sábado, 18 de agosto de 2007

Violencia y dolor: tres días de caos



Pisco ha sido devastado. Sus pobladores han sido diezmados por la furia de la tierra. Ni las lágrimas ni gritos de dolor que la televisión repite incansablemente pueden reflejar el terrible panorama de lo que se vive en esta provincia iqueña. El conteo de muertos aún no termina y ya pasan de quinientos. La búsqueda de cadáveres continúa. En Chincha, Ica y Cañete la situación es similar.
El jueves y viernes se pudo apreciar a la gente cargando a sus muertos, llevándolos a lo que antes eran sus hogares para darles un último adiós. La plaza de armas de Pisco se convirtió en una morgue. Cientos de cadáveres estaban apilados en las veredas, la gente pasaba a sus lados buscando (no queriendo) encontrar a sus familiares desaparecidos. Levantaban las mantas y aparecían los rostros que ya no volverán a sonreírles ni a decirles nada. Todo Ica está de luto. El Perú está de luto. No hay iqueño que no haya perdido a un familiar, a un amigo. La naturaleza ha sido cruel con este querido departamento.
La escasa capacidad del Gobierno para poder hacer una distribución eficaz fue el detonante que desató las más bajas pasiones de numerosos pobladores, quienes no vieron mejor solución que abalanzarse sobre las caravanas y saquearlas.
Los daños que han sufrido las vías de acceso, la escasez de agua y la ausencia de fluido eléctrico agravan el drama de los miles de sobrevivientes, quienes ayer tuvieron que dormir al aire por tercera noche consecutiva.
El puente aéreo ha dado prioridad al traslado de heridos. Alan García ha dicho que “nadie se va a morir de hambre”, pero esto suena a burla ante la desesperación de los pobladores de Pisco, Chincha y Cañete, quienes no tienen un pan que llevarse a la boca.
Desesperación y saqueos

El personal de la Policía no podía controlar los desmanes y tuvieron que recurrir a la violencia para frenar a los delincuentes que saqueaban los negocios en Chincha.Medio centenar de personas saquearon una farmacia en la plaza de armas de Pisco, y se apoderaron de víveres.
Todo parece indicar que el real impacto del terremoto superó las expectativas del Gobierno, que se quedó corto ante la magnitud de la tragedia que se vive en las zonas al sur de Lima y en Ica.
El ministro Luis Alva Castro ha dispuesto que un contingente de la Marina se traslade a la zona afectada, para así imponer orden y detener cualquier intento de saqueo. Esta medida se aplica en reacción a los desmanes.
El último adiós
Pasado el mediodía empezó la labor más triste. Largas filas de ataúdes blancos y negros componían el doloroso escenario.
Más de quinientas personas empezaron a abrir hoyos, pues las autoridades sanitarias dispusieron que los cadáveres sean sepultados antes de las 14:00 horas. Con lampas, picos y con las propias manos, centenares de deudos hicieron lo posible para terminar su triste labor.

Anochece

A medida que la noche avanzaba él sabía qué estaba sucediendo dentro de la cabeza de la mujer. Sentía casi los engranajes de sus pensamientos. Quería detenerlos a cómo dé lugar. La besaba, la cogía por la nuca y la pegaba más a sí, pero en su interior él sabía lo que ella pensaba y le daba miedo que tuviera ese conocimiento. Casi lo aterraba esa ventaja femenina.
Poco a poco ella lo envolvía entre sus brazos, entre sus piernas. Rodaba por la cama y él seguí con más miedo a cada instante que se enarbolaba su excitación. Hasta se daba asco de poder sentir ese placer a causa del cuerpo de ella. Sabía que ella era la que lo provocaba y no podía perdonarse el dejarse caer en esa tentación. Pero más culpable era el cuerpo de la mujer. La mujer conciente de aquel pecado.
De la inocencia de aquel joven. De aquel joven que ya empezaba a sudar pasión desenfrenada y que no podría detenerse dentro de unos pocos minutos si lo que sucedía no se paraba en este momento.
Sentía que empezaba a jadear sin saber el porqué. Su cuerpo ya no le obedecía, podía más eso que sentía sin saber qué, que si propia conciencia. Era presa del placer y de la excitación. Era un chico de quince años que jamás antes había tocado a una mujer. Y menos de aquella forma.
Ella lo manejaba casi. Sus treinta y cinco años la ponían muy por adelante. Lo hacía moverse a su gusto. A su entero gusto y capricho. Le hacía que la tocara donde ella deseaba. Su voz era un gemido que él aceptaba como la más importante orden. No controlaba su cuerpo. El deseo lo había entregado sumisamente aquella mujer que le doblaba la edad. Pero las ráfagas de conciencia le indicaban que eso estaba mal. Que no podían, que no debían. Y a ratos fogonazos de asco lo invadían y se trataba de separar pero ella ya lo dominaba con los movimientos de sus caderas y de su vientre.
A cada instante la rabia hervía en él. Se sacudía de odio por dentro. Pensaba en el padre que nunca lo atendió y lo culpaba de aquello. Pensaba en que también tendría que estar en su maraña de odio. Él pudo haber impedido que esto sucediera, si no los hubiera dejado tanto tiempo, tan solos. Al fin y al cabo, trataba de justificar lo que hacía la mujer, a pesar de todo, un hombre y una mujer juntos sólo pueden tomar ese camino. Esa era la única verdad que conocía. En la que vivía. De la que se alimentaba. De que la que dependía su existencia. Manipulada.
Le besaba los labios y se los mordisqueaban. La besaba en el cuello y en los senos. Jugaba con los pezones grandes de la mujer. Se perdía en el mar de senos, en el bosque de su bajo vientre y bebía de aquel manantial que lo trasladaba a la locura, presa del odio más antiguo y de la más clásica humillación.
Se sentía en medio del más lúgubre pasaje de la más gótica novela que podría representar su triste vida. Si triste miseria. Pensaba en los animales. Se sentía como ellos. Relegados en las esquinas de las casas. A los corrales. A los campos. Estaba viviendo como un salvaje. Estaba actuando como un animal. Sólo se estaba dejando llevar por el instinto.
No podía detenerse. Era inevitable lo que estaba a punto de suceder. La penetró.
La mujer se removía bajo él. Jadeaba y gemía a cada arremetida que le daba el muchacho. Lo sujetaba con fuerza, arañaba su espalda, mordisqueaba su pecho. Lo poseía.
Sentía en su vientre la creciente advertencia del orgasmo. Tenía miedo. A instantes tomaba conciencia de lo que estaba haciendo y trataba de dejarlo pero podía más el deseo que su razón. La abrazaba. La besaba. Le mordía los pezones. Le ajustaba los muslos y la penetraba con más fuerza. La abrazaba.
Casi antes de acabar. Casi antes de eyacular dentro de ella, la empezó a ahorcar como en un juego de placer, como una parafilia más. La mujer se llenaba de placer y se inundaba en sus efluvios. Acababa de regresar en sí. Él seguía y a medida que le era imposible evitar contenerse, lloraba pues en sus manos alguien se llenaba de placer y se iba de la vida.
Lloraba por matar a su madre.