viernes, 20 de abril de 2007

Sobre mis padres


El día que se conocieron él estaba viajando en un ómnibus y ella estaba parada en un paradero de la avenida Salaverry (no pudo precisarme cuál), leyendo un diario y esperando el carro que la llevaría a su casa. Dice que él que la vio y se quedó prendado de ella: estaba con una chompa roja, pantalones crema y unos zapatitos rosa. Marlene en esa época llevaba el cabello largo, lo que la hacía ver más delgada de lo que en realidad es. Decidido como siempre, Teobaldo bajó del bus y se dispuso a conversarle. No sabía cómo empezar, así que hizo lo que se suele hacer al menos una vez en la vida: le preguntó por una dirección. Ella volteó hacia la voz que le hablaba y dice que casi no pudo responder. No porque no conocía la ruta, sino porque el porte del hombre que la estaba interrogando la dejó sin habla. Balbuceo algo y le dijo que a unas cuadras. Él sonrió y se quedó ahí parado. Tenía su boina en la mano, su uniforme le exaltaba su atlética contextura. Era la década del 70 y estaba de moda ser militar. Marlene no lo ignoraba y se sonrojó.
Al día siguiente fue lo mismo, sólo que esta vez él fue de frente hacia ella y la saludó con la naturalidad de una amistad. Se sorprendió pero le respondió. Nada más. Sabía cómo hacer lo que quería. Esperaría.
Al tercer día la suerte y la vida le sonrieron. Cuando se dirigía a la esquina de vio algo que le hizo sentirse más seguro que nunca: Marlene estaba hablando con una chica. Esta chica era una amiga en común. Lo que no se imaginaba, y que le haría más fácil todo, era que las dos amigas en realidad eran hermanas. Se acercó y saludó a su amiga, Marlene se sonrió y se preguntó si se conocían. Ivón, mí tía, los presentó y le dijo que claro, que trabajaban en el mismo edificio, que Teobaldo era un gran amigo. Ni corto ni tono, las invitó a comer. Ya esa noche se hizo más evidente que entre los dos había algo más que una simple simpatía. Conversaron toda la noche y antes de despedirse, Teobaldo les propuso salir el fin de semana, que Ivón vaya con su enamorado y que Marlene le acompañe a él. Las hermanas se miraron, se respondieron sin decir palabra y aceptaron.
Ese fin de semana empezó todo. Él le dijo que la primera vez que le habló para preguntarle la dirección, en realidad se acercó simplemente para hablarle, porque cuando la vio sintió algo que a sus 26 años antes no había sentido. Ella lo miró a los ojos, y se besaron.
De eso han pasado ya más de treinta años y ahora yo estoy acá. Han tenido cuatro hijos, uno de ellos yo, el tercero. Siguen bajo el mismo techo, juntos, con todos nosotros.

viernes, 6 de abril de 2007

Tengo todo y nada más


Tengo 25 años y más de lo que creí tener a esta edad. Tengo mucho en la cartera y nada el corazón. Sólo el dolor que tú dejaste.

Tengo lo que muchas personas a mis 25 años quisieran tener. Tengo un buen trabajo, gano un sueldo unos pares de veces por encima del común de los mortales. Tengo el cargo de jefe de un grupo de jóvenes, y de algunos mayores que yo. Tengo un empleo en una empresa medianamente envidiable, y medianamente bien posicionada. Seguro que mucha gente de mi edad, de más edad, quisieran tener esto que tengo.
Tengo un cargo importante dentro de la empresa en que trabajo. La gente me llama todo el día a pedirme un sinfín de favores. Me llaman y tienen que fingir que me conocen para creer que lograrán su cometido. Tengo la posibilidad de hacer un par de llamadas y conseguir lo que quiera. Una persona con un poco menos de humildad que yo, pero con todo lo que tengo, se consideraría una persona importante. Pero no te tengo.
Puedo decir que poco a poco voy armando un guardarropa más que envidiable. Tengo las camisas que todos quieran tener. Tengo los zapatos que anhelan. Las zapatillas que desean. Los pantalones que esperan. Tengo casi todo lo que quiero, porque quiero. Pero a ti, no puedo.
Puedo pedir algo a los que me deben favores con la seguridad de que me lo conseguirán. Puedo decidir sobre el futuro laboral de varias personas, casi a mi libre voluntad. Puedo tener a muchas chicas interesadas, que sólo ven la billetera del hombre. Es más, vienen a verme porque quieren. Pero tú, ni me miras.
Es más, tengo más de lo que puedo querer, porque soy una persona simple y sencilla, cada día más humilde y paciente. Cada día menos ansioso de más y más anhelante de paz. Tengo la calma necesaria para poder vivir tranquilo y no desesperado. Pero tu ausencia me trae loco.
Hace tiempo que mi vida sólo está cuesta arriba. Sé que la caída será muy dura, si es que la hay. Por eso sigo humilde como cuando empecé, porque nada es para siempre y porque siempre hay que ser agradecido con lo que uno tiene y con todo el mundo que te ayuda a conseguirlo. Y te agradezco la alegría que me causaste y detesto la pena que me sigues clavando.
Tengo todo y es nada de lo que quiero. Todo es accesorio. Tengo la certeza de que si me lo pidieras como prueba, dejaría todo para tenerte a ti. Tengo más años que cuando me equivoqué y más ansias de que me perdones. La vida da con una mano y con la otra te quita. Ahora creo que es verdad.