miércoles, 10 de enero de 2007

Regalo de infancia

Teníamos sólo quince años, pero ellos estaban seguros que así era mejor. Nadie va a desconfiar de ustedes, van, saludan, preguntan y dejan el paquete. Así nos decía Teco. Teco siempre decía que confiaba en nosotros. Que nosotros éramos los mejores, que nadie nos ganaba. La última vez que salimos de viaje él dijo que le demostramos eso.
Van, entran, saludan y se van. Será cosa de menos de un minuto si todo lo hacen como les digo. Él sabía que lo íbamos a hacer así, que no le íbamos a defraudar. Algo en su mirada nos hacía saber que todo era como si Teco ya hubiera visto el futuro y tendría la absoluta certeza de que nada fallaría.
Ese día pensamos que también ocurriría así.
Esa mañana Teco llegó con una maleta más grande que la de costumbre. Acá hay un poco más de lo usual, pero yo les ayudaré hasta la puerta. Nunca iba con nosotros porque decía que eso podría llamar la atención. Además, los demás siempre lo hacían solos. Aunque eran más grandes que mi hermana y yo. Pero eso no nos daba miedo.
Como de costumbre, antes de empezar con nuestra misión, los grandes bebieron cada uno un sorbo de cañazo, un poco para contrarrestar el frío y otro para darse valor. Al final todos siempre teníamos miedo de que algo salga mal, de que la mecha no encienda por el frío, o de que nos descubran o se dieran cuenta de la real intensión que teníamos, o de que simplemente nos diera miedo y confesáramos todo. Afortunadamente eso nunca había pasado antes. Sólo eso. Sólo eso y que además esa mañana era mi cumpleaños. Sólo mi hermana lo sabía y le pedí que no dijera nada.
Teco no hubiera querido que siga con la misión de haberlo sabido y el Partido no necesitaba más atrasos. Teníamos todos un compromiso y un sacrificio.
La comisaría está a dos cuadras, yo cargo la maleta hasta la bodega que está a unos metros, de ahí ya tiene que ir ustedes solos. Digan que se han perdido y que quieren que los ayuden a buscar a su mamá en la feria. O digan lo que siempre dicen.
Yo estaba muy temeroso. No sé porqué pero esta vez Teco me inspiraba antes que nada, desconfianza. Era como si supiera en verdad el futuro, pero que lo que había visto no era bueno. Lo sabía. Y prefirió callarse.
Al final todo fue como él dijo. Llegamos hasta la bodega y ahí se despidió de nosotros. Nos dio un beso en la mejilla y se fue. Nunca había hecho eso antes. Así que eso me dio más miedo. Mi hermana me miró y se sentía como yo. Ese beso nos sacó de cuadro, nos destrozó la confianza. No debimos entrar. Pero en el Partido no había marcha atrás. Y tampoco besos en las mejillas. Pero seguimos caminando.
Entramos a la comisaría y empecé a llorar y me abracé a mi hermana. Ella cargaba la maleta. Se acercó un policía y me intentó calmar, pero ya sabía todo lo que me iba a decir y me adelanté. No podíamos despertar sospechas. Pero tampoco sabíamos la verdadera intención de lo que nosotros debíamos provocar allí.
Le pedimos un poco de agua y se fue a traerla. En ese momento, como siempre, abrí la maleta y quise prender la mecha. No sé porqué, pero no podía. Me temblaban las manos y se me cayeron algunos fósforos. Mi hermana me vio y me arrebató todo. La prendió y cuando la cerramos, ya íbamos a correr para escapar pero no imaginamos lo que en verdad pasaba. Salimos.
Afuera nos cruzamos con Teco, él jamás se acercaba. Siempre nos reuníamos a por lo menos un kilómetro, pero nos dijo lo que en realidad pasaba. Esa comisaría tenía dentro al hermano y él quería rescatarlo. mientras nos explicaba eso, la bomba estalló y vimos como un policía salía disparado hacia la casa de enfrente.
Nos volvió a besar y nos dijo que luego nos reuniríamos en el campo, cerca a la chacra que cruzaba el río. Que nos contaría algo, se despidió y los demás entraron a la comisaría. Empezaron los disparos, los gritos, yo empecé a llorar y mi hermana igual. Oíamos gritos, insultos, todo era confusión, teníamos que irnos pero no podíamos. Tenía miedo. Sabía que por eso Teco nos besó, que nos dijo que nos iba a contar algo. Él sabía como iba a acabar todo. Pero no previó que yo haría una estupidez.
Me solté de mi hermana y corrí a la comandancia, quería decirle a Teco que ya sbía todo, que no hacía falta que nos contara nada. Que había escuchado sus conversaciones con los demás, que por eso nos cuidaba tanto. Pero cuando llegue ya era tarde. Lo vi. Vi todo. Justo cuando entré vi como un policía que había hecho que se arrodille delante suyo le disparaba en la cabeza. Vi como su cráneo estalló. Mi hermana entró y me abrazó.
Esa tarde murió nuestro papá.