lunes, 24 de diciembre de 2007

Una Navidad para Pisco

La Navidad ha llegado ya y las cosas acá siguen casi igual. En realidad nada ha cambiado. Parece que el tiempo se hubiera detenido. Parece que los calendarios se hubiesen detenido y que hoy, 24 de diciembre, sea en realidad -digamos- 25 de agosto. Hablo de Pisco.














La gente en Pisco no espera nada. La nada ya llegó y se asentó en esa ciudad tan cerca de Lima, pero ubicada tan al sur de Lima. La gente en Pisco no tiene más que esperar. Todo está destruido. Todo está como si el terremoto hubiera ocurrido hace no más de una semana.















Caminar por las calles de esta ciudad devastada es como andar en medio de la tristeza, de un cuadro severo de depresión, es como caminar sabiendo que uno va hacia ningún lado. Y es que en Pisco todos van hacia ninguna parte porque no hay a dónde ir. No hay lugar a donde que uno pueda ir y pensar en que nada pasó. No se puede pensar que el terremoto del 15 de agosto en realidad no sucedió. Nadie puede olvidar sus muertos. Nadie en Pisco puede olvidar que esta ciudad ha sido destruida. Pero parece que en el resto del país todos se han olvidado de este puerto. Parece que ya a nadie le interesa lo que le pasa a esta gente. Parece que todos nos hemos olvidado de lo que sucedió, de los más de 400 muertos, de todas las casas destruidas, de todos los niños que ya no tienen padre, de todos los padres que ya no tienen hijos. Parece que el terremoto no pasó, que en el Perú el día 15 de agosto lo único que ocurrió es que Lima sufrió un fuerte temblor y nada más ocurrió.














El más grande dolor es el abandono. El mayor delito es nuestra indiferencia.
















Si bien uno no puede cambiar la realidad de la noche a la mañana, sí podemos hacer algo. Hay casos en que una sola persona puede mover la Luna, si es que encuentra un punto de apoyo. Y este es el caso de mi querida amiga Nancy Condore.












Ella es de Pisco, es periodista y desde el día en que la tragedia se ensañó con el puerto que la vio nacer, no ha dejado de ir, casi, ningún fin de semana.















Sus recuerdos de infancia (esos que nos hacen lo que hoy somos) han desaparecido porque las calles donde jugó, corrió, creció y vivió han sido destruidas. Sin embargo ella da el ejemplo de lo que deberíamos todos hacer: no pensar que basta con ayudar sólo los días después del terremoto pues la tragedia no ha cesado.












Ahora que es Navidad, fecha en la que el común de la gente se golpea el pecho y se dice que se acuerdan de los demás, que cómo estarán si bien o mal, que pobre gente de allá, que porqué Dios es así y se la agarra con los peruanos. Ahora que tanta gente dice eso y no hace nada. Ahora Nancy agarró sus cosas, juntó a su familia que vive con ella en Lima y se fue a Pisco. Pero no para pasar la Nochebuena allá y luego decir que ella sí estuvo ahí. No. No es esa su intención. Lo que ella ha hecho (y seguro se molestará porque lo estoy publicando) es organizar una chocolatada para la gente de allá, para sus paisanos.















La verdad que eso es algo que yo muy probablemente no haría en realidad. No lo sé, pero no me veo así. La última vez que fui a Pisco fue porque el diario en el que trabajo (LA PRIMERA) me envió y todo estaba destruido. Todo sigue igual, y no he vuelto a ir.










Hay gente como ella que no busca más que llevar una sonrisa y un poco de esperanza. hay gente como mi amiga Nancy que sólo busca que algunos niños sean felices en esta Navidad y que, quizás, por unos minutos puedan pensar que en realidad no ha pasado nada malo, que sus padres están ausentes porque aún no llegan del trabajo, que sus amigos están lejos porque stán jugando en otro sitio. Que nadie ha muerto.



Quisiera seguir escribiendo pero los post deben ser cortos...ay, hermanos, muchísimo qué hacer!!

N.E: Fotos "mal prestadas" de Charlie Jara: http://fotojornalismo-peruano.blogspot.com/

martes, 4 de diciembre de 2007

Sobre la ciudad que me vio nacer

Cada mañana apesta más. Cada día que pasa se llena más de orines y de cáscaras de naranjas podridas. Y apesta más. Las calles de esta zona cada día me dan más nauseas. No puedo imaginar que tengo viviendo 25 años acá y que solo unas pocas semanas he estado lejos de esta urbe que se traga todos los corazones y todas las esperanzas y todas las metas y todos los sueños y a todos los hombres y mujeres que se atreven a vivir en ella.
Huele a orines y a pobreza.
La gente está en las calles, sentadas en sus puestos ambulantes de zapateros y de venta de golosinas. La gente también pone sus carretillas con ollas y platos y vende comida en ellos. No entiendo cómo alguien puede sentarse ahí a comer lo que sea. No entiendo cómo alguien por propia voluntad puede detenerse ahí a respirar ese olor de mierda. Todo por acá es una mierda: los niños, los ancianos, las mujeres y los hombres. Todo. Hasta las prostitutas por acá son una mierda. Regordas y horribles. No sé si alguien habituado a acostarse con putas se atreva a pagar ningún dinero por revolcarse encima de estas cosas que más parecen animales. Todo es una mierda.
Todas las chicas de quince ya son madres y las mujeres de treinta ya son abuelas. Todos los niños roban y todos los no tan niños ya se drogan. Y los aún un poco más grandes ya secuestran y ya violan y ya están pensando en qué hacer para armar la fiesta de perras y drogarse y violar más. La vida en esta zona de Lima es una mierda.
Odio y detesto venir a San Juan de Miraflores. Odio tener que pasar por esta calle miserable y tener que cuidarme de todos para que no me roben nada. Odio tener que mirar a todos lados y desconfiar de todos. Los niños pequeñísimos se te acercan como pidiendo una limosna, pero lo que en realidad hacen es tratar de tocarte para luego avisar en dónde es que llevas la billetera y el celular. Son una mierda. Lima es una mierda. Maldita ciudad de mierda.
La gente acá camina como yendo a ningún lado, pero mostrando la premura de alejarse de dónde sea que estén. La ciudad se traga todo. Los más recónditos deseos son devorados. Los más oscuros deseos son aniquilados. La más secreta pasión es desterrada. La esperanza hace años que se fue de acá. La ilusión también. Lima no es sólo la horrible ni la gris. Lima es una mierda horrible y gris. La vida acá es muy difícil y dura.
La vida acá a veces, algunas veces, no tiene ni el más mínimo sentido.

A veces, algunos días

Sucede que ahora que ya estamos tan cerca de aquella fecha y tan un poco distante de la otra. Que ahora que los días están pasando y las cosas se están calmando, tranquilizando. Las aguas desagitando. Sucede que es ahora que creo que empiezo a pensar que jamás acabarás por entenderme. Que las cosas que digo jamás podrán ser como te gustan. Lamentablemente es así, y me da miedo.

Me da miedo que un día despiertes y un vago rumor de alguna cólera lejana me pueda haber borrado de tu mente. De tu memoria.

Sucede que a veces me despierto y tengo miedo de que tú también te despiertes de este maravilloso sueño que estamos viviendo juntos. De esta maravillosa historia que se llama ‘estar contigo’. De esta genial sensación que es estar a tu lado y poder besarte y abrazarte y decirte que te quiero cuando tú deseas que yo te diga que te quiero justo cuando necesitas que yo te diga que te quiero. Sucede, así, a veces algunas mañanas.

Entonces la luz que de tus ojos sale hacia mi mundo gris y nebuloso mundo se apaga o se aleja o se oscurece y vuelve la irremediable noche eterna a ceñirse a mis costillas y entonces me aprieta y se me dificulta la respiración y no puedo creer nada de que nadie me dice. No creo en mi mamá. No creo en mis hermanos.

Tampoco creo en mi papá ni el ningún Paulo Cohelo que se arriesgue a cruzarse por mi camino porque simple y silvestremente no puedo en ese momento creer en nadie más que en el miedo que se me mete por los poros y que no se aleja así nomás. Y que espera a que tú llegues con tu radiante e irradiante sonrisa para decirme algo que no sea ya no te quiero.

Pero a veces no sucede nada y entonces es que me desanimo de todo y mando todo a la mierda y siento que no vale nada de nada nada de lo que hago. Pero a veces llegas y sí hablas y entonces todo deja de ser blanco y negro para llenarse de los colores de tu sonrisa y de tus polos que tanto me gusta sacártelos. Para desnudarte. Para acariciar y besar y beber la vida de tu cuerpo y para amarlo y para amarte como hasta ahora no me atrevo a decirte porque creo que soy un poco cobarde.

El cobarde que hasta ahora no puedo dejar de ser y que por eso a veces grito o por eso a veces no puedo controlarme y me escudo en mis rabias infinitas e inopinadas e inservibles para nada.

Pero tú sabes que yo te quiero. Que yo te adoro. Que yo te necesito.

Lo que pasa es que también sucede algunas veces en que yo amanezco más gris que el cielo de esta ciudad que no me soporta que no me entiende que a veces no me quiere y que a veces me repele. Y sucede que esos días son los peores para salir a la calle a hacer cualquier cosa que me proponga a hacer y entonces sucede que no quiero nada de nada sino que simplemente y sencillamente me abraces y me digas que me quieras y me protejas de todos y de quienes entre tus brazos y que me abrigues entre tus senos y que me cuides como el niño que nunca fui y que jamás volveré a ser. Porque tengo miedo de seguir creciendo y de que tú ya no estés mañana en la mañana para darme la mano.

Cuando recuerdo tu sonrisa mi alma también la recuerda y conversamos sobre lo gratificante que llega a ser esa contracción de los músculos de tu rostro y sus efectos en nosotros y que es muy pero muy maravillosa más allá de cualquier difuminación del arte más antiguo que haya existido sobre la tierra.
Tan básica como una pintura rupestre.

Y tan hermosa como un cuadro de Mtisse, de quien debo de decir que es mi pintor favorito. Aunque ahora digan que era sólo un maldito miope que se equivocó de lunas y que entonces veía la vida como si estuviera escurriéndose por la lluvia incesante que acá no se verá jamás. O al menos eso espera mi mamá.

Algunas otras veces me recuerdas a muchos versos que me han conmovido como a un niño le conmueve el regalo más sencillo pero que es a la vez el más elaborado de los anhelos más esperados de toda la mitología que cabe en una cabecita de diez años que es quizá la mayor de las fantasías que el hombre logrará jamás entender ni crear.
Y entonces también declamo a tu memoria y le pido que tampoco ella me deje si es que un miserable y maldito y desgraciado día tú decides irte de mi lado. Y esos días en que tu nombre se convierte en recuerdo de algún retazo de poesía pues llegan a mi mente todos los Pavesse de alguna infancia retorcida en una cama hospitalaria y todos los Nerudas que ya no serán de Chile ni de ningún otro lugar. Y llegas en la noche.

O debiera de decir que llegará y tendrá tus ojos, porque te tuve entre mis brazos.
De todo lo que más risa me da, porque me río de las alegrías más elementales, pues es el que no me vas a entender nada de lo que escribo porque no escribo para nadie ni para mí. Sino que escribo porque las ideas fluyen y las cojo al vuelo para decir que están acá y no caer en esa figura loca e ilógica de que sin árbol en medio de un bosque cae y nadie lo ve: realmente se habrá caído. No. No porque ya estoy cansado de eso que sucede y que nadie me cree ni me entiende porque es lo más extraño que puede suceder en esta vida tan extraña que nadie me entiende porque nada contra la corriente es hacer que nadie te entienda. Y yo voy cuesta arriba del mar al río y no me digan ni salmón ni ningún pez porque no tengo escamas aunque haya tenido que desaparecer bajo el mar muchas miles de veces más de las que cualquiera desearía.

lunes, 26 de noviembre de 2007

Para la mujer que mira el mar (II)

Para G. P.

La verdad que a veces la vida nos sonríe cuando uno ni se lo espera. Esas frases de que el amor se espera, no se busca suelen sonar como algo trillado o como algo que lo dicen porque no pasan por lo que uno pasa. Pero es así. Las mejores cosas, las mejores personas, los grandes amores llegan disfrazados de cotidianeidad, de día a día. Y así fue que te encontré. Camuflada entre notas de prensa, entre noticias y entrevistas. Hasta que un día me entrevisté y supe que estaba enamorándome de ti.

Las cosas pasan a una velocidad inimaginable. Pero siempre hay un momento para detenerse a contemplar las cosas que tenemos delante. Y que valen la pena ver para disfrutarlas. Así fue que una noche en que no sabía cómo, empecé a andar por esta vida a tu lado. Aún sin saber qué era eso que me llenaba ya el pensamiento de ti. Te quería ya y no lo sabía. Te necesitaba ya y no me daba cuenta.

Quería besarte desde la primera vez en que te hice reír hasta que casi te caes. Recuerdo esa noche y me sonrío. Me alegra pensar en cómo fueron pasando las cosas. ¿Podríamos decir que fue como ‘amor a primera vista’? Creo que sí. Porque las cosas se dieron así sin darnos cuenta.

Y acá estamos, de la mano. Con las más grandes esperanzas e ilusiones. Con las mejores intenciones. Llenos de alegría, porque nos hemos encontrado en el mejor momento de cada una de nuestras vidas. De cada una de nuestras historias. Y estamos forjando juntos ‘nuestra historia universal’.

A veces me dices que “todo es tan rápido que me da miedo”. Y te digo que no temas nada. Pero sabes porqué te digo eso. Porque el amor no tiene tiempo. La vida no tiene tiempo. Porque debemos aprovechar las oportunidades al máximo. Debemos disfrutar de nuestras vidas en todo momento. No debemos ya mirar atrás y lamentarnos o ponernos a pensar en porqué pasó tal o cuál cosa. Sé que eso es difícil de hacer y fácil de decir, pero es así como debemos actuar.

No quiero que esto sea una carta solo para nosotros dos. No quiero que estas líneas se tomen así a la ligera. Solo busco que esto sea un reflexión. Y si a alguien más, a parte de a ti y a mí, le sirve, pues entonces me sentiré más feliz de lo que ya soy.

Siempre pensé que la vida me tenía guardado algo de felicidad. No quería creer que todo lo que me pasaba era, o tendría que ser como hasta antes de ti. Y supe esperar, sin desesperarme, sin apurar nada, y un día llegaste tú. Envuelta en una pestaña (tú me entiendes).

Y el día en que te ví distinta a todas las demás, ese día supe que la vida dejaba de darme la espalda y te ponía a mi lado para poder sonreír. Y entonces, solo me queda una cosa más para decir: TE QUIERO.

viernes, 2 de noviembre de 2007

Para la mujer que mira el mar



Es hora de que hable de alguien muy especial. Es hora de que empiece a llenar mi blog con lo que creo de nosotros dos, o con lo que espero de nosotros dos.
Eres una persona maravillosa. Has llegado a mi vida de una manera contundente. Has derribado todo muro que había a mi alrededor. Has logrado hacer que cambie como nadie había logrado en mis cortos 25 años. Has conseguido que me sienta un ser tranquilo. Has logrado despertar sentimientos en mí, que creía ya desterrados, o que nunca creí tener. Por primera vez en mi vida puedo decirlo, pero aún no lo diré porque a veces es mejor esperar un poco. A pesar de que nuestra relación sea así de intensa, así de veloz y de rápida. Tenemos aún menos de la unidad en que el año se divide, y ya parece que estuviéramos a punto de cumplir un año. La verdad es que esta es una carta pública dirigida a ti, para que todo el mundo sepa lo feliz que me haces. Para que todo el mundo sepa lo feliz que soy a tu lado, lo feliz que logro ser a tu lado. Llenas mi vida de alegría, llenas mi vida de colores, de sonrisas, de risas y pasiones. Cada cosa tuya, cada palabra tuya, cada caricia tuya es un insuflo de vida en mí.
No sabía cómo empezar estas líneas, pero no hay forma de empezar en especial, simplemente debo escribir que eres lo mejor que ha llegado a mi vida. Te he dicho (y me has dicho lo mismo tú) que lo que nos pasó antes, que lo que sufrimos antes, tuvimos que pasarlo y sufrirlo para poder llegar a nosotros sabiendo que es lo que de verdad deseamos de la vida. Y lo que deseo y espero eres TÚ.
Poco a poco todo es como si hubiéramos estado esperándonos. Como si hubiéramos estado mirando el horizonte esperando que aparezcamos. Sé que piensas y sientes lo mismo que yo y eso me hace más feliz aún.
Has llegado a mi vida para curar heridas que nadie pudo ni siquiera cerrar un poco. Me he hecho mucho daño, y tú ahora eres mi medicina, mi mejor vida, mi mejor sueño realizado. Gracias, chica que mira el mar.
Me gustas mucho. Me gustan tus piernas delgadas y delicadas, me gusta tu vientre, tu sonrisa, tu cabello donde puedo adentrarme y perderme porque es como un bosque. Me gustan tus pestañas porque no necesitas nada para hacerlas bellas como son. Me encantan tus labios y perderme en ellos. Te podría besar días enteros sin parar. Me encantan tus delicadas manos que me acarician y me calman.
Me gusta el tono de tu piel, venido del oriente lejano, de una tierra donde el sol mece las horas día para darle su calor y su fuerza de vida. Me encanta cómo suena tu voz, tan segura, tan rítmica, tan suave que es un arrullo. Me gusta tu cuerpo entero. Porque me gustas tú.
Sé que no aún no puedo decir tu nombre. Sé que aún no puedo poner tu foto, ni insinuar quién eres, mi Betty Boop.

miércoles, 10 de octubre de 2007

PARA EL PUEBLO LIBERTAD

Que las cosas empiezan a tomar valor cuando las perdemos es una verdad absoluta. Que cuando sabemos que una ex pareja está rehaciendo su vida lo empezamos a amar como nunca antes, es harto sabido. Estas son simples cosas, anotaciones de un despistado, de el más distraido del barrio. Pero hay que ver que son verdad. Huevadas mías.
Ahora que sale el sol cada mañana (porque además ya se nos acerca el verano), la nube gris a la que alguna vez le cantaron los criollos de antaño llega para joder. No para mojar. Para joder la paciencia.
Que las mujeres son las terroristas de las emociones, y que son capaces de derribar puentes y edificios a punta de ataques lacrimales, es una gran verdad que hasta los niños la conocen.
Ahora, cuando ya todo en mí es paz. cuando estoy despertando de una oscura etapa de mi vida, de un período de soledad y odios y rencores y recelos. Ahora precisamente que vuelvo a querer ser feliz, a pensar en ser feliz, es que me atacan. Me agreden.
La vida es al revés. Cuando quiere y necesita algo, nunca lo tiene. es como cuando sale de casa apurado porque se hace tarde, y desea tomar un taxi. No aparece ninguno. la ley de Murphy. Pero cuando uno no los necesitan, pasan y pasan y todos están vacíos esperando que los abordes. así pasa.
Ahora que quiero ser feliz, te metes en mi felicidad y me quieres arrebtar los sueños.
Ahora que no quiero nada contigo, quieres tú algo conmigo.
Ahora que ya no te quiero, que ya no te amo, dices que me quieres y que me amas.
Ahora que ya te olvidé, dices tú que piensas siempre en mí.
Ahora que creo en mí, dices que ya crees también en mí.
Ninguna palabra, ninguna situación, ningún chantaje, ninguna lágrima, ninguna risa, ninguna palabra, ninguna foto, ninguna carta, ningún correo, ninguna llamada, ningún mensaje me hará cambiar de parecer.


martes, 25 de septiembre de 2007

Caja de la Memoria

Jamás pensé que las cosas iban a suceder de la forma en que acontecieron. Sus recuerdos se iban como el agua entre los dedos. Y entre esas memorias que se vaporizaban se iba también la imagen de este chico que estaba de enamorado con su nieta.
Las cosas eran muy lindas, por decirlo de alguna manera. Eran buenas en verdad. Llegaba a la casa de la chica de la que hablé hace un momento, y su abuela se emocionaba tanto como ella. Era muy gracioso, le gustaba conversar mucho conmigo, me contaba sus cosas, lo que pensaba. A veces mi enamorada hacía lo mismo. Pero en fin, no es de ella de quien quiero hablar.
Y así pasaron varios años, y sentía que de verdad ella me consideraba, digamos, como un nieto más, como el tipo indicado con el que le gustaría que su nieta, la favorita ella misma, pase el resto de sus días y forme una familia. Y así que yo la llamaba en su cumpleaños si es que no podía ir a saludarla, le hablaba, le conversaba. Siempre tenía minutos y más para oírla y saber qué pensaba. Siempre tuve esos detalles con ella. No me incomodaba, a pesar de que a mi enamorada le aburriera algunas veces que yo pasara el tiempo así con su querida abuela. Pero así soy yo, y nadie me puede cambiar. A veces hago lo que nadie espera de mí.
Y así hasta que un día mi enamorada me contó que algo extraño le pasaba a su abuela. Estamos en la cama descansando después del combate sexual cuando ella me dijo: sabes, no sé que le pasa a mi abuela. Anda medio volada.
Y andar medio volada empezó a ser la forma de ser de la tierna anciana. Se olvidaba de todo. Le echaba doble ración de sal a la comida (y hay que decir que cocinaba muy bien y que le quedaba todo de un sabor insuperable), se olvidaba de las pastillas, confundía los personajes de las novelas, se olvidaba de que ya había almorzado, se olvidaba de su familia.
Hasta que un mal y maldito día se olvidó de mí.
Juro que ese día, en que ella no me reconoció, sentí que ya todo se había acabado. La relación con mi enamorada, para ese entonces estaba muerta. Yo había hecho un viaje a Chincha, sólo con la finalidad de que mi, para ese entonces, ex enamorada pase la fiesta de Año Nuevo conmigo. Y además era un buen argumento para ver a mi querida y anciana admiradora y amiga.
Mi ex me lo advirtió. No es la misma, Omar, no te vayas a asustar. Y me asusté. La vi y me acerqué muy presuroso a darle un beso y abrazarla, pero ella se asustó y sólo retrocedió mirándome como se mira a un extraño que nos quiere atacar. Debo confesar acá que estuve a punto de llorar. Las lágrimas pugnaban por asomar y dejar claro que eso era algo que me había dolido. Pero preferí no hacerlo. Por ella. Por ella también.
Traté de hacer que me recuerde. Pero era complicado, era como intentar armar un rompecabezas en el que no se encuentra la pieza clave. La pieza de donde te das cuenta que todo parte y empiezas a dar forma, al mural que no es tu vida, pero que nace bajo tus manos.
Le hablaba de mí, de mi casa en Chorrillos, de mis cigarrillos, de que amaba (¿la amaba aún? O quizá también me iba olvidando de eso) a su nieta, de que ella siempre tenía la buena mano para preparar algún dulce cuando yo iba a su casa. Le dije de todo, hasta le conté los secretos que ella me había confesado. Nada. Al final nada conseguí.
Ella ya me había sacado de su mente, de su memoria, de su vida. Lo mismo ya había hecho su nieta.
Era evidente mi dolor por esto. No pensé que la enfermedad la había atacado tanto y de manera tan veloz. Creo que no me veia en tres meses, pero yo para ella ya era un completo desconocido, un extraño en el que no se debe confiar.
Ahora ya no sé nada de ella. Rompí toda relación con su nieta, que ya para ese entonces no era nada mío, y yo no presumo que haya seguido siendo algo para ella. Me desconecté de ese mundo. Pero a veces esa tierna y sabia abuelita vuela hasta mi mente, y pienso (¿qué equivocado se puede estar?) que ella está pensando en mí. ¿O´será su nieta la que aún piensa e mí?
Yo también ya me olvide.

viernes, 21 de septiembre de 2007

Extraditan a Fujimori

Acaban de dar la noticia: Fujimori será extraditado dentro de las próximas 24 horas. Sin embargo hay que señalar que el fallo se ha dado por los casos de la Matanza de Barrios Altos y La Cantuta. Es decir que en el Perú los juicios a los que sea sometido el ciudadano Fujimori Fujimori sólo podrán ser por estos casos.
Casos que la Corte de Justicia de Chile calificó como débiles, en el sentido argumental del legajo. Lo que significa que para ellos eran los más fáciles de vadear por el ex presidente. Es decir, que acá en Lima, en el juicio, podría darse el caso de que bajo los argumentos presentados en Chile, tenga que ser absuelto. El fallo que da el poder judicial chileno no es implicante, es dcir que ellos han determinado que existen indicios como para que la justicia peruana pueda hacer el proceso a Fujimori. Lo que no significa que él sea culpable. El pan se quema en la puerta del horno, podría ser un titular de algún diario limeño.
Alberto Chaigneau, juez del caso, ha aprobado los cargos por corrupción y violación de los derechos humanos. Que no son cargos simples, no lo son. Pero no me cabe duda de que esto pueda ser facilmente superado por el Fujimorismo, ahora con Alberto Fujimori a la cabeza.

lunes, 17 de septiembre de 2007

¿Y ya leiste este este libro?

Cada mañana que abro la bandeja de entrada de mi e-mail siempre espero ver un correo nuevo. De quien sea, pero que sea para mí. No. No hablo de esos correos que te envían las malditas agencias de publicidad electrónica informándote que tienen en su almacén el último consolador/vibrador con seis velocidades y turbo stereo. No. Esos correo se los pueden meter donde definitivamente terminarán esos productos que tanto anuncian.

La verdad es que soy un maniático para revisar mi correo electrónico. Lo reviso más de cincuenta veces al día. ¿Tan necesitado estoy de que alguien me escriba? No. Esa no es la respuesta. Lo que sucede es que me gusta leer y más aún me gusta escribir.

–Pero entonces porqué no te compras un libro y asunto arreglado.

No, de nuevo. La cosa no es tan sencilla como ir y comprar un libro. Eso para mí es lo más difícil del mundo. Qué dolor de culo comprar un libro. Ir a la librería, primero decidir a cuál. Navegar entre los miles de títulos nuevos. Comprar un traducido o en idioma original. El tipo de pasta, el tipo de hoja, de tal o tal editorial. Qué puta manía de exhibir tanta cosa junta.

Lo más jodido de ir a comprar u libro es saber si lo que estás comprando no se convertirá mañana en un “libro hecho para gays”. Últimamente suele pasarle esto a cualquier escrito que tenga la palabra pene más de cinco veces en una sola página. Pobres autores de tratados de urología.

Y esto que digo es verdad.

También está el inconveniente de que en la librería se te acerque alguien y te diga algo así como:

– ¿Y tú ya leíste esto?

Si quien te dice eso es una chica, digamos que algo linda, aunque sea cumplidora, pues dale gracias a Dios y a la Melchorita por haberse acordado hoy de tus 25 años de rezos acumulados. Y di algo como:

–Sí. Es un gran libro, muy tierno y romántico.

Con esa frase ya casi le has quitado la mitad de la ropa. Y si de paso agregas una cosa como “en muchas de sus páginas estuve a punto de llorar”. De seguro que ella va a ser quien antes de irse de la librería te va pedir tú número. Con el pretexto de reunirse a conversar sobre literatura. Pero tú sólo le querrás hablar de tu colección de revistas Playboy y de porno hardcore.

Volviendo al tema, la verdad que es muy difícil decidirse. Al final uno acaba comprando cosas del tipo “Manual del hombre multiorgásmico”. Y lo leerás pensando que es una gran inversión, que tendrás sexo más placentero. Craso y caro error. Sexo más placentero que con una 100-58-100 no podrás tener ni después de leer cien mil libros de autoayuda.

Por eso cuando voy a una librería, pocas veces en realidad, me paro cerca de los libros tipo “Nunca secaré mi pañuelo” y pongo cara de intelectual barato. Siempre, pero siempre, alguna chica se acerca y…bueno, ustedes ya saben lo que sigue.

jueves, 30 de agosto de 2007

La destrucción

Pisco ha dejado de temblar. Lima ya no tiembla. El Perú ya dejó de moverse. La gente vuelve a la normalidad y los medios ya regresan a sus equipos a Lima y todo seguirá como siempre. De nuevo las portadas y notas más importantes serán las de política, por ahí algún niño violado y cosas por el estilo. Pero algo más se queda latente. Las personas siguen, ya menos, con ese ánimo de la solidaridad con "los damnificados del sur" y uno sólo puede sentarse a ver las cosas pasar como quien mira al tren pasar. Al tren de la vida, porque uno ya no es un niño y los amigos de uno se empiezan a dar cuenta de que uno se está haciendo viejo y que ya somos nosotros los de ayer entonces. Algunos no podremos volver a la normalidad jamás.
Entonces estar aniquilado ya no es una sensación física sino más que un estado de ánimo, es una forma de vivir, de llorar. de sufrir, de pensar, de comer... de morir. Las muertes han sido contadas en más de quinientos. Algunos dicen que mil, pero hay más. La población mundial, de mi nundo, reporta millones de pérdidas. Países enteros desaparecidos, tragados por la tierra y por el olvido que cubre de polvo a los vencidos. Países enteros devastados. Millones de gentes desplazándose de norte a sur, de este a oeste y de viceversa. Y aún hay algo más ahí que queda latente. Doliendo a diario porque uno ya está cansado de llorar. Ningún mortal sobrevive a este dolor.
Tuve la mala suerte de ser el epicentro, estaba sujeto a ello desde que ella se decidió a armarse de valor y decirme esas cabronadas que sólo las mujeres más dolidas pueden decir. Que uno es una basura, que uno es un miserable, que no sabe valorarlas, que no es lo suficientemente hombre como para ellas... y esa retahíla de cosas que no queremos escuchar jamás.
Las autoridades hablan de posibles epidemias que contribuirían a que la población siga su camino a la muerte, hablan de sequías y de peleas por hambre. Hablan de todo lo malo que sucederá pero nadie dice que puede pasar otra cosa. Algo peor. Nadie dice que la gente está tan mal que hasta puede suceder lo que ya antes ha pasado. Suicidios. Por cientos y por miles. No son casos aislados. Se reúnen para hacerlos colectivos. Es la demencia de tu llanto.
Ahora, parado al borde del precipicio, entiendo todo lo que me has querido decir desde hace años, entiendo cada una de tuslágrimas que yo creía sinrazón y sinsentido. Entiendo cuánto te he dañado por ser como soy. Como me hizo la naturaleza de la vida que me tocó cruzar.


martes, 28 de agosto de 2007

Una fiesta para la pequeña Samara


Samara Moreno Vera ha cumplido un año de vida. La celebración ha sido cubierta por varios medios de comunicación. Ella no es la hija de un ministro ni de un congresista. Ni mucho menos. Es una niña damnificada a consecuencia del terremoto que azotó la ciudad de Pisco. Sus padres pudieron vivir para salvarla. La niña no sabe lo que ha sucedido. No sabe que el hermano y el primo de su madre han muerto.
Ella solo sonríe para las cámaras, mientras todos los camarógrafos y fotógrafos hacen hasta lo imposible para poder captar su atención y lograr “la toma”. Gesticulan, hablan, hacen muecas. Hasta sonríen con tal que la pequeña Samara deje de mirar a su padre y los mire a ellos. La comisión es la pequeña.
Su madre es Jéssica Vera Pulache, una joven de sólo 19 años de edad. Se dedicaba a animar fiestas infantiles en su natal Pisco. Se dedicaba, porque ya no hay fiestas que animar allá.
El sismo partió su sonrisa: el derrumbe de su pequeña casa de adobe le desfiguró el rostro. Estuvo a punto de morir asfixiada bajo los escombros de lo que hasta hace menos de dos semanas fue su hogar. Su esposo logró salvarla.
Abraham Moreno Soliz es el padre de Samara. A sus veinte años de edad ya sabe lo que es ver a la muerte a menos de un metro de distancia. Su esposa estuvo a punto de morir. Cuando sucedió el terremoto ellos dos corrieron, por separado a la calle para salvarse. En el miedo y el apuro Samara quedó dentro de la casa. La madre no lo pensó dos veces y se metió para sacarla, sin medir el peligro al que se exponía, pues la vida de su hija es lo más valioso que Dios le ha dado, como ella misma expresa. Salió con la niña en brazos y se acordó ahora de su pequeño hermano de solo seis años. Corrió a buscarlo, pero la casa se vino abajo y los atrapó.
Fue en ese momento es que Abraham, con Samara en brazos, se lanzó a lo que quedaba de su casa para rescatar a su esposa. La encontró casi enterrada y empezó a excavar con su mano libre, hasta lograr hacer salir la cabeza de Jéssica, para que pueda respirar. Media hora después, con los dedos ardiéndole por el dolor, la sacó. Su pequeño cuñado no pudo correr igual suerte, murió enterrado bajo los adobes.

TRASLADO A LIMA
Afortunadamente Samara sólo resultó con algunos rasguños, pero su madre no tuvo esa fortuna. “Un bloque del muro me aplastó el brazo, me oprimía el pecho y no podía respirar. Sentía que me dormía. Me estaba muriendo asfixiada”, narra una temblorosa Jéssica, quien resultó con una fractura del húmero y varios cortes en el rostro, por lo que al día siguiente de la tragedia fue evacuada a Lima, al hospital Alberto Sabogal, de Essalud.
Ya en el nosocomio, los empleados del área de Asuntos Jurídicos decidieron “adoptar” a la menor, y al enterarse de la cercanía del cumpleaños de Samara, empezaron a organizar una fiesta para la niña.

SEGUIR ADELANTE
A pesar de la tragedia que ha enlutado a su familia, Jéssica Vera no pierde la esperanza y la fe, y menos ahora que ve renacer la alegría. Y es que pudo más su pasión por llevar un poco de entretenimiento a los niños que el dolor físico, que no dudó en subirse al escenario, tomar el micrófono y animar la fiesta de su pequeña Samara. Cantar las canciones de moda, y hacer reír a los niños que estaban presentes le devuelve de a pocos la sonrisa a los labios.
“Todo lo que ha pasado es la voluntad de Dios. Él nos ha dado la oportunidad de vivir, y esto que ha pasado nos debe acercar más a Él”, sentencia Jéssica, conmovida casi hasta el llanto por el inesperado regalo que le han dado a su hija Samara.
Texto original publicado en el diario LA PRIMERA

sábado, 18 de agosto de 2007

Violencia y dolor: tres días de caos



Pisco ha sido devastado. Sus pobladores han sido diezmados por la furia de la tierra. Ni las lágrimas ni gritos de dolor que la televisión repite incansablemente pueden reflejar el terrible panorama de lo que se vive en esta provincia iqueña. El conteo de muertos aún no termina y ya pasan de quinientos. La búsqueda de cadáveres continúa. En Chincha, Ica y Cañete la situación es similar.
El jueves y viernes se pudo apreciar a la gente cargando a sus muertos, llevándolos a lo que antes eran sus hogares para darles un último adiós. La plaza de armas de Pisco se convirtió en una morgue. Cientos de cadáveres estaban apilados en las veredas, la gente pasaba a sus lados buscando (no queriendo) encontrar a sus familiares desaparecidos. Levantaban las mantas y aparecían los rostros que ya no volverán a sonreírles ni a decirles nada. Todo Ica está de luto. El Perú está de luto. No hay iqueño que no haya perdido a un familiar, a un amigo. La naturaleza ha sido cruel con este querido departamento.
La escasa capacidad del Gobierno para poder hacer una distribución eficaz fue el detonante que desató las más bajas pasiones de numerosos pobladores, quienes no vieron mejor solución que abalanzarse sobre las caravanas y saquearlas.
Los daños que han sufrido las vías de acceso, la escasez de agua y la ausencia de fluido eléctrico agravan el drama de los miles de sobrevivientes, quienes ayer tuvieron que dormir al aire por tercera noche consecutiva.
El puente aéreo ha dado prioridad al traslado de heridos. Alan García ha dicho que “nadie se va a morir de hambre”, pero esto suena a burla ante la desesperación de los pobladores de Pisco, Chincha y Cañete, quienes no tienen un pan que llevarse a la boca.
Desesperación y saqueos

El personal de la Policía no podía controlar los desmanes y tuvieron que recurrir a la violencia para frenar a los delincuentes que saqueaban los negocios en Chincha.Medio centenar de personas saquearon una farmacia en la plaza de armas de Pisco, y se apoderaron de víveres.
Todo parece indicar que el real impacto del terremoto superó las expectativas del Gobierno, que se quedó corto ante la magnitud de la tragedia que se vive en las zonas al sur de Lima y en Ica.
El ministro Luis Alva Castro ha dispuesto que un contingente de la Marina se traslade a la zona afectada, para así imponer orden y detener cualquier intento de saqueo. Esta medida se aplica en reacción a los desmanes.
El último adiós
Pasado el mediodía empezó la labor más triste. Largas filas de ataúdes blancos y negros componían el doloroso escenario.
Más de quinientas personas empezaron a abrir hoyos, pues las autoridades sanitarias dispusieron que los cadáveres sean sepultados antes de las 14:00 horas. Con lampas, picos y con las propias manos, centenares de deudos hicieron lo posible para terminar su triste labor.

Anochece

A medida que la noche avanzaba él sabía qué estaba sucediendo dentro de la cabeza de la mujer. Sentía casi los engranajes de sus pensamientos. Quería detenerlos a cómo dé lugar. La besaba, la cogía por la nuca y la pegaba más a sí, pero en su interior él sabía lo que ella pensaba y le daba miedo que tuviera ese conocimiento. Casi lo aterraba esa ventaja femenina.
Poco a poco ella lo envolvía entre sus brazos, entre sus piernas. Rodaba por la cama y él seguí con más miedo a cada instante que se enarbolaba su excitación. Hasta se daba asco de poder sentir ese placer a causa del cuerpo de ella. Sabía que ella era la que lo provocaba y no podía perdonarse el dejarse caer en esa tentación. Pero más culpable era el cuerpo de la mujer. La mujer conciente de aquel pecado.
De la inocencia de aquel joven. De aquel joven que ya empezaba a sudar pasión desenfrenada y que no podría detenerse dentro de unos pocos minutos si lo que sucedía no se paraba en este momento.
Sentía que empezaba a jadear sin saber el porqué. Su cuerpo ya no le obedecía, podía más eso que sentía sin saber qué, que si propia conciencia. Era presa del placer y de la excitación. Era un chico de quince años que jamás antes había tocado a una mujer. Y menos de aquella forma.
Ella lo manejaba casi. Sus treinta y cinco años la ponían muy por adelante. Lo hacía moverse a su gusto. A su entero gusto y capricho. Le hacía que la tocara donde ella deseaba. Su voz era un gemido que él aceptaba como la más importante orden. No controlaba su cuerpo. El deseo lo había entregado sumisamente aquella mujer que le doblaba la edad. Pero las ráfagas de conciencia le indicaban que eso estaba mal. Que no podían, que no debían. Y a ratos fogonazos de asco lo invadían y se trataba de separar pero ella ya lo dominaba con los movimientos de sus caderas y de su vientre.
A cada instante la rabia hervía en él. Se sacudía de odio por dentro. Pensaba en el padre que nunca lo atendió y lo culpaba de aquello. Pensaba en que también tendría que estar en su maraña de odio. Él pudo haber impedido que esto sucediera, si no los hubiera dejado tanto tiempo, tan solos. Al fin y al cabo, trataba de justificar lo que hacía la mujer, a pesar de todo, un hombre y una mujer juntos sólo pueden tomar ese camino. Esa era la única verdad que conocía. En la que vivía. De la que se alimentaba. De que la que dependía su existencia. Manipulada.
Le besaba los labios y se los mordisqueaban. La besaba en el cuello y en los senos. Jugaba con los pezones grandes de la mujer. Se perdía en el mar de senos, en el bosque de su bajo vientre y bebía de aquel manantial que lo trasladaba a la locura, presa del odio más antiguo y de la más clásica humillación.
Se sentía en medio del más lúgubre pasaje de la más gótica novela que podría representar su triste vida. Si triste miseria. Pensaba en los animales. Se sentía como ellos. Relegados en las esquinas de las casas. A los corrales. A los campos. Estaba viviendo como un salvaje. Estaba actuando como un animal. Sólo se estaba dejando llevar por el instinto.
No podía detenerse. Era inevitable lo que estaba a punto de suceder. La penetró.
La mujer se removía bajo él. Jadeaba y gemía a cada arremetida que le daba el muchacho. Lo sujetaba con fuerza, arañaba su espalda, mordisqueaba su pecho. Lo poseía.
Sentía en su vientre la creciente advertencia del orgasmo. Tenía miedo. A instantes tomaba conciencia de lo que estaba haciendo y trataba de dejarlo pero podía más el deseo que su razón. La abrazaba. La besaba. Le mordía los pezones. Le ajustaba los muslos y la penetraba con más fuerza. La abrazaba.
Casi antes de acabar. Casi antes de eyacular dentro de ella, la empezó a ahorcar como en un juego de placer, como una parafilia más. La mujer se llenaba de placer y se inundaba en sus efluvios. Acababa de regresar en sí. Él seguía y a medida que le era imposible evitar contenerse, lloraba pues en sus manos alguien se llenaba de placer y se iba de la vida.
Lloraba por matar a su madre.

viernes, 17 de agosto de 2007

Tercer día de dolor


Este blog se suma a la solidaridad por los afectados a consecuencia del terremoto del pasado miércoles 15. La cifra ha aumentado: se habla de más de quinientos muertos, y sigue creciendo. Ya hay más de mil 500 heridos. Muchos de ellos en estado de gravedad. Pueden perder la vida en sólo cosa de horas.
La lista oficial de muertos aún no se difunde. El caos está generalizándose en Chincha. Ya se han reportado innumerables casos de saqueos. Parece que la ayuda que envía el Gobierno es insuficiente. No se imaginaron la real magnitud de las desgracias que se ha ensañado con el pequeño departamento de Ica.
El jueves el panorama también superó mis expectativas. Un equipo del diario en que laboro, LA PRIMERA, viajó a Pisco e Ica para comprobar in situ (desafortunadamente no pude ir) lo que había ocurrido. Cuando los llamé me empezaron a describir un paisaje que no concordaba con lo que hasta esa hora imaginaba. “Loco, esta vaina parece Iraq”. Esta grase fue la primera que me dijo mi amigo Gianfranco Gonzales. Más tarde pude ver en la televisión que aquella frase no era exagerada ni nada por el estilo: gente sin miembros, sin cráneo. Todo era destrucción. Casi ni una sola edificación quedó en pie. Todo estaba en ruinas. Me imaginé entonces, también, a una ciudad devastada por un bombardeo aéreo.

SIGUE TEMBLANDO
La mañana del viernes me sorprendió con un fuerte temblor, que los sismógrafos identificaron como de grado 5 en la escala de Richter. Estaba aún durmiendo y me sacó de la cama. Mi mamá estaba muy asustada. Me abrazó y se tranquilizó.
Inmediatamente prendí la TV para ver los programas que transmiten en vivo en ese momento. Nadie sabía dónde se ubicaba el epicentro de la remecida.
La verdad que esto es una pesadilla que parece de nunca acabar. Siguen sacando cadáveres de los escombros. Siguen las imágenes de dolor y desesperación. La televisión parece una escena congelada de sangre.

jueves, 16 de agosto de 2007

El día más largo de los limeños

La noche recién había empezado. Eran las 6:41 de la tarde y una leve sacudida llamó la atención de todos. Me encontraba en la redacción del diario en que trabajo y todo parecía sólo un temblor más. De esos a los que los limeños ya estamos por demás acostumbrados. PArecía pero no lo fue.
La tierra seguía remeciéndose. Diez segundo. Veinte. La fuerza se intensificó y el miedo empezó a reflejarse en los rostros de los demás que estaban a mi alrededor. Un valiente redactor de política fue el primero en cruzar el umbral gritando lo que más tarde sería firme sinónimo de dolor: Terremotoooooo!
Al salir a la calle, más de un minuto después de que todo empezara, la tierra seguía moviéndose y con más fuerza. Los sismografos estaban marcando 7.1 grados en la escala de Richter. Nosotros sólo sabíamos que eso era algo fuerte. A cambiar la edición. En fin. Pero pasó algo que pensé que sólo sucedía en las películas. Ahí me asusté, de verdad.
Las pistas se movían como si fueran una alfombra tirada por algún gigante, los carros bailaban sobre el asfalto. Todo se movía. Los postes bailaban una trágica danza con los ároboles y ondeaban sus cables. Todo se movía. Un minuto y Treinta.
La gente de las demás casas salías despavoridas. Los niños lloraban, las mujeres se aferraban al brazo de sus hombres. Todo era pánico. La última vez que recuerdo ese sentir común de miedo, fue cuando la demencia senderista dinamitó Tarata. Todos, en todos lados, se abrazaban y sentían miedo. Esta vez el enemigo venía de adentro, de las profundas tierras.
Nadie hasta ese momento podía presagiar lo que habría de pasar. Lo que ya había pasado. El caluroso departamento de Ica había sido devastado por la furia de la tierra. Chincha, Pisco, Ica, el panorama era casi similar por esos lares.
Adivinamos a dónde habría sido registrado el epicentro. En ese momento caí en la cuenta de que si Lima no había sido el epicentro, cómo estaría la ciudad que lo haya sido. La verdad es que las ideas en ese momento quedaron cortas para lo que después sería la cruda realidad: el epicentro se registró en el mar de Pisco. Pisco tiene más de 200 pobladores muertos a consecuencia de este terremoto.
Chincha e Ica no se quedan atrás. La cifra total a estas alturas ya indica que van un total de 337 muertes, 829 heridos y se habla de cientos de desaparecidos. Quienes podrían pasar a engrosar el número de muertos.
Continuará....dejen sus comentarios.

sábado, 11 de agosto de 2007

Fetichista de tus pies


Con toda seguridad a estas horas ya estarás leyendo esto y sabrás que lo que he hecho ha sido consecuencia de tu desdén. De tu esforzado rechazo, de tu denodada indeferencia, de tu maldita apatía y de tu detestable sinceridad. Tu mirada reflejada en el espejo de tu baño lo demuestra claramente. Sabes que eres la culpable de lo que hice, aunque no puedas ya hacer nada.
Porque los muertos, muertos están.
Mis manos ensangrentadas lo dijeron todo. Me vieron y supieron al instante lo que había sucedido. No hizo falta que preguntaran nada. Yo mismo les empecé a narrar lo que acá había pasado. Faltaba más, mejor anfitrión que yo no puede haber, y menos en mi casa. Si no era quién iba a ser. Tú no. él tampoco.
La gente sin lengua no puede hablar.
Bien sabes que le silencio de la noche no es más cómplice que la ausencia de la madrugada. Bien te expliqué miles de veces que no cruces las pistas a la carrera ni que no mires antes de doblar en las esquinas. Pero, claro, tú eres más lista que yo y por eso ahora estás ahí, sin poder hacer nada, sin poder decirme algo, sin poder hablar, sin poder reír ni llorar.
Sin siquiera poder respirar el hedor de tu descomposición.
No creo estar loco ni demente ni ido. Con seguridad soy más cuerdo que ustedes dos, o de lo que ustedes lo eran. La verdad es que nunca me gustaron tus zapatos rojos de taco aguja número 8. Siempre desconfié de la gente que los usaba y por eso me causó mucho estupor cuando te los vi puestos. Ese día empecé a desconfiar de mí. Porque no quise reclamarte nunca el uso de esos zapatitos.
Ahora sin pies no podrás volver a ponértelos nunca.

domingo, 22 de julio de 2007

Me duele la muela


NADA COMO EL DOLOR DE MUELA PARA ESPANTAR LA INSPIRACIÓN... Y NO ESCRIBIR NADA DE NADA POR DÍAS, O SEMANAS... LA DEL JUICIO

sábado, 14 de julio de 2007

Amaneciendo sin ti.

La verdad que yo no soy el culpable. Siempre pasa lo mismo con ella. Debo decir que siempre me pasa lo mismo con ella. Siempre acabo siendo el culpable, el responsable de lo malo que sucede. Siempre soy el responsable de sus lágrimas. Pero como dice la canción Ladrón de tu Amor apréndete esto, que quien te hace llorar es quien te ama". Y no sé sí eso será cierto. pero ayer al ver sus lágrimas, me dolieron tanto que no pude hacer otra cosa más que llorar. La intenté abrazar, hasta pensé en pedirle disculpas (a pesar de saberme inocente) pero ella me rechazó como a un vil perro y empezó a insultarme, que era la pero basura, se metió con mi mamá y me dijo que me odiaba con toda su alma y que deseaba que me muera. Me sacó de órbita.
Intenté pedirle que me explique que había pasado, en qué momento había yo cruzado la línea imaginaria del buen al mal trato. a la agresión alevosa. A la roña cínica. En qué momento. No lo pude descubrir. Sin que me diera cuenta me lanzó una cachetada. Yo no sabía qué carajos pasaba ahí, pero así fue, me volvió a insultar y volvió a llorar con rabia. Me miraba y me gritaba que me odiaba. Ya estaban empezando a salir los primeros curiosos. La calle a las tres de la madrugada no es escenario propicio para ese tipo de discusiones. Me miraba y me gritaba que me iba a la mierda, que la olvide que ella me iba a olvidar de manera casi inmediata. Que nunca más la llame. Que no la vuelva a buscar ni mucho vuelva invitarla a salir. No sé qué había pasado. estaba ahí parado frente a ella. Metí la mano al bolsillo de mi casaca y apreté con fuerza la cajita que ahí tenía.
Me increpo que porque no le daba el dinero que me estaba exigiendo y le dije que yo no tenía ninguna obligación de dárselo, que para eso ella trabajaba y que además yo no era su esposo para mantenerla. La verdad es que yo me había comprometido a darle plata para los gastos de esa noche, pero su desidia me hicieron cambiar de opinión. Cuando nos encontramos, varias horas antes de que todo estallara sin sentido, estábamos de lo mejor, fuimos a cenar, reímos, nos paseamos a un cobrador, fue una buena noche. Hasta que de un momento a otro, sin decir o explicar nada, me dejó de hablar, ni me miraba. Sólo prestaba atención a los amigos con los que no reunimos.
Seguía ahí parado escuchando sus insultos. No podía entender qué mierda había hecho yo para esa reacción. Estaba más desubicado que nunca. Nunca tan incrédulo de lo que pasaba. Ella seguía insultándome, paró un taxi y me obligó a subir con ella. tampoco era que pensara dejarla irse sola. Pero seguía como estupidizado. Llegamos hasta su casa. Ella empezó a caminar aceleradamente y le dije, "osea que te traigo hasta tu casa y después me das un 'chau basura'", a lo que contestó "eso es poco para ti". La dejé en la puerta de su casa. Su papá me invito a pesar pero sólo atiné a decir hasta mañana, cerré la puerta y me fui.
Caminé un rato. Metí de nuevo la mano a mi bolsillo, apreté esa cajita y la saqué. La miré y la aventé a la basura.
Esa noche le iba a pedir que vuelva conmigo y que sea mi esposa.


sábado, 16 de junio de 2007

SOBRE LA MUERTE Y SUS DOLORES

Es algo duro, pero es fácil de entender. Que un hijo pierda a uno de sus padres, no es algo común, pero es algo que pasa casi como la ley de la vida. Y es que es la ley de la vida, que los mayores mueran antes de los jóvenes. Es un dolor hondo, inconmensurable, que marca si ocurre muy temprano. Pero que de todas maneras se lleva por siempre en el alma. Pero se supera, se entiende, se comprende, y se entierra en ese pozo que los humanos llevamos en el corazón y que se llama melancolía. Y es algo normal. Tan normal que hasta hay una palabra para definir el daño que esa partida nos ha causado: nos deja huérfanos.
Y cuando perdemos a un amigo, a un hermano. La situación puede en muchos casos ser aún más, o igual de dolorosa. Perder a ese compañero de la vida, al que sabe nuestros más duros secretos. Nuestros más tristes errores. Las más grandes derrotas. El más intenso de los triunfos. Ojo que cuando digo amigo o hermano, no me refiero a cualquier persona amistosa que se tome la molestia de escucharnos un rato, sino a esas pocas personas que uno las conoce de años inmemoriales y que a lo largo de la vida ha permanecido a nuestro lado, que ha sobrevivido a todas las guerras posibles.
Ese día, en que fallece esa persona, sabemos que una parte de nosotros se ha ido para siempre. Porque sí. Que una parte de nuestros recuerdos nunca jamás volverán a aflorar al presente sino que estarán enterrados para siempre en la eternidad del olvido mortal. Eso es algo que siempre nos queda marcado, y nos decimos que si esa muerte pudo ser la nuestra, que si ese compañero de vida se ha ido el próximo podemos ser nosotros. Y nos duele. Y lloramos. Pero también se supera. Se pasa, se asimila. Y se deja en el fondo de las melancolías.
Pero hay un dolor que creo que nunca se llega a superar. Nunca lo podemos entender. Nunca se lográ olvidar ni dejar a un lado del camino. Eso pasa, cuando la primera parte de este escrito sucede al revés. Cuando un padre tiene que enterrar a su hijo. Cuando un hijo muere se produce una ruptura en el alma, que ninguna otra cosa la podrá cerrar ni intentar llenar.
Nunca un padre debe enterrar a sus hijos, nunca un padre debe llorar la muerte de sus hijos. Ni siquiera existe una palabra para explicar el estado en que queda postrado un padre, ante la muerte de su hijo. No importa la edad a la que suceda. No importa las circunstancias. Ni importa el hecho de hay nacido o no.
Nunca entenderán lo que digo quien no hay pasado por ninguna de estas situaciones. Nunca comprenderán los dolores que acá trato de describir. Bien por ellos, en algunos casos. Bien por ellos. Nunca comprenderán que esta no es una ficción. Hoy duele. Hoy dueles.

martes, 5 de junio de 2007

Mi querdio (y clandestino) Blog

Hace un par de día vi como mi blog superaba las dos mil visitas, en poco menos de seis meses, algunos dirán que es poco, pero para mí es suficiente. Yo no le hago publicidad entre mis amigos, ni los molesto pidiéndoles que por favor entren a verlo, ni mucho menos les ruego para que dejen comentarios. Es más, ni saben que tengo un blog. Para mí eso es suficiente. Veo por ahí en la web blogs que tienen diez mil visitas, o mas, y leo lo que postean, y sinceramente me da risa la fruición con la que deben de presionar el F5 para así poder incrementar el contador, o algo más que ridículo, entrar a los códigos HTML. Aunque parezca raro, lo he notado, pero eso es problema. Me basta con saber que me leen quienes jamás han recibido un apremio mio por hacerlo.

Mi blog es un reflejo de las locuras que atraviesan mi cabeza. De las ideas que tengo sobre la vida. De cómo pienso que es el ser humano, de cómo se relaciona, de cómo daña lo que ama, de cómo suele hacerse daño a sí mismo.
Mi blog es un blog sencillo, que sólo quiere entretener a los demás, y dejar claro que los errores son valiosos para no volverse a equivocar. A veces pongo una foto para acompañar mis escritos, aunque es un poco difícil buscar imágenes que reflejen lo que escribo, porque corta la imaginación a los lectores, pues es como una guía de lo que yo creo que deben de pensar, cuando en realidad todo escrito es para que quien lo lea realice su propia película.
Mi blog tiene muchos botoncitos, que no son otras cosas que enlaces a páginas, directorios, manifiestos, movimientos, en fin, a páginas que me interesan, porque poseen más formas de relacionarse en la web. Mi blog también tiene un mapamundi, que es indicador de los lugares de dónde son mis lectores. Además tiene un globo terráqueo, que indica en dónde me han leído en el momento en que entro, se actualiza a diario.
También le he puesto un contador de visitas, que no sé si es fiel en las cuentas, pues como todo lo mío relacionado con los números, quizá tienda a fallar. Y tiene un habitante que busca ser reflejo de la palabra con que una vez un amigo describió a mi blog: lóbrego, oscuro. Por eso lo mora un murciélago.
Tiene mi blog una lista, jalada de www.radioblog.com, que no es otra lista que la música que me gusta oir, que siempre oigo, sobre todo cuando escribo estas líneas.
Con mi blog no busco hacerme famoso ni popular. Sólo ser leído y que la gente aprecie lo que escribo. Que aunque muchas veces son textos cortos, que no exceden las mil palabras, escribirlos me demanda un esfuerzo mental agotador. Para luego editarlos, cortarlos, agregarlos, corregirlos, y finalmente subirlos a la red de redes. Por eso, por que sé que es difícil escribir mucho y bien, porque sé que es difícil mantener el tono de la narración, desde la primera a la última palabra, por eso es que detesto los post extensos, porque antes de leerlos sé que son aburridos, sosos, insufribles, inenarrables. Que no sirven y que si los leo, a parte de envejecer sin algo productivo, quemaré mis pestañas en vano.
Mis escritos no son reflejos de lo que he vivido, ni de lo que alguien me ha contado, ni lo que por ahí pueda yo haber oído, no. Mis escritos son simples interpretaciones que hago de la realidad. Son historias basadas muchas veces en experiencias personales. Aumentadas por el lente de la literatura. Añadidas con ese tónico, que le suele dar a todo un efecto más real, de sangre necesario y preciso y exacto. Suelo escribir en primera persona porque cuando escribo, soy yo duelo de la realidad y hago lo que desee a mis personajes sufridos.
No son escritos autobiográficos, aunque este contradiga lo que escribí líneas arriba. Simplemente a veces pienso que, a mis 25 años, he tenido más vidas de las necesarias, que he sentido más, que he vivido más, que sufrido más. Que tengo un poco más que decir.
A veces cuelgo cartas, todas las que lean acá, en algún momento de mi vida las he enviado. Sólo este tipo de escritos son reales, son cosas que en algún momento las envíe, quizá con mucho de error o de triunfo. Pero puedo asegurar que todas mis destinatarias han derramado más de un para de lágrimas al leer lo que les mandaba. Y que también han sonreído y reído recordando que alguna vez formaron parte de lo que soy.
Nunca he hablado de mi familia, porque mi familia no tiene nada que ver en lo que escribo. Si alguien cree que tengo un hogar agresivo o inusual, pues estará en el más grande error. Acá el único inusual y extraño soy yo.
Toda ficción debe buscar mimetizarse con la realidad. Debe aspirar a poder ser portátil, que se pueda narrar a alguien luego de se lea. Toda realidad es ficcionable. Toda sin duda alguna. Lo único especial es que hay que saber qué palabras usar. Hay que tener en cuenta qué adjetivos son los adecuados, qué agregados no los creará nadie.
Toda realidad es una mentira que se hace verdad con la ficción.

lunes, 28 de mayo de 2007

EL DÍA DE MI MUERTE

Desde que recuerdo supe que iba a morir antes de los 30. La gente que me conoce lo sabe, siempre se los he dicho. “No se asusten ese día, ya se los voy avisando desde ahorita”. No sé cómo lo sé, pero así lo siento. Espero que no sea por una enfermedad, aunque los cigarros que desfilan por mis dedos son un anticipo de lo que podría ocurrir.
Espero que sea de una manera que no cause dolor. Espero que una noche me duela y al día siguiente ya haya ocurrido. Espero que no ocasione mucha pena en los que quiero y que me quieran. Por eso les vengo avisando desde más de 20 años. Desde que una mañana desperté con esa certeza.
No quiero un funeral muy pomposo ni nada parecido. Sólo quiero una cosa sencilla, humilde y tranquila. Sin tanta lágrima porque no es algo que pasará de improviso. Lo sé. Cuando ese día esté más cerca algo me lo irá avisando y lo podré anticipar. No hay peor muerte que la ocurre de un día para otro, y quienes se quedan nunca logran entender qué es lo que ha pasado.
Eso no lo quiero para el día en que me muera.
Pero hay algo que me preocupa mucho, demasiado. Me aterra cuando lo pienso. Quiero tener un hijo, una hija para ser más exacto. Y quiero tenerlo, obviamente, antes de los 30. ¿Pero qué pasará con ella cuando me muera? No es muy justo de mi parte traer un niño al mundo sabiendo que me voy a morir antes quizá de que vaya al colegio, o de que me pueda decir papá, dependiendo de a qué edad lo tenga. Y hay que tener en cuenta que por ahora no tengo con quién tenerlo. No tengo pareja. Estoy solo como el día en que mi madre me trajo al mundo.
Y eso es algo más que preocupante. Además que me causa mucha pena. Pensar que tanto quiero tener una hija, abrazarla, mimarla, engreírla (aunque digan que sea malo engreír a los hijos), cargarla, darle todo lo que me pida, dejar de tener algo para que ella tenga todo lo que desea. Declarar reina absoluta de mi vida y de todo lo que soy. Quiero todo eso para ella, y si se puede más, pues más. Que me da pena saber que no podré verla llegar a los quince. No podré ver a sus hijos cuando nazcan. No podré llevarla al altar. No podré verla llorar, o reírse, o simplemente crecer.
Pero la vida ya me lo dijo. Y la muerte también. Hace poco se me apareció. Me saludó y me pidió que la ayude a cruzar la pista. Cuando lo hizo no había notado que era ella. Me habló de forma amable. Me agradeció mucho cuando terminamos de cruzar la vía. Y, justo cuando se despidió, me di cuenta de quién era esa anciana mujer. Era la muerte. Lo supe porque me dijo “nos veremos pronto, antes de que cumplas 30”. Yo ya casi había girado sobre mis talones cuando ella empezó a decir eso, y al oírlo, volteé velozmente, pero ella ya había desaparecido. La gente me miraba muy extrañada. Me miraban con ese gesto con que se mira a los locos. Como se mira a la gente que habla sola en la calle. Y volvía comprobar que esa vieja mujer era la muerte, porque nadie más que yo la veía, ni mucho menos la oían. Así que me di cuenta de que ya tengo más de 25 años, que mi edad límite está a la vuelta de la esquina, y que cuando ella vuelva a visitarme, o a pedirme que la ayude a cruzar otra pista, sé que mi día habrá llegado.

viernes, 20 de abril de 2007

Sobre mis padres


El día que se conocieron él estaba viajando en un ómnibus y ella estaba parada en un paradero de la avenida Salaverry (no pudo precisarme cuál), leyendo un diario y esperando el carro que la llevaría a su casa. Dice que él que la vio y se quedó prendado de ella: estaba con una chompa roja, pantalones crema y unos zapatitos rosa. Marlene en esa época llevaba el cabello largo, lo que la hacía ver más delgada de lo que en realidad es. Decidido como siempre, Teobaldo bajó del bus y se dispuso a conversarle. No sabía cómo empezar, así que hizo lo que se suele hacer al menos una vez en la vida: le preguntó por una dirección. Ella volteó hacia la voz que le hablaba y dice que casi no pudo responder. No porque no conocía la ruta, sino porque el porte del hombre que la estaba interrogando la dejó sin habla. Balbuceo algo y le dijo que a unas cuadras. Él sonrió y se quedó ahí parado. Tenía su boina en la mano, su uniforme le exaltaba su atlética contextura. Era la década del 70 y estaba de moda ser militar. Marlene no lo ignoraba y se sonrojó.
Al día siguiente fue lo mismo, sólo que esta vez él fue de frente hacia ella y la saludó con la naturalidad de una amistad. Se sorprendió pero le respondió. Nada más. Sabía cómo hacer lo que quería. Esperaría.
Al tercer día la suerte y la vida le sonrieron. Cuando se dirigía a la esquina de vio algo que le hizo sentirse más seguro que nunca: Marlene estaba hablando con una chica. Esta chica era una amiga en común. Lo que no se imaginaba, y que le haría más fácil todo, era que las dos amigas en realidad eran hermanas. Se acercó y saludó a su amiga, Marlene se sonrió y se preguntó si se conocían. Ivón, mí tía, los presentó y le dijo que claro, que trabajaban en el mismo edificio, que Teobaldo era un gran amigo. Ni corto ni tono, las invitó a comer. Ya esa noche se hizo más evidente que entre los dos había algo más que una simple simpatía. Conversaron toda la noche y antes de despedirse, Teobaldo les propuso salir el fin de semana, que Ivón vaya con su enamorado y que Marlene le acompañe a él. Las hermanas se miraron, se respondieron sin decir palabra y aceptaron.
Ese fin de semana empezó todo. Él le dijo que la primera vez que le habló para preguntarle la dirección, en realidad se acercó simplemente para hablarle, porque cuando la vio sintió algo que a sus 26 años antes no había sentido. Ella lo miró a los ojos, y se besaron.
De eso han pasado ya más de treinta años y ahora yo estoy acá. Han tenido cuatro hijos, uno de ellos yo, el tercero. Siguen bajo el mismo techo, juntos, con todos nosotros.

viernes, 6 de abril de 2007

Tengo todo y nada más


Tengo 25 años y más de lo que creí tener a esta edad. Tengo mucho en la cartera y nada el corazón. Sólo el dolor que tú dejaste.

Tengo lo que muchas personas a mis 25 años quisieran tener. Tengo un buen trabajo, gano un sueldo unos pares de veces por encima del común de los mortales. Tengo el cargo de jefe de un grupo de jóvenes, y de algunos mayores que yo. Tengo un empleo en una empresa medianamente envidiable, y medianamente bien posicionada. Seguro que mucha gente de mi edad, de más edad, quisieran tener esto que tengo.
Tengo un cargo importante dentro de la empresa en que trabajo. La gente me llama todo el día a pedirme un sinfín de favores. Me llaman y tienen que fingir que me conocen para creer que lograrán su cometido. Tengo la posibilidad de hacer un par de llamadas y conseguir lo que quiera. Una persona con un poco menos de humildad que yo, pero con todo lo que tengo, se consideraría una persona importante. Pero no te tengo.
Puedo decir que poco a poco voy armando un guardarropa más que envidiable. Tengo las camisas que todos quieran tener. Tengo los zapatos que anhelan. Las zapatillas que desean. Los pantalones que esperan. Tengo casi todo lo que quiero, porque quiero. Pero a ti, no puedo.
Puedo pedir algo a los que me deben favores con la seguridad de que me lo conseguirán. Puedo decidir sobre el futuro laboral de varias personas, casi a mi libre voluntad. Puedo tener a muchas chicas interesadas, que sólo ven la billetera del hombre. Es más, vienen a verme porque quieren. Pero tú, ni me miras.
Es más, tengo más de lo que puedo querer, porque soy una persona simple y sencilla, cada día más humilde y paciente. Cada día menos ansioso de más y más anhelante de paz. Tengo la calma necesaria para poder vivir tranquilo y no desesperado. Pero tu ausencia me trae loco.
Hace tiempo que mi vida sólo está cuesta arriba. Sé que la caída será muy dura, si es que la hay. Por eso sigo humilde como cuando empecé, porque nada es para siempre y porque siempre hay que ser agradecido con lo que uno tiene y con todo el mundo que te ayuda a conseguirlo. Y te agradezco la alegría que me causaste y detesto la pena que me sigues clavando.
Tengo todo y es nada de lo que quiero. Todo es accesorio. Tengo la certeza de que si me lo pidieras como prueba, dejaría todo para tenerte a ti. Tengo más años que cuando me equivoqué y más ansias de que me perdones. La vida da con una mano y con la otra te quita. Ahora creo que es verdad.

domingo, 25 de marzo de 2007

La verdad de los domingos

No soy un hombre de familia, pero aspiro a tener una un día muy cercano, antes de mis 30 años. La verdad es que ahora quiero hablarles de algo que me sucede los domingos, cuando me toca descansar este día. Lo paso por lo general en mi casa, y contrario a lo que los demás puedan opinar, me aburro como si estuviera en la cola de algún banco, como si estuviera esperando que una mujer me diga las cosas de frente y sin indirectas o medios lenguajes.
La verdad es que no me gusta estar en mi casa los días domingos, no sé porqué, porque todos dirán que soy un marciano por eso, pero así soy yo. Camino por toda mi casa sin encontrar cuál es mi parte, cuál es mi rincón. Ahora, a veces, pienso que no es mi casa. Que mi casa ya no me pertenece. Que otras personas vendrán de un momento a otro y se instalarán en el cuarto en el que duermo y que se adueñarán de todo. De mis ropas, de mis discos. Hasta de mis libros. Y tengo miedo.
Arrastro mis pesados pies hasta mi cama, antes cojo un libro que ya leí antes y vuelvo a hacerlo. Me tumbo y descanso con los ojos sobre letras repasadas. Sigo pensando en la nada y que ya en unas horas será lunes y que tendré que empezar todo de nuevo. Ponerme la máscara para disimular que me agrada lo que tendré que hacer: apretar el gatillo es algo fácil.
Como decía, camino y camino hasta que acabo todos los pasos. Sigo y no voy a ningún lado. Mi casa ya no es mi hogar, creo que todos en mi familia me miran con ojos de extraños. Y creo que tienen razón.
Los miro y no me reconozco, aunque somos más que solo parecidos. La verdad está en sus ojos. No son ellos. No son las cosas de acá. No es que cambien las paredes ni los pisos. Soy yo.

lunes, 19 de marzo de 2007

El año en que mataron al campeón de tae kwon do



El Perú es un país violento y su capital, Lima, ya puede contarse entre las ciudades más peligrosas a nivel mundial. La inseguridad y los crímenes al paso son cosa del día a día. Pero hay muertes que no pasan desapercibidas, hechos que marcan a la colectividad y no pueden simplemente “pasarse a otra hoja”. El crimen de Ki Hyung Lee fue uno de esos casos. Era un hombre que renunció a su tierra y dio todo por el Perú, inclusive se nacionalizó.

La tarde del 9 de enero de 2004 era como la de cualquier otro verano, con ese típico calor sofocante que llena de sudor a los limeños. En una calle de San Isidro, un hombre que había apostado todo por el Perú iba en su vehículo rumbo a su casa, llevaba consigo un maletín con 40 mil dólares que acaba de cambiar en el conocido jirón Ocoña. Para él no sería un día común. A menos de un kilómetro de distancia, un grupo de criminales coordinaba el que pensaba sería uno más de sus atracos con el que pagarían los tragos para el fin de semana, con el que comprarían la droga de rigor en las juergas, y las mujeres de la calle para sus orgías. No imaginaban que acabarían con la vida de un maestro, y que este nuevo atraco los pondría tras las rejas. Esa tarde, el campeón mundial de tae kwon do, Ki Hyung Lee, fue acribillado de dos disparos: uno en el pecho y otro en el abdomen.
Una llamada telefónica inició los mecanismos de la muerte: coordinaban la calle en que interceptarían el vehículo en el que viajaba Ki Hyung Lee. A bordo de una moto Yamaha de placa ME1950, tres sujetos cerraron el paso al auto y amenazaron al hombre, apuntándole con un arma. Estaban en la tercera cuadra de la avenida Principal, en San Isidro, a sólo unos metros de la academia de artes marciales que dirigía el hombre, en la entrada de su domicilio.
Ki Hyung Lee intentó defenderse, poniendo férrea resistencia al arrebato de su maletín, lo que sólo enervó los nervios del Fidel Núñez del Arco Tássara, quien en ese entonces tenía 36 años, y había estado al timón de la moto. Sacó su revolver y apuntó a Lee, pero éste lo empezó a golpear. Aturdido por la lluvia de puños que recibió, dio un paso atrás y disparó dos veces. Una en el pecho y la otra en el vientre.
El hombre, quien había dejado su tierra natal al otro lado del mundo, y se había puesto los colores del Perú, para representar a nuestro país en torneos mundiales de tae kwon do, dejó de existir casi al instante. Más tarde, los médicos dirían que el deceso se habría producido por un paro cardiorrespiratorio, diagnóstico común que quiere decir que el corazón de un hombre deja de trabajar, y además paraliza los pulmones.
Instantes antes de los disparos, los dos hijos de Ki Hyung Lee habían oído los gritos que se originaban en la puerta de su domicilio, y bajaron presurosos del segundo piso. Lo primero que pensó Yong Ho, el primogénito, fue que les estaban intentando robar el auto. Dio unos pasos, pero uno de los delincuentes, quien luego sería identificado como Núñez del Arco, lo amenazó apuntándole con un revólver. Ya su padre había recibido un disparo mortal. El vigilante del local también pasó por el mismo peligro: corrió al auxilio de su jefe pero poco pudo hacer cuando el cañón de un revólver le cerró el paso. Era como si toda la sevicia y vileza de los criminales estuviera reunida en ese local. Era como si una simple llamada habría coordinado un crimen perfecto. Pero como bien reza el dicho, el crimen no paga.
El oportuno paso de un integrante del cuerpo de serenos de San Isidro, David Yupanqui, quien se había percatado, desde la combi en que viajaba, de lo que estaba ocurriendo en la casa del campeón, lo puso sobre aviso y dio parte a sus demás compañeros, que se dirigieron al lugar.
En ese momento los tres maleantes, Núñez del Arco y Wilson Melciades Vargas Lancho, alias Gringo (cabecilla del grupo), y Víctor Caycho Fernández, emprendían la fuga en la misma moto en que interceptaron a Ki Hyung Lee. De inmediato se dio inicio a una persecución que acabaría más de veinte cuadras después, llegando a la avenida Angamos, en Surquillo, momento en que la llanta trasera de la moto se revienta y los delincuentes tienen que escapar a pie: para hacer más fácil su fuga deciden separarse.
El primero en caer fue Núñez del Arco, lo detuvieron a sólo unas cuadras de donde se separaron. Estaba en una combi y cuando se dio cuenta de su suerte no opuso resistencia. El 3 de febrero cayó Wilson Melciades Vargas Lancho, días después sería detenido el tercer responsable de la muerte de Lee.

LA GATA
Las pesquisas policiales determinaron que los criminales eran miembros de la banda “Los Malditos de Surquillo”. El 2006, año en que cayó preso Johny Vásquez Carty, conocido como La Gata, se le acusó de ser responsable del atraco que acabó con la vida de Ki Hyung Lee. Sin embargo, el también ex miembro de la Policía y autor de los más sonados secuestros de la última década negó tener cualquier relación con este crimen.
PUEDE LEER ESTE TEXTO EN LA WEB DEL DIARIO LA PRIMERA

domingo, 18 de marzo de 2007

GIRO DE TUERCA

Ante lo difícil de seguir con la línea madre de este blog, y de mis ocupaciones laborales que cada vez me absorven más, he decidio hacer una serie de cambios en cuanto al contenido del mismo. No será nada drástico ni sufrido. Sólo unos pequeños detalles.
A partir de la fecha los post tendrán fotos. Obviamente relacionadas a lo que se escriba. Lo que se escriba ya no serán textos netamente de ficción. Habrán ahora también comentarios de hechos trascendentes, o de los que yo considere como tales.
Hablaré un poco de mí, de lo que hago y no hago, o de lo que leo y escucho. Y veo.
Espero que me sigan como antes.

lunes, 19 de febrero de 2007

Un tipo malo I

Entró a la bodega y pidió una cajetilla de cigarrillos y un par de barras de chocolate. Metió la mano a su bolsillo y pagó con un par de monedas. Salió y observó a los niños que jugaban por ahí cerca. Miró su reloj: era casi el mediodía. Esta es la mejor hora del día, aire fresco y varios niños corriendo por todos lados, pensó para sí y se metió la mano al bolsillo. Sacó un cigarrillo y empezó a fumar. Miraba a un lado y otro. Los niños corrían y saltaban, todo era alegría.

Dudaba si acercarse o seguir observando, total pasaría una media hora antes de que sonara la campana y ya nadie lo observaría, sería como uno más. Las salidas de los colegios siempre fueron sus lugares predilectos, aunque sea para mirar.

Dobló el diario que llevaba en la mano y se lo guardó en el bolsillo trasero del pantalón. Como cualquier padre que hace hora para esperar a que su hijo salga.

Era algo que le corría las venas, le quemaba las entrañas y no podía evitarlo. A veces con sólo imaginarlo se corría. Sabía que era una enfermedad. Lo sabía y no podía controlarlo. Se odiaba la mayoría de las veces por ser así. A veces prefería no existir cuando tomaba conciencia de lo que hacía. A veces hacía lo que estaba por hacer. Se descontrolaba y se excedía. La fragilidad de un niño nunca podía aguantar sus pasiones más enfermizas. Pero al final, él seguía siendo lo que era, y eso nadie se lo iba a cambiar.

No hay historias pasadas ni oscuras escenas de infancia en su cabeza. Hasta podría pensarse que es un tipo normal, casado, dos hijos, una casa, un perro, un auto, un trabajo respetable. En fin, lo que todo hombre desearía para sí.

Continuará...

sábado, 10 de febrero de 2007

CONFESIÓN

Nada de lo que acá se ha narrado o se narrará me ha sucedido. Todas estas historias son reales. Y si no han ocurrido aún, pues ya sucederán. Escribo esto para la gente que piensa en estas líneas como una forma de actuar. Como una forma de responder ante la vida.
Ni una palabra de acá debe ser vista como un consejo. Nada de lo que pueda publicar en este blog es una forma de catarsis. Nunca he sido más sincero.

martes, 6 de febrero de 2007

Una vida menos

El día que me dijo que estaba embarazada creí que me iba a morir. Lo primero que pensé fue en nosotros pasando hambre con un niño en brazos, sin fuerzas siquiera para poder llorar. Debo aclarar que tengo una maldita tendencia fatalista para intentar conjugar el futuro. Debo aclarar que yo ya no la amaba ni quería seguir con ella. La miré a los ojos y se lo dije. La verdad es que yo no te amo, tampoco al niño que llevas dentro. Como era de esperarse, ella empezó a llorar y yo recordaba que esta no era la primera vez que una mujer me daba este tipo de noticias. No era la primera vez tampoco que yo decidiría hacer lo que le dije. No lo íbamos a tener.
Pero mi amor, yo quiero que sigamos juntos y que tengamos a nuestro hijo. Ilusa. En mis planes no estaba esa idea. Ser padre no era una aspiración mía. Menos con ella. La verdad es que yo no quiero ser padre. No estamos listos para asumir toda la responsabilidad que un hijo implica. No estábamos listos ni para vivir solos. Sin padres que nos mantengan. Además que ya no deseaba estar más con ella. Ni en la cama. Ni en ningún lugar.
Lo abortamos y se acabó el problema, le dije. Ahí nomás murió el payaso. Otra vez se puso a llorar, que cómo pensaba que ella iba a hacer eso. Que era una chica de su casa. Que si me acosté contigo fue porque te amor, que si te entregué mi virginidad era porque pensaba que me iba a quedar a tu lado siempre. No me puedes hacer esto... y así un millón de excusas más. Simplemente le dije que ya había escuchado cuál era mi plan. Quiera o no lo tendríamos que hacer.
Algo en mí se quebró ese día. Nunca antes había actuado con tanta sangre fría. Nunca antes había dicho cosas tan crudas con tanta frialdad. Nunca le había hablado así a una mujer. Además, que para hacer lo que quería necesitaba plata. Plata que precisamente no tenía y ella tampoco.
La dejé en su casa y le dije que lo pensara. Que se diera cuenta que no podíamos arruinar nuestros futuros con hijo tan pronto. Además que su familia me mataría cuando se enterase. Amén de decir lo que mi padre me haría. Aunque por el de ella no había que preocuparse, pues no vivía con ellos. Los había abandonado justo hace un par de años. Lo duro sería su abuelo que de por sí me odiaba, como si sospechara que yo sólo me aprovechaba de ella. Que sólo la usaba para acostarme con ella cuando me diera la gana. A veces pensaba que él lo sabía y que por eso me trataba tan mal cuando me veía. A veces era así. Ella lloró (otra vez) y me abrazó, intentó besarme pero no quise. En ese momento se dio cuenta de todo. Me miró con odio empozado. Con el desprecio que sólo una mujer engañado puede concebir. Y me dijo mañana nos vemos para decidir todo.
Llegué a mi casa y al cerrar la puerta de mi cuarto abrí un cajón y me drogué. Necesitaba hacerlo. No lo hacía desde hacía un para de semanas pero ahora era indispensable. Casi como respirar. Empecé a llorar. Aún no podía creer cómo podía haber sido capaz de tanta maldad. Cómo era posible que fuera así. ¿Así era yo en realidad? ¿Así era mi verdadera personalidad? ¿No era sólo cuando estaba alterado? En realidad era un ser despreciable, tanto que hasta yo me daba asco.
Pero para eso tendría tiempo después. Lo primero era desaparecer ese niño que crecía en su vientre. Mi hermano. De su bolsillo seguro que podría sacar plata. Mi papá. Sería también una buena opción de banco. Lo malo era que se iban a dar cuenta. Pero a la mierda. Total estaba en juego mucho más que una reprimenda. Estaba en juego toda mi vida. Y eso era lo más importante, más importante que ella y que lo que le podría pasar.
Sin embargo, no podía dejar de llorar y empezaba a odiarme, a detestarme. Era difícil de creer que se pudiera ser tan cruel en tan poco tiempo.
A la mañana siguiente la llamé y le dije que teníamos que vernos sí o sí. La busqué en su casa y le dije que debíamos decidir de una vez por todas lo que íbamos a hacer. Ella me dijo que iba a hacer lo que yo decidiera. Que si quería tener el hijo, lo tendríamos. Que si deseaba que lo abortara, lo haríamos. Una vez más una gran cruz sobre mi cabeza. Una vez más una vida corría por mis manos, pero se desangraba. Algo dentro de mí quería que sea padre. Que asuma la responsabilidad que otras veces había rechazado como un bastardo pusilánime. No lo hice. Volví a ponerme mi careta de ‘sólo contra el mundo’ y rechacé a mi hijo como las hienas se comen a los cachorros débiles. Tenemos que abortarlo. Una vez más empezó a llorar y fue el final de mi voluntad. Un nuevo ser nacía en mí. Huraño, amargado, deseando el mal para todos y la infelicidad para los demás. Envidia por todos los vasos sanguíneos de mi cuerpo.
Le dije que nos encontráramos al mediodía en la esquina de mi casa. Que iba a conseguir algo de dinero para acabar con el problema de una vez. Ni siquiera tenía el valor de decir abortar. Hasta la sola palabra me daba miedo. Me moría de miedo y eso que a mí no me meterían nada en el cuerpo. Y eso que mi vida no estaba en peligro si el médico de turno fallaba. Me cagaba de miedo y sólo podía fingir que no me pasaba nada de nada. Me odiaba por ser tan cobarde. Ni un niño sin madre temía más que yo en ese momento.
Regresé a mi casa. Entré al baño y vomité. Me volví a drogar y fui hasta el cuarto de mi hermano y luego al de mis papás. Tenía cerca de 200 dólares en la mano y eso debía de alcanzar para todo. Tendría que alcanzar para acabar con mi hijo. Carajo, era la primera vez que decía eso. Sentí nuevas arcadas y por poco no arrojo todo en mi sala. Corrí al baño y vomité de nuevo. Salí de mi casa a hacer hora para ir a buscarla.
Nos encontramos y fuimos al Centro. Ya sabía a donde ir. Al mismo sitio de siempre. Al único lugar a donde había jurado no volver jamás. Pero como muchas de mis promesas, la había roto una vez más.
Subimos las escaleras. Preferí no usar el ascensor porque quizá el viajecito me haría vomitar de nuevo. Debía guardar la compostura. Un cobarde no hace esto. Pero yo soy de otra calaña. De la pero, eso es seguro. Las ratas que abandonan el barco antes que se hunda tienen más divinidad que yo. Mucho más.
Una señorita nos recibió e inmediatamente se dio cuenta de cuál era el motivo de nuestra visita. Nos dijo que esperásemos sentados a que el doctor llegara. Me dio miedo que me reconociera y que lo dijera. Que me dijera la última vez te lo dije, te advertí. Qué mierda haces acá.
Llegó y no dijo nada de nada, nos vio pero no nos miró. Nos miró pero no nos vio. Nos hizo pasar al consultorio. Hablamos… bla bla bla… Le pidió a ella que se desabrochara el pantalón y se echara en la camilla. Ella me miró y le dije que sí con la mirada. Se subió y obedeció. Tenía ganas de salir corriendo de allí y escapar. De huir y que nunca me encuentren. Oía voces. Voces de niños y no podía soportarlo.
Calculó que debía de tener unas tres semanas de embarazo. Yo pensaba igual. Fue directo, como las veces anteriores y me dijo (todo me lo decía a mí, era como si ella no estuviera ahí) que la gracia me costaría casi todo lo que llevaba en los bolsillos. Lo odié una vez más por dejarme sin plata. Y sin lo poco de dignidad que quizá aún tenía. Acepté.
Me dio una receta y la traje en menos de diez minutos. Le dijo a ella que se desnudara y se pusiera una bata. Me pidió salir de la habitación. Estuve en el pasillo fumando. Me pegué a una ventana y luego me senté. La oí gemir un par de veces. Sabía lo que estaba pasando adentro. Un grito suave partió mi alma por completo. Nunca había sucedido así. La puerta se abrió y yo me levanté. Me acerqué al doctor y me puso una mano en el hombro.
Empezó a hablarme. Que las cosas son así. Que un hijo es algo difícil…Tranquilo doctor, le interrumpí, no tiene que explicarme nada. acá el único hijo de puta soy yo.