martes, 28 de agosto de 2007

Una fiesta para la pequeña Samara


Samara Moreno Vera ha cumplido un año de vida. La celebración ha sido cubierta por varios medios de comunicación. Ella no es la hija de un ministro ni de un congresista. Ni mucho menos. Es una niña damnificada a consecuencia del terremoto que azotó la ciudad de Pisco. Sus padres pudieron vivir para salvarla. La niña no sabe lo que ha sucedido. No sabe que el hermano y el primo de su madre han muerto.
Ella solo sonríe para las cámaras, mientras todos los camarógrafos y fotógrafos hacen hasta lo imposible para poder captar su atención y lograr “la toma”. Gesticulan, hablan, hacen muecas. Hasta sonríen con tal que la pequeña Samara deje de mirar a su padre y los mire a ellos. La comisión es la pequeña.
Su madre es Jéssica Vera Pulache, una joven de sólo 19 años de edad. Se dedicaba a animar fiestas infantiles en su natal Pisco. Se dedicaba, porque ya no hay fiestas que animar allá.
El sismo partió su sonrisa: el derrumbe de su pequeña casa de adobe le desfiguró el rostro. Estuvo a punto de morir asfixiada bajo los escombros de lo que hasta hace menos de dos semanas fue su hogar. Su esposo logró salvarla.
Abraham Moreno Soliz es el padre de Samara. A sus veinte años de edad ya sabe lo que es ver a la muerte a menos de un metro de distancia. Su esposa estuvo a punto de morir. Cuando sucedió el terremoto ellos dos corrieron, por separado a la calle para salvarse. En el miedo y el apuro Samara quedó dentro de la casa. La madre no lo pensó dos veces y se metió para sacarla, sin medir el peligro al que se exponía, pues la vida de su hija es lo más valioso que Dios le ha dado, como ella misma expresa. Salió con la niña en brazos y se acordó ahora de su pequeño hermano de solo seis años. Corrió a buscarlo, pero la casa se vino abajo y los atrapó.
Fue en ese momento es que Abraham, con Samara en brazos, se lanzó a lo que quedaba de su casa para rescatar a su esposa. La encontró casi enterrada y empezó a excavar con su mano libre, hasta lograr hacer salir la cabeza de Jéssica, para que pueda respirar. Media hora después, con los dedos ardiéndole por el dolor, la sacó. Su pequeño cuñado no pudo correr igual suerte, murió enterrado bajo los adobes.

TRASLADO A LIMA
Afortunadamente Samara sólo resultó con algunos rasguños, pero su madre no tuvo esa fortuna. “Un bloque del muro me aplastó el brazo, me oprimía el pecho y no podía respirar. Sentía que me dormía. Me estaba muriendo asfixiada”, narra una temblorosa Jéssica, quien resultó con una fractura del húmero y varios cortes en el rostro, por lo que al día siguiente de la tragedia fue evacuada a Lima, al hospital Alberto Sabogal, de Essalud.
Ya en el nosocomio, los empleados del área de Asuntos Jurídicos decidieron “adoptar” a la menor, y al enterarse de la cercanía del cumpleaños de Samara, empezaron a organizar una fiesta para la niña.

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A pesar de la tragedia que ha enlutado a su familia, Jéssica Vera no pierde la esperanza y la fe, y menos ahora que ve renacer la alegría. Y es que pudo más su pasión por llevar un poco de entretenimiento a los niños que el dolor físico, que no dudó en subirse al escenario, tomar el micrófono y animar la fiesta de su pequeña Samara. Cantar las canciones de moda, y hacer reír a los niños que estaban presentes le devuelve de a pocos la sonrisa a los labios.
“Todo lo que ha pasado es la voluntad de Dios. Él nos ha dado la oportunidad de vivir, y esto que ha pasado nos debe acercar más a Él”, sentencia Jéssica, conmovida casi hasta el llanto por el inesperado regalo que le han dado a su hija Samara.
Texto original publicado en el diario LA PRIMERA

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