sábado, 11 de agosto de 2007

Fetichista de tus pies


Con toda seguridad a estas horas ya estarás leyendo esto y sabrás que lo que he hecho ha sido consecuencia de tu desdén. De tu esforzado rechazo, de tu denodada indeferencia, de tu maldita apatía y de tu detestable sinceridad. Tu mirada reflejada en el espejo de tu baño lo demuestra claramente. Sabes que eres la culpable de lo que hice, aunque no puedas ya hacer nada.
Porque los muertos, muertos están.
Mis manos ensangrentadas lo dijeron todo. Me vieron y supieron al instante lo que había sucedido. No hizo falta que preguntaran nada. Yo mismo les empecé a narrar lo que acá había pasado. Faltaba más, mejor anfitrión que yo no puede haber, y menos en mi casa. Si no era quién iba a ser. Tú no. él tampoco.
La gente sin lengua no puede hablar.
Bien sabes que le silencio de la noche no es más cómplice que la ausencia de la madrugada. Bien te expliqué miles de veces que no cruces las pistas a la carrera ni que no mires antes de doblar en las esquinas. Pero, claro, tú eres más lista que yo y por eso ahora estás ahí, sin poder hacer nada, sin poder decirme algo, sin poder hablar, sin poder reír ni llorar.
Sin siquiera poder respirar el hedor de tu descomposición.
No creo estar loco ni demente ni ido. Con seguridad soy más cuerdo que ustedes dos, o de lo que ustedes lo eran. La verdad es que nunca me gustaron tus zapatos rojos de taco aguja número 8. Siempre desconfié de la gente que los usaba y por eso me causó mucho estupor cuando te los vi puestos. Ese día empecé a desconfiar de mí. Porque no quise reclamarte nunca el uso de esos zapatitos.
Ahora sin pies no podrás volver a ponértelos nunca.