lunes, 28 de mayo de 2007

EL DÍA DE MI MUERTE

Desde que recuerdo supe que iba a morir antes de los 30. La gente que me conoce lo sabe, siempre se los he dicho. “No se asusten ese día, ya se los voy avisando desde ahorita”. No sé cómo lo sé, pero así lo siento. Espero que no sea por una enfermedad, aunque los cigarros que desfilan por mis dedos son un anticipo de lo que podría ocurrir.
Espero que sea de una manera que no cause dolor. Espero que una noche me duela y al día siguiente ya haya ocurrido. Espero que no ocasione mucha pena en los que quiero y que me quieran. Por eso les vengo avisando desde más de 20 años. Desde que una mañana desperté con esa certeza.
No quiero un funeral muy pomposo ni nada parecido. Sólo quiero una cosa sencilla, humilde y tranquila. Sin tanta lágrima porque no es algo que pasará de improviso. Lo sé. Cuando ese día esté más cerca algo me lo irá avisando y lo podré anticipar. No hay peor muerte que la ocurre de un día para otro, y quienes se quedan nunca logran entender qué es lo que ha pasado.
Eso no lo quiero para el día en que me muera.
Pero hay algo que me preocupa mucho, demasiado. Me aterra cuando lo pienso. Quiero tener un hijo, una hija para ser más exacto. Y quiero tenerlo, obviamente, antes de los 30. ¿Pero qué pasará con ella cuando me muera? No es muy justo de mi parte traer un niño al mundo sabiendo que me voy a morir antes quizá de que vaya al colegio, o de que me pueda decir papá, dependiendo de a qué edad lo tenga. Y hay que tener en cuenta que por ahora no tengo con quién tenerlo. No tengo pareja. Estoy solo como el día en que mi madre me trajo al mundo.
Y eso es algo más que preocupante. Además que me causa mucha pena. Pensar que tanto quiero tener una hija, abrazarla, mimarla, engreírla (aunque digan que sea malo engreír a los hijos), cargarla, darle todo lo que me pida, dejar de tener algo para que ella tenga todo lo que desea. Declarar reina absoluta de mi vida y de todo lo que soy. Quiero todo eso para ella, y si se puede más, pues más. Que me da pena saber que no podré verla llegar a los quince. No podré ver a sus hijos cuando nazcan. No podré llevarla al altar. No podré verla llorar, o reírse, o simplemente crecer.
Pero la vida ya me lo dijo. Y la muerte también. Hace poco se me apareció. Me saludó y me pidió que la ayude a cruzar la pista. Cuando lo hizo no había notado que era ella. Me habló de forma amable. Me agradeció mucho cuando terminamos de cruzar la vía. Y, justo cuando se despidió, me di cuenta de quién era esa anciana mujer. Era la muerte. Lo supe porque me dijo “nos veremos pronto, antes de que cumplas 30”. Yo ya casi había girado sobre mis talones cuando ella empezó a decir eso, y al oírlo, volteé velozmente, pero ella ya había desaparecido. La gente me miraba muy extrañada. Me miraban con ese gesto con que se mira a los locos. Como se mira a la gente que habla sola en la calle. Y volvía comprobar que esa vieja mujer era la muerte, porque nadie más que yo la veía, ni mucho menos la oían. Así que me di cuenta de que ya tengo más de 25 años, que mi edad límite está a la vuelta de la esquina, y que cuando ella vuelva a visitarme, o a pedirme que la ayude a cruzar otra pista, sé que mi día habrá llegado.