lunes, 24 de diciembre de 2007

Una Navidad para Pisco

La Navidad ha llegado ya y las cosas acá siguen casi igual. En realidad nada ha cambiado. Parece que el tiempo se hubiera detenido. Parece que los calendarios se hubiesen detenido y que hoy, 24 de diciembre, sea en realidad -digamos- 25 de agosto. Hablo de Pisco.














La gente en Pisco no espera nada. La nada ya llegó y se asentó en esa ciudad tan cerca de Lima, pero ubicada tan al sur de Lima. La gente en Pisco no tiene más que esperar. Todo está destruido. Todo está como si el terremoto hubiera ocurrido hace no más de una semana.















Caminar por las calles de esta ciudad devastada es como andar en medio de la tristeza, de un cuadro severo de depresión, es como caminar sabiendo que uno va hacia ningún lado. Y es que en Pisco todos van hacia ninguna parte porque no hay a dónde ir. No hay lugar a donde que uno pueda ir y pensar en que nada pasó. No se puede pensar que el terremoto del 15 de agosto en realidad no sucedió. Nadie puede olvidar sus muertos. Nadie en Pisco puede olvidar que esta ciudad ha sido destruida. Pero parece que en el resto del país todos se han olvidado de este puerto. Parece que ya a nadie le interesa lo que le pasa a esta gente. Parece que todos nos hemos olvidado de lo que sucedió, de los más de 400 muertos, de todas las casas destruidas, de todos los niños que ya no tienen padre, de todos los padres que ya no tienen hijos. Parece que el terremoto no pasó, que en el Perú el día 15 de agosto lo único que ocurrió es que Lima sufrió un fuerte temblor y nada más ocurrió.














El más grande dolor es el abandono. El mayor delito es nuestra indiferencia.
















Si bien uno no puede cambiar la realidad de la noche a la mañana, sí podemos hacer algo. Hay casos en que una sola persona puede mover la Luna, si es que encuentra un punto de apoyo. Y este es el caso de mi querida amiga Nancy Condore.












Ella es de Pisco, es periodista y desde el día en que la tragedia se ensañó con el puerto que la vio nacer, no ha dejado de ir, casi, ningún fin de semana.















Sus recuerdos de infancia (esos que nos hacen lo que hoy somos) han desaparecido porque las calles donde jugó, corrió, creció y vivió han sido destruidas. Sin embargo ella da el ejemplo de lo que deberíamos todos hacer: no pensar que basta con ayudar sólo los días después del terremoto pues la tragedia no ha cesado.












Ahora que es Navidad, fecha en la que el común de la gente se golpea el pecho y se dice que se acuerdan de los demás, que cómo estarán si bien o mal, que pobre gente de allá, que porqué Dios es así y se la agarra con los peruanos. Ahora que tanta gente dice eso y no hace nada. Ahora Nancy agarró sus cosas, juntó a su familia que vive con ella en Lima y se fue a Pisco. Pero no para pasar la Nochebuena allá y luego decir que ella sí estuvo ahí. No. No es esa su intención. Lo que ella ha hecho (y seguro se molestará porque lo estoy publicando) es organizar una chocolatada para la gente de allá, para sus paisanos.















La verdad que eso es algo que yo muy probablemente no haría en realidad. No lo sé, pero no me veo así. La última vez que fui a Pisco fue porque el diario en el que trabajo (LA PRIMERA) me envió y todo estaba destruido. Todo sigue igual, y no he vuelto a ir.










Hay gente como ella que no busca más que llevar una sonrisa y un poco de esperanza. hay gente como mi amiga Nancy que sólo busca que algunos niños sean felices en esta Navidad y que, quizás, por unos minutos puedan pensar que en realidad no ha pasado nada malo, que sus padres están ausentes porque aún no llegan del trabajo, que sus amigos están lejos porque stán jugando en otro sitio. Que nadie ha muerto.



Quisiera seguir escribiendo pero los post deben ser cortos...ay, hermanos, muchísimo qué hacer!!

N.E: Fotos "mal prestadas" de Charlie Jara: http://fotojornalismo-peruano.blogspot.com/

martes, 4 de diciembre de 2007

Sobre la ciudad que me vio nacer

Cada mañana apesta más. Cada día que pasa se llena más de orines y de cáscaras de naranjas podridas. Y apesta más. Las calles de esta zona cada día me dan más nauseas. No puedo imaginar que tengo viviendo 25 años acá y que solo unas pocas semanas he estado lejos de esta urbe que se traga todos los corazones y todas las esperanzas y todas las metas y todos los sueños y a todos los hombres y mujeres que se atreven a vivir en ella.
Huele a orines y a pobreza.
La gente está en las calles, sentadas en sus puestos ambulantes de zapateros y de venta de golosinas. La gente también pone sus carretillas con ollas y platos y vende comida en ellos. No entiendo cómo alguien puede sentarse ahí a comer lo que sea. No entiendo cómo alguien por propia voluntad puede detenerse ahí a respirar ese olor de mierda. Todo por acá es una mierda: los niños, los ancianos, las mujeres y los hombres. Todo. Hasta las prostitutas por acá son una mierda. Regordas y horribles. No sé si alguien habituado a acostarse con putas se atreva a pagar ningún dinero por revolcarse encima de estas cosas que más parecen animales. Todo es una mierda.
Todas las chicas de quince ya son madres y las mujeres de treinta ya son abuelas. Todos los niños roban y todos los no tan niños ya se drogan. Y los aún un poco más grandes ya secuestran y ya violan y ya están pensando en qué hacer para armar la fiesta de perras y drogarse y violar más. La vida en esta zona de Lima es una mierda.
Odio y detesto venir a San Juan de Miraflores. Odio tener que pasar por esta calle miserable y tener que cuidarme de todos para que no me roben nada. Odio tener que mirar a todos lados y desconfiar de todos. Los niños pequeñísimos se te acercan como pidiendo una limosna, pero lo que en realidad hacen es tratar de tocarte para luego avisar en dónde es que llevas la billetera y el celular. Son una mierda. Lima es una mierda. Maldita ciudad de mierda.
La gente acá camina como yendo a ningún lado, pero mostrando la premura de alejarse de dónde sea que estén. La ciudad se traga todo. Los más recónditos deseos son devorados. Los más oscuros deseos son aniquilados. La más secreta pasión es desterrada. La esperanza hace años que se fue de acá. La ilusión también. Lima no es sólo la horrible ni la gris. Lima es una mierda horrible y gris. La vida acá es muy difícil y dura.
La vida acá a veces, algunas veces, no tiene ni el más mínimo sentido.

A veces, algunos días

Sucede que ahora que ya estamos tan cerca de aquella fecha y tan un poco distante de la otra. Que ahora que los días están pasando y las cosas se están calmando, tranquilizando. Las aguas desagitando. Sucede que es ahora que creo que empiezo a pensar que jamás acabarás por entenderme. Que las cosas que digo jamás podrán ser como te gustan. Lamentablemente es así, y me da miedo.

Me da miedo que un día despiertes y un vago rumor de alguna cólera lejana me pueda haber borrado de tu mente. De tu memoria.

Sucede que a veces me despierto y tengo miedo de que tú también te despiertes de este maravilloso sueño que estamos viviendo juntos. De esta maravillosa historia que se llama ‘estar contigo’. De esta genial sensación que es estar a tu lado y poder besarte y abrazarte y decirte que te quiero cuando tú deseas que yo te diga que te quiero justo cuando necesitas que yo te diga que te quiero. Sucede, así, a veces algunas mañanas.

Entonces la luz que de tus ojos sale hacia mi mundo gris y nebuloso mundo se apaga o se aleja o se oscurece y vuelve la irremediable noche eterna a ceñirse a mis costillas y entonces me aprieta y se me dificulta la respiración y no puedo creer nada de que nadie me dice. No creo en mi mamá. No creo en mis hermanos.

Tampoco creo en mi papá ni el ningún Paulo Cohelo que se arriesgue a cruzarse por mi camino porque simple y silvestremente no puedo en ese momento creer en nadie más que en el miedo que se me mete por los poros y que no se aleja así nomás. Y que espera a que tú llegues con tu radiante e irradiante sonrisa para decirme algo que no sea ya no te quiero.

Pero a veces no sucede nada y entonces es que me desanimo de todo y mando todo a la mierda y siento que no vale nada de nada nada de lo que hago. Pero a veces llegas y sí hablas y entonces todo deja de ser blanco y negro para llenarse de los colores de tu sonrisa y de tus polos que tanto me gusta sacártelos. Para desnudarte. Para acariciar y besar y beber la vida de tu cuerpo y para amarlo y para amarte como hasta ahora no me atrevo a decirte porque creo que soy un poco cobarde.

El cobarde que hasta ahora no puedo dejar de ser y que por eso a veces grito o por eso a veces no puedo controlarme y me escudo en mis rabias infinitas e inopinadas e inservibles para nada.

Pero tú sabes que yo te quiero. Que yo te adoro. Que yo te necesito.

Lo que pasa es que también sucede algunas veces en que yo amanezco más gris que el cielo de esta ciudad que no me soporta que no me entiende que a veces no me quiere y que a veces me repele. Y sucede que esos días son los peores para salir a la calle a hacer cualquier cosa que me proponga a hacer y entonces sucede que no quiero nada de nada sino que simplemente y sencillamente me abraces y me digas que me quieras y me protejas de todos y de quienes entre tus brazos y que me abrigues entre tus senos y que me cuides como el niño que nunca fui y que jamás volveré a ser. Porque tengo miedo de seguir creciendo y de que tú ya no estés mañana en la mañana para darme la mano.

Cuando recuerdo tu sonrisa mi alma también la recuerda y conversamos sobre lo gratificante que llega a ser esa contracción de los músculos de tu rostro y sus efectos en nosotros y que es muy pero muy maravillosa más allá de cualquier difuminación del arte más antiguo que haya existido sobre la tierra.
Tan básica como una pintura rupestre.

Y tan hermosa como un cuadro de Mtisse, de quien debo de decir que es mi pintor favorito. Aunque ahora digan que era sólo un maldito miope que se equivocó de lunas y que entonces veía la vida como si estuviera escurriéndose por la lluvia incesante que acá no se verá jamás. O al menos eso espera mi mamá.

Algunas otras veces me recuerdas a muchos versos que me han conmovido como a un niño le conmueve el regalo más sencillo pero que es a la vez el más elaborado de los anhelos más esperados de toda la mitología que cabe en una cabecita de diez años que es quizá la mayor de las fantasías que el hombre logrará jamás entender ni crear.
Y entonces también declamo a tu memoria y le pido que tampoco ella me deje si es que un miserable y maldito y desgraciado día tú decides irte de mi lado. Y esos días en que tu nombre se convierte en recuerdo de algún retazo de poesía pues llegan a mi mente todos los Pavesse de alguna infancia retorcida en una cama hospitalaria y todos los Nerudas que ya no serán de Chile ni de ningún otro lugar. Y llegas en la noche.

O debiera de decir que llegará y tendrá tus ojos, porque te tuve entre mis brazos.
De todo lo que más risa me da, porque me río de las alegrías más elementales, pues es el que no me vas a entender nada de lo que escribo porque no escribo para nadie ni para mí. Sino que escribo porque las ideas fluyen y las cojo al vuelo para decir que están acá y no caer en esa figura loca e ilógica de que sin árbol en medio de un bosque cae y nadie lo ve: realmente se habrá caído. No. No porque ya estoy cansado de eso que sucede y que nadie me cree ni me entiende porque es lo más extraño que puede suceder en esta vida tan extraña que nadie me entiende porque nada contra la corriente es hacer que nadie te entienda. Y yo voy cuesta arriba del mar al río y no me digan ni salmón ni ningún pez porque no tengo escamas aunque haya tenido que desaparecer bajo el mar muchas miles de veces más de las que cualquiera desearía.