jueves, 30 de agosto de 2007

La destrucción

Pisco ha dejado de temblar. Lima ya no tiembla. El Perú ya dejó de moverse. La gente vuelve a la normalidad y los medios ya regresan a sus equipos a Lima y todo seguirá como siempre. De nuevo las portadas y notas más importantes serán las de política, por ahí algún niño violado y cosas por el estilo. Pero algo más se queda latente. Las personas siguen, ya menos, con ese ánimo de la solidaridad con "los damnificados del sur" y uno sólo puede sentarse a ver las cosas pasar como quien mira al tren pasar. Al tren de la vida, porque uno ya no es un niño y los amigos de uno se empiezan a dar cuenta de que uno se está haciendo viejo y que ya somos nosotros los de ayer entonces. Algunos no podremos volver a la normalidad jamás.
Entonces estar aniquilado ya no es una sensación física sino más que un estado de ánimo, es una forma de vivir, de llorar. de sufrir, de pensar, de comer... de morir. Las muertes han sido contadas en más de quinientos. Algunos dicen que mil, pero hay más. La población mundial, de mi nundo, reporta millones de pérdidas. Países enteros desaparecidos, tragados por la tierra y por el olvido que cubre de polvo a los vencidos. Países enteros devastados. Millones de gentes desplazándose de norte a sur, de este a oeste y de viceversa. Y aún hay algo más ahí que queda latente. Doliendo a diario porque uno ya está cansado de llorar. Ningún mortal sobrevive a este dolor.
Tuve la mala suerte de ser el epicentro, estaba sujeto a ello desde que ella se decidió a armarse de valor y decirme esas cabronadas que sólo las mujeres más dolidas pueden decir. Que uno es una basura, que uno es un miserable, que no sabe valorarlas, que no es lo suficientemente hombre como para ellas... y esa retahíla de cosas que no queremos escuchar jamás.
Las autoridades hablan de posibles epidemias que contribuirían a que la población siga su camino a la muerte, hablan de sequías y de peleas por hambre. Hablan de todo lo malo que sucederá pero nadie dice que puede pasar otra cosa. Algo peor. Nadie dice que la gente está tan mal que hasta puede suceder lo que ya antes ha pasado. Suicidios. Por cientos y por miles. No son casos aislados. Se reúnen para hacerlos colectivos. Es la demencia de tu llanto.
Ahora, parado al borde del precipicio, entiendo todo lo que me has querido decir desde hace años, entiendo cada una de tuslágrimas que yo creía sinrazón y sinsentido. Entiendo cuánto te he dañado por ser como soy. Como me hizo la naturaleza de la vida que me tocó cruzar.


1 comentario:

capitán pezuña dijo...

Y a veces la devastación se nos mete por debajo de la piel y todo se cae por pedacitos. A veces uno mira y se da cuenta que es una adaptación del más sórdido capítulo de ensayos sobre la ceguera o peor no?
En fin, el pero día de tu vida, buen Omar, solo durará 24 horas.