenas me daban más ganas de estar mal. De sentirme peor. De sentirme culpable de todo.

Cada minuto que pasaba pensaba en mi abuelo। Si bien me dolía la noticia de saber que se había ido para siempre. Debo de confesar que no lo conocí mucho. O quizá nada. Si sumo las horas que pasé a su lado pues no creo que den más cinco o seis días. Sé que suena cruel y hasta desalmado de mi parte. Pero así pasó y eso no cambiará jamás.

Ese viaje fue algo extraño para mí। Fue como un redescubrir de algunas cosas. Sé que alguien dirá que eso es ridículo porque el viaje en sí fue corto, unos días, pero así me pasó. A medida que me alejaba de Lima, veía poco a poco como la ciudad desaparecía para dar paso a algo que en el Perú le llaman “el interior”: un retrato de pobreza y precariedad a cada lado de la carretera.

Avanzada ya bastante la ruta, el bus ingresó a Apurímac, tierra que visitaba después de 15 años. Debo decir que el panorama era desolador. Un extenso paraje seco y golpeado por el inclemente clima helado. A lo lejos, en lontananza como dicen algunos, se veía un poco de verde: el valle de Andahuaylas, mi destino final.

No resumiré esas horas que faltaban para llegar a mi paradero, medio día más, pero en mí algo había empezado a quebrarse। Pensaba y pensaba en mí y en las cosas que hacía y había hecho. No creo haber llorado ni haberme dado golpes de pecho, pero pensaba mucho en lo que pasaba en mi vida en esos momentos. Desolación. Esa era la palabra.

Al acercarme a la ciudad de Andahuaylas, veía la tierra que guarda mi pasado। El lugar donde un día mi nombre y apellido se gestaron. Como dije líneas arriba, mi padre y yo tenemos un parecido físico muy grande. Y eso quedó evidenciado, una vez más al llegar a la plaza de mi destino.

Ni bien bajé del bus me dirigí a la plaza de armas, unas cuantas cuadras de distancia। Cuadras que luego de innumerables cajetillas de cigarros y alcohol en la sangre, más lo pesado de estar a más de tres mil metros sobre el nivel del mar, hicieron que llegue agonizando. Ni bien recuperé un poco de oxígeno me acerqué a un policía del lugar. Me explicó que tenía que tomar unas combis de líneas amarillas, me preguntó también de dónde venía. “Vengo de Lima. Mi abuelo ha muerto”, fue lo único que pude decirle. Este señor conocía a un tío mío que también es policía, y además a mi papá. “Eres igualito a ellos, tú debes ser el hijo de Teobaldo”. Sólo pude sonreír como las veces en que me pasaba eso: la gente me identificaba por el rostro de mi padre. Además me dijo que también había estado en el velorio de mi abuelo, y me ayudó a llegar a la casa de mi tía Melania, donde el luto estaba siendo ceremonia.

Al subir a la combi, me senté al lado del chofer। Unos segundos después, al ver mi maleta y la cara de viajero, me preguntó lo mismo, que de dónde venía. De Lima. ¿Y vienes por tu abuelo? No sabía que mi abuelo era tan conocido, tampoco es que Talavera sea un pueblo ni grande ni pequeño, pero el chofer, que después resultó ser un primo lejano mío, me dijo que sí, que el abuelo Donato era muy querido.

Al llegar a mi destino, la casa de mi tía, vi a muchos de mis parientes a quiénes no veía de mucho tiempo. Fue para todos una gran sorpresa, un momento de alegría, digamos, en medio de la tristeza.

Continuará…

sábado, 16 de febrero de 2008

Mi abuelo había muerto I


Recuerdo un viaje que realicé hace casi dos años। Como todo viaje intempestivo, fue por un motivo de urgencia: mi abuelo paterno había muerto. Un cáncer le había devorado hasta las últimas fuerzas de sus 85 robustos años.

Una llamada de madrugada despertó a todos en mi casa। Ya hacía varios meses que sabíamos que mi abuelo, Donato, que así se llamaba y se llamará hasta que se muera el último de los que le recordamos, estaba mal. Día a día se iba un poco de él: las medicinas que le daban para paliar el dolor que produce el cáncer lo sumían en un estado de trance y de alucinación en donde las veces que lo vi lloró recordando quizá a su segundo hijo (mi padre), debido al gran parecido mío con él. Me abrazaba y lloraba y yo no sabía qué hacer. Me decía hijito, me abrazaba y me besaba el rostro.

Recuerdo que vi a mi padre apoyado en el umbral de su habitación, cabizbajo, las manos apoyadas en la nuca। Lloraba. Creo que al verlo me escondí. O quizá me quedé ahí parado, en la puerta de mi cuarto. Ha pasado poco tiempo pero no lo recuerdo bien. Quizá son esos motivos de dolor lo que nos bloquean los recuerdos o quizá sean esos llantos de las personas que queremos lo que nos hace olvidar de las cosas que nos pasan. Pero lloraba y veía que mi madre le acariciaba la calva cabeza.

Inmediatamente había colgado el teléfono, cuando dijo que empezaba a preparar su maleta para irse de viaje। El entierro iba a ser en un día.

Esa mañana de agosto, partió a un viaje de casi 24 horas por tierra: iban a ir en la camioneta de mi tío Elías। Con ellos dos viajaron sus otros hermanos, mis otros tíos, a todos la noticia los dejó son piso. Nadie sabía qué había sucedido.

Poco después de la fatídica llamada que hizo mi tío Pablo desde Andahuaylas, donde viven aún y donde vivía mi abuelo, empezó a desatarse la maquinaria de la muerte: los preparativos de buscar la ropa negra, las cosas, las situaciones, comprender qué es lo que significa ‘nunca más’. Todo. La verdad es que me sorprendió, a pesar de todo, la entereza de mi padre ante la muerte del suyo. Hay que aclarar también que ya esta noticia era una que se esperaba desde hacía semanas. El cáncer sólo sabe avanzar y comerse a la गेंते.
Más tarde el día, yo me desperté y me fui a mi trabajo। Llegué y sabía que algo estaba mal. Era un ‘no sé qué’ que no me dejaba tranquilo. Pensaba y pensaba hasta que me decidí a llamar a mi papá. En realidad desde que llamaron a mi casa a contarnos la triste noticia no había hablado con él.

Al llamarlo sentí cómo algo en mí se liberaba: era la culpa por no haberle dicho nada। Cuando le pregunté “¿papá, cómo estás?”, oí un suspiro y me dijo “bien”. Sabía que otra cosa no iba a decir. Mi papá es uno de esos hombres duros que para que abra sus sentimientos tendrías que conversarle unas 74 horas de corrido y a ver si así suelta prenda. Que suspire así y me diga bien ya era un logro. Pero hubo uno más, ni bien le dije por dónde estaba él me dijo: “te espero, haz lo posible por venir, pide permiso en tu trabajo, ven a despedir a tu abuelo”.

Si algo en mi estaba mal cuando llegué al diario donde hasta hoy trabajo, era eso। Sentía esa necesidad de ir. No pude decirle que no. No podía, no quería. Sabía que más que nunca, más de lo que yo mismo quizá lo necesite alguna vez, él me necesitaba. Debo aclarar que entre los dos existe una extraña relación de coincidencias: somos físicamente muy parecidos, tenemos el mismo maldito don de estallar ante casi cualquier cosa (claro que yo ya voy domando a ese animal), los mismos gestos, la misma manía al comer, muchas cosas así nos unen. La misma mirada, según dicen mis primas que adoran a mi papá. Pero en fin, sabía lo que tenía que hacer. Luego de colgar marqué de nuevo:

–Alo, Ian, necesito irme de Lima unos días। Mi abuelo ha muerto–, dije estas palabras y recién ahí sentía la magnitud de lo que había pasado. El padre de mi padre había partido para siempre. Nunca más

–Lo siento, amigo, lo siento, tómate los días que necesites। Fue lo que me dijo mi jefe y amigo Ian. No esperaba otra respuesta de él.

Inmediatamente partí de nuevo a mi casa a prepararme। Mi mamá me decía que porqué si es que me iba a ir no había ido con mi papá. A veces las mujeres no entienden las razones que llevan a los hombres a tomar decisiones faltando cinco centímetros para llegar a la esquina. Sólo le dije que tenía que irme y tenía que hacerlo ya. Claro que para ese momento una fuerte lluvia se había desatado en la ruta que iba a seguir, lo que ponía al viaje cerca de 8 horas más. Viajar más de un día solo no me hacía gracias, pero tenía que ir. Se lo había, casi, prometido a mi viejo.

Una hora después ...
CONTINUARÁ

domingo, 3 de febrero de 2008

Una promesa...

En vista que no tengo nada en mente para escribir, pondré solo unas cuantas líneas. Estos últimos días han sido muy estresantes para mí. Diversos motivos: laborales, laborales, laborales y laborales. Tengo dos trabajos y voy rumbo al tercero y al cuarto. No tengo mucho tiempo libre, pero el poco tiempo libre que tengo lo tratpo de pasar al máximo con una persona que ha llegado a mi vida para hacerme muy feliz: Patricia.
Es la primera vez que hablo de ella de manera tan explícita. Tampoco es que nuestra relación sea algo prohibido o algo parecido, pero había unos cuántos motivos que me obligaban a callar su nombre, en fin... esos motivos ya desaparecieron.
Ahora tengo que aclarar uns cosas. Cuando empecé con ella un viejo fantasma (un poltergeist, como muy bien la bautizaste jejeje) saltó de su tumba para querer empañar mi felicidad. Nunca he entendido a ese tipo de personas. Esperan a que uno esté con otra persona para empezar a molestar. Les da envidia creo que la felicidad ajena. Cuando se enteró de que estaba saliendo con alguien, se puso como loca (me lo imagino porque en realidad no sé cómo habrá reaccionado),y me llamaba para decirme que vuelva con ella.
Idea que por ningún lado estuvo en mi cabeza. Para nada. Hasta cierto punto me daba risa, pero no de alegría sino de lo ridículo que era la situación. Llamaba a decirme que vuelva con ella y ante mis rotundas negativas y colgadas de terléfono, me insultaba, me amenazaba con mandarme a matar, con denunciarme a la Policía (¿?), es más, en el colmo de su locura dijo que iba a pagarle a uno de sus amigos delincuentes (eso dijo y me pregunto quién se jacta de tener amigos delincuentes) para que viole a mi enamorada.
¿Si decía que me quería, no debería contentarse con mi felicidad?
Así estuvo digamos que una semana, y en esa semana yo iba de lo mejor con mi enamorada (sigue yéndonos muy bien), hasta que de pronto dejó de joder. Ya no llamaba, ya no daba señales de vida. por fin, me dije a mí mismo. Hasta que se me ocurrió (porque en algún momento se me te´nía que ocurrir) cobrarle el dinero que ella muchos meses atrás me pidió prestado. y que yo con la mejor intención del mundo le presté, para que se compre su computadora. Todo debió salir bien, creia yo, pero al llamarla y darse ella cuenta que el motivo de mi llamada no era para conversar con ella sino para cobrarle, hizo lo más estupido del mundo, decirme 'disculpa pero no te entiendo, hay mucha interferencia'.
Fue la primera sospecha que tuve de que no me iba a pagar.
Así que la volví a llamar y lo confirmé, se negaba a pagarme diciendo que ella no tenía que pagarme nada, que le echara tierra a mi dinero.
De verdad que me pareció lo más cojudo del universo que haga eso.
En fin, cuando los perros ladran es señal de que vamos avanzando.
así es que he sido víctima de una campaña de difamación entre algunos conocidos mutuos (ojo que no digo amigos porque mis amigos jamás han puesto en tela de juicio mi versión de los hechos). Cosa que la verdad me tiene sin cuidado, porque volviendo a lo que me ha motivado a escribir hoy, con Patricia me va de lo mejor. Es una MUJER grandiosa. Me hace sentir el hombre más feliz del mundo. Cada día a su lado es un momento de felicidad.
No puedo tapar la verdad con un dedo y decir que todo es felicidad y armonía, claro que no. Si eso ocurriera hasta díría que hay algo malo. La vida no es un perpetuo carnaval y todos tenemos diferencias. Pero la verdad que nos llevamos muy bien. Hemos discutido unas cuantas veces (ojo que digo discutir y no pelear), y todo se ha solucionado conversando. Como dos personas adultas.
Jamás antes me sentí como me siento con ella.
Jamás me sentí tan lleno de vida y rejuvenecido como me hace sentir ella.
Cada beso, cada abrazo, es un insuflo de vida, me hace tan feliz.
Sé que en muchos de los escritos anteriores hablé demuchas ocasiones de pareja, todas ellas inspiradas en situaciones, digamos, reales, si bien no necesariamente de mi vida, sí ocurrieron. Fueron historias robadas de amigos, de anecdotas. Pero aún me falta algo, escribir un relato inspirado en este motivo de la alegría de mi vida. Es una deuda, y será una promesa.