sábado, 16 de junio de 2007

SOBRE LA MUERTE Y SUS DOLORES

Es algo duro, pero es fácil de entender. Que un hijo pierda a uno de sus padres, no es algo común, pero es algo que pasa casi como la ley de la vida. Y es que es la ley de la vida, que los mayores mueran antes de los jóvenes. Es un dolor hondo, inconmensurable, que marca si ocurre muy temprano. Pero que de todas maneras se lleva por siempre en el alma. Pero se supera, se entiende, se comprende, y se entierra en ese pozo que los humanos llevamos en el corazón y que se llama melancolía. Y es algo normal. Tan normal que hasta hay una palabra para definir el daño que esa partida nos ha causado: nos deja huérfanos.
Y cuando perdemos a un amigo, a un hermano. La situación puede en muchos casos ser aún más, o igual de dolorosa. Perder a ese compañero de la vida, al que sabe nuestros más duros secretos. Nuestros más tristes errores. Las más grandes derrotas. El más intenso de los triunfos. Ojo que cuando digo amigo o hermano, no me refiero a cualquier persona amistosa que se tome la molestia de escucharnos un rato, sino a esas pocas personas que uno las conoce de años inmemoriales y que a lo largo de la vida ha permanecido a nuestro lado, que ha sobrevivido a todas las guerras posibles.
Ese día, en que fallece esa persona, sabemos que una parte de nosotros se ha ido para siempre. Porque sí. Que una parte de nuestros recuerdos nunca jamás volverán a aflorar al presente sino que estarán enterrados para siempre en la eternidad del olvido mortal. Eso es algo que siempre nos queda marcado, y nos decimos que si esa muerte pudo ser la nuestra, que si ese compañero de vida se ha ido el próximo podemos ser nosotros. Y nos duele. Y lloramos. Pero también se supera. Se pasa, se asimila. Y se deja en el fondo de las melancolías.
Pero hay un dolor que creo que nunca se llega a superar. Nunca lo podemos entender. Nunca se lográ olvidar ni dejar a un lado del camino. Eso pasa, cuando la primera parte de este escrito sucede al revés. Cuando un padre tiene que enterrar a su hijo. Cuando un hijo muere se produce una ruptura en el alma, que ninguna otra cosa la podrá cerrar ni intentar llenar.
Nunca un padre debe enterrar a sus hijos, nunca un padre debe llorar la muerte de sus hijos. Ni siquiera existe una palabra para explicar el estado en que queda postrado un padre, ante la muerte de su hijo. No importa la edad a la que suceda. No importa las circunstancias. Ni importa el hecho de hay nacido o no.
Nunca entenderán lo que digo quien no hay pasado por ninguna de estas situaciones. Nunca comprenderán los dolores que acá trato de describir. Bien por ellos, en algunos casos. Bien por ellos. Nunca comprenderán que esta no es una ficción. Hoy duele. Hoy dueles.