sábado, 18 de agosto de 2007

Anochece

A medida que la noche avanzaba él sabía qué estaba sucediendo dentro de la cabeza de la mujer. Sentía casi los engranajes de sus pensamientos. Quería detenerlos a cómo dé lugar. La besaba, la cogía por la nuca y la pegaba más a sí, pero en su interior él sabía lo que ella pensaba y le daba miedo que tuviera ese conocimiento. Casi lo aterraba esa ventaja femenina.
Poco a poco ella lo envolvía entre sus brazos, entre sus piernas. Rodaba por la cama y él seguí con más miedo a cada instante que se enarbolaba su excitación. Hasta se daba asco de poder sentir ese placer a causa del cuerpo de ella. Sabía que ella era la que lo provocaba y no podía perdonarse el dejarse caer en esa tentación. Pero más culpable era el cuerpo de la mujer. La mujer conciente de aquel pecado.
De la inocencia de aquel joven. De aquel joven que ya empezaba a sudar pasión desenfrenada y que no podría detenerse dentro de unos pocos minutos si lo que sucedía no se paraba en este momento.
Sentía que empezaba a jadear sin saber el porqué. Su cuerpo ya no le obedecía, podía más eso que sentía sin saber qué, que si propia conciencia. Era presa del placer y de la excitación. Era un chico de quince años que jamás antes había tocado a una mujer. Y menos de aquella forma.
Ella lo manejaba casi. Sus treinta y cinco años la ponían muy por adelante. Lo hacía moverse a su gusto. A su entero gusto y capricho. Le hacía que la tocara donde ella deseaba. Su voz era un gemido que él aceptaba como la más importante orden. No controlaba su cuerpo. El deseo lo había entregado sumisamente aquella mujer que le doblaba la edad. Pero las ráfagas de conciencia le indicaban que eso estaba mal. Que no podían, que no debían. Y a ratos fogonazos de asco lo invadían y se trataba de separar pero ella ya lo dominaba con los movimientos de sus caderas y de su vientre.
A cada instante la rabia hervía en él. Se sacudía de odio por dentro. Pensaba en el padre que nunca lo atendió y lo culpaba de aquello. Pensaba en que también tendría que estar en su maraña de odio. Él pudo haber impedido que esto sucediera, si no los hubiera dejado tanto tiempo, tan solos. Al fin y al cabo, trataba de justificar lo que hacía la mujer, a pesar de todo, un hombre y una mujer juntos sólo pueden tomar ese camino. Esa era la única verdad que conocía. En la que vivía. De la que se alimentaba. De que la que dependía su existencia. Manipulada.
Le besaba los labios y se los mordisqueaban. La besaba en el cuello y en los senos. Jugaba con los pezones grandes de la mujer. Se perdía en el mar de senos, en el bosque de su bajo vientre y bebía de aquel manantial que lo trasladaba a la locura, presa del odio más antiguo y de la más clásica humillación.
Se sentía en medio del más lúgubre pasaje de la más gótica novela que podría representar su triste vida. Si triste miseria. Pensaba en los animales. Se sentía como ellos. Relegados en las esquinas de las casas. A los corrales. A los campos. Estaba viviendo como un salvaje. Estaba actuando como un animal. Sólo se estaba dejando llevar por el instinto.
No podía detenerse. Era inevitable lo que estaba a punto de suceder. La penetró.
La mujer se removía bajo él. Jadeaba y gemía a cada arremetida que le daba el muchacho. Lo sujetaba con fuerza, arañaba su espalda, mordisqueaba su pecho. Lo poseía.
Sentía en su vientre la creciente advertencia del orgasmo. Tenía miedo. A instantes tomaba conciencia de lo que estaba haciendo y trataba de dejarlo pero podía más el deseo que su razón. La abrazaba. La besaba. Le mordía los pezones. Le ajustaba los muslos y la penetraba con más fuerza. La abrazaba.
Casi antes de acabar. Casi antes de eyacular dentro de ella, la empezó a ahorcar como en un juego de placer, como una parafilia más. La mujer se llenaba de placer y se inundaba en sus efluvios. Acababa de regresar en sí. Él seguía y a medida que le era imposible evitar contenerse, lloraba pues en sus manos alguien se llenaba de placer y se iba de la vida.
Lloraba por matar a su madre.

1 comentario:

Anónimo dijo...

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