martes, 6 de febrero de 2007

Una vida menos

El día que me dijo que estaba embarazada creí que me iba a morir. Lo primero que pensé fue en nosotros pasando hambre con un niño en brazos, sin fuerzas siquiera para poder llorar. Debo aclarar que tengo una maldita tendencia fatalista para intentar conjugar el futuro. Debo aclarar que yo ya no la amaba ni quería seguir con ella. La miré a los ojos y se lo dije. La verdad es que yo no te amo, tampoco al niño que llevas dentro. Como era de esperarse, ella empezó a llorar y yo recordaba que esta no era la primera vez que una mujer me daba este tipo de noticias. No era la primera vez tampoco que yo decidiría hacer lo que le dije. No lo íbamos a tener.
Pero mi amor, yo quiero que sigamos juntos y que tengamos a nuestro hijo. Ilusa. En mis planes no estaba esa idea. Ser padre no era una aspiración mía. Menos con ella. La verdad es que yo no quiero ser padre. No estamos listos para asumir toda la responsabilidad que un hijo implica. No estábamos listos ni para vivir solos. Sin padres que nos mantengan. Además que ya no deseaba estar más con ella. Ni en la cama. Ni en ningún lugar.
Lo abortamos y se acabó el problema, le dije. Ahí nomás murió el payaso. Otra vez se puso a llorar, que cómo pensaba que ella iba a hacer eso. Que era una chica de su casa. Que si me acosté contigo fue porque te amor, que si te entregué mi virginidad era porque pensaba que me iba a quedar a tu lado siempre. No me puedes hacer esto... y así un millón de excusas más. Simplemente le dije que ya había escuchado cuál era mi plan. Quiera o no lo tendríamos que hacer.
Algo en mí se quebró ese día. Nunca antes había actuado con tanta sangre fría. Nunca antes había dicho cosas tan crudas con tanta frialdad. Nunca le había hablado así a una mujer. Además, que para hacer lo que quería necesitaba plata. Plata que precisamente no tenía y ella tampoco.
La dejé en su casa y le dije que lo pensara. Que se diera cuenta que no podíamos arruinar nuestros futuros con hijo tan pronto. Además que su familia me mataría cuando se enterase. Amén de decir lo que mi padre me haría. Aunque por el de ella no había que preocuparse, pues no vivía con ellos. Los había abandonado justo hace un par de años. Lo duro sería su abuelo que de por sí me odiaba, como si sospechara que yo sólo me aprovechaba de ella. Que sólo la usaba para acostarme con ella cuando me diera la gana. A veces pensaba que él lo sabía y que por eso me trataba tan mal cuando me veía. A veces era así. Ella lloró (otra vez) y me abrazó, intentó besarme pero no quise. En ese momento se dio cuenta de todo. Me miró con odio empozado. Con el desprecio que sólo una mujer engañado puede concebir. Y me dijo mañana nos vemos para decidir todo.
Llegué a mi casa y al cerrar la puerta de mi cuarto abrí un cajón y me drogué. Necesitaba hacerlo. No lo hacía desde hacía un para de semanas pero ahora era indispensable. Casi como respirar. Empecé a llorar. Aún no podía creer cómo podía haber sido capaz de tanta maldad. Cómo era posible que fuera así. ¿Así era yo en realidad? ¿Así era mi verdadera personalidad? ¿No era sólo cuando estaba alterado? En realidad era un ser despreciable, tanto que hasta yo me daba asco.
Pero para eso tendría tiempo después. Lo primero era desaparecer ese niño que crecía en su vientre. Mi hermano. De su bolsillo seguro que podría sacar plata. Mi papá. Sería también una buena opción de banco. Lo malo era que se iban a dar cuenta. Pero a la mierda. Total estaba en juego mucho más que una reprimenda. Estaba en juego toda mi vida. Y eso era lo más importante, más importante que ella y que lo que le podría pasar.
Sin embargo, no podía dejar de llorar y empezaba a odiarme, a detestarme. Era difícil de creer que se pudiera ser tan cruel en tan poco tiempo.
A la mañana siguiente la llamé y le dije que teníamos que vernos sí o sí. La busqué en su casa y le dije que debíamos decidir de una vez por todas lo que íbamos a hacer. Ella me dijo que iba a hacer lo que yo decidiera. Que si quería tener el hijo, lo tendríamos. Que si deseaba que lo abortara, lo haríamos. Una vez más una gran cruz sobre mi cabeza. Una vez más una vida corría por mis manos, pero se desangraba. Algo dentro de mí quería que sea padre. Que asuma la responsabilidad que otras veces había rechazado como un bastardo pusilánime. No lo hice. Volví a ponerme mi careta de ‘sólo contra el mundo’ y rechacé a mi hijo como las hienas se comen a los cachorros débiles. Tenemos que abortarlo. Una vez más empezó a llorar y fue el final de mi voluntad. Un nuevo ser nacía en mí. Huraño, amargado, deseando el mal para todos y la infelicidad para los demás. Envidia por todos los vasos sanguíneos de mi cuerpo.
Le dije que nos encontráramos al mediodía en la esquina de mi casa. Que iba a conseguir algo de dinero para acabar con el problema de una vez. Ni siquiera tenía el valor de decir abortar. Hasta la sola palabra me daba miedo. Me moría de miedo y eso que a mí no me meterían nada en el cuerpo. Y eso que mi vida no estaba en peligro si el médico de turno fallaba. Me cagaba de miedo y sólo podía fingir que no me pasaba nada de nada. Me odiaba por ser tan cobarde. Ni un niño sin madre temía más que yo en ese momento.
Regresé a mi casa. Entré al baño y vomité. Me volví a drogar y fui hasta el cuarto de mi hermano y luego al de mis papás. Tenía cerca de 200 dólares en la mano y eso debía de alcanzar para todo. Tendría que alcanzar para acabar con mi hijo. Carajo, era la primera vez que decía eso. Sentí nuevas arcadas y por poco no arrojo todo en mi sala. Corrí al baño y vomité de nuevo. Salí de mi casa a hacer hora para ir a buscarla.
Nos encontramos y fuimos al Centro. Ya sabía a donde ir. Al mismo sitio de siempre. Al único lugar a donde había jurado no volver jamás. Pero como muchas de mis promesas, la había roto una vez más.
Subimos las escaleras. Preferí no usar el ascensor porque quizá el viajecito me haría vomitar de nuevo. Debía guardar la compostura. Un cobarde no hace esto. Pero yo soy de otra calaña. De la pero, eso es seguro. Las ratas que abandonan el barco antes que se hunda tienen más divinidad que yo. Mucho más.
Una señorita nos recibió e inmediatamente se dio cuenta de cuál era el motivo de nuestra visita. Nos dijo que esperásemos sentados a que el doctor llegara. Me dio miedo que me reconociera y que lo dijera. Que me dijera la última vez te lo dije, te advertí. Qué mierda haces acá.
Llegó y no dijo nada de nada, nos vio pero no nos miró. Nos miró pero no nos vio. Nos hizo pasar al consultorio. Hablamos… bla bla bla… Le pidió a ella que se desabrochara el pantalón y se echara en la camilla. Ella me miró y le dije que sí con la mirada. Se subió y obedeció. Tenía ganas de salir corriendo de allí y escapar. De huir y que nunca me encuentren. Oía voces. Voces de niños y no podía soportarlo.
Calculó que debía de tener unas tres semanas de embarazo. Yo pensaba igual. Fue directo, como las veces anteriores y me dijo (todo me lo decía a mí, era como si ella no estuviera ahí) que la gracia me costaría casi todo lo que llevaba en los bolsillos. Lo odié una vez más por dejarme sin plata. Y sin lo poco de dignidad que quizá aún tenía. Acepté.
Me dio una receta y la traje en menos de diez minutos. Le dijo a ella que se desnudara y se pusiera una bata. Me pidió salir de la habitación. Estuve en el pasillo fumando. Me pegué a una ventana y luego me senté. La oí gemir un par de veces. Sabía lo que estaba pasando adentro. Un grito suave partió mi alma por completo. Nunca había sucedido así. La puerta se abrió y yo me levanté. Me acerqué al doctor y me puso una mano en el hombro.
Empezó a hablarme. Que las cosas son así. Que un hijo es algo difícil…Tranquilo doctor, le interrumpí, no tiene que explicarme nada. acá el único hijo de puta soy yo.

4 comentarios:

Moi: A fille dijo...

Me encantó. Pura expectativa, pura perspectiva del individuo afectado.
Confusión muy clara, paradójicamente, me resultó comprensible.
Coherente con la realidad, especialmente esta.
Congratulaciones por la extensión, espero seguir leyendo por aquí.
Saludos desde En Touchant les Mots

Escribano dijo...

Hola Moi. Gracias siempre por tus alentadoras palabras. Cruda realidad pero sincera. Confundido con la realidad, a veces salgo de la fantasía.

Gigi dijo...

Hola!!. Devolviendo la cortesía de tu visita.

Me gusta la forma en que escribes. Sobre todo en este post.
Cruda pero real historia.

Saludos

Moi: A fille dijo...

Respondiendo a tu petición en mi penúltimo post, te invito a que me mandes un mail en el link de mi blog. Aliviaré cualquier duda que tengas sobre mi existencia, y supongo que tú también estarás dispuesto a develar algunas verdades. Te recomiendo abrir un link para mail, pues, así será más cómoda esta comunicación.
Atenta, desde En Touchant les Mots