miércoles, 27 de diciembre de 2006

Una noche más

Every time we say goddbye. Ella Fitzgerald.
Esa noche ella me enseñó algo que jamás olvidé. Jamás. A veces cuando recuerdo sus palabras me doy cuenta de que sigo siendo el mismo tipo estúpido y arrogante de siempre. El mismo que se creía más que todos, y que todos no eran nada a su lado. Cada vez que pasa eso me siento mal, porque entonces me vuelvo a dar cuenta de que ella tenía razón y que es como si siguiera parado en la misma vereda en que me aventó el mundo encima.
“Nunca vas a hacer nada por mí. Nunca quieres hacer nada por mí. Todo para ti es tú y tú y sólo tú. Para ti yo no valgo ni lo que gastas en tus malditos cigarros. Todo lo que hago está mal, todo. Porqué mierda eres así. Te amo pero no puedo más. Sé que nunca te voy a dejar de amar, pero no puedo más. Me hiere amarte y no quiero morirme de amor. Prefiero morir sola antes que morir por el amor que te tengo”.
Y lo peor de todo fue que no le respondí nada de nada. Sólo atiné a llorar y empezar a darme cuenta de cuánto ella había hecho (y hasta hoy hace) por mí. Sólo le dije que la amo y que era todo lo que podía darle y que si quería más me diga que era porqué yo no soy adivino y que ya te dije que a mí las indirectas no llegan a destino. Siguió llorando y me dijo que siempre yo era igual.
No sé cuánto tiempo ha pasado de aquella vez. Tampoco quiero pensarlo. No sé si ella estuvo con otro amándome como me dijo o si estuvo sola todo ese tiempo. Tampoco quiero averiguarlo. Pero cuando a veces la llamaba y le decía que si podemos vernos siempre me respondía que sí. Hasta seguimos saliendo juntos e íbamos juntos a las reuniones de los amigos en común. Era como si la farsa de nuestra relación sólo fuera vista por nosotros.
A veces ella me llamaba y me decía que quería verme y que sólo quería conversar. Y bueno, nos veíamos y conversábamos.
Y como decía al comienzo, sus palabras aún retumban en mi cabeza, sobre todo por estas fechas en que escribo esto porque creo (casi seguro) que fue por estos días en que todo pasó. La última vez que me llamó la noté más triste y cuando la vi lo comprobé. Había pasado más de un mes de la última vez que salimos y estaba algo distinta. Tenía un halo como de que ya estaba en paz con su alma, de que me había perdonado por todo lo que le hice de mal.
Y hablándole de cómo la veía pues se lo dije y ella respondió que sí, que últimamente había pensado tanto en lo nuestro que sabía que de todas maneras se iba a morir a mi lado. Que sabía que íbamos a regresar y que de seguro me daría la hija que tanto quería.
Pero yo seguía empecinado en creer lo que yo quería y eso le daba miedo a dar el paso que ya yo no le pedía porque todo el mundo se cansa alguna vez de pedir algo.
Esa noche en que le pregunté que porqué se veía tan distinta me di cuenta de que ella era mucho más de lo que yo algún día llegaré a ser. Que mis escritos de aspirante a seminarista no llegaban ni a los pies de lo que ella sabía hacer al hablar. Que mi carrera de escribano al peso era nada ante su capacidad para hacer de todo y bien. Y bueno, que todos mis vicios eran una escoria al lado de su impecable vida. Me sentí muy avergonzado. Yo le llevó más de dos años y cuando yo tenía la edad que ella tiene ahora pues no era ni la sombra de todo lo que ha conseguido. Sinceramente me puse a pensar en qué debe haber sido lo que ella me vio para enamorarse de alguien como yo.
Por primera vez en mi vida lo reconocí. Sabes qué, le dije, te admiro. Aparte de todo lo que siento por ti también te admiro y te tengo una sana envidia por todo lo que eres y que yo quizás nunca llegue a ser si me quitas la luz de tu vida. Me sentí fresco y nuevo, con más vida. Ella se sonrió y dijo que le alegraba mucho que dijera eso, no porque la adulara si no porque eso le demostraba que todo este tiempo separado de ella en verdad me había servido para reflexionar y darme cuenta de la ruta por dónde estaba llevando mi vida. La verdad que no sé que tan cierto sea eso pero a ella le gustó. Y con eso me bastó.
Esa noche, luego de cenar me dio un beso y me abrazó muy fuerte. Me había dado un beso en los labios y eso me sorprendió. Si es que en algunas de nuestras salidas pasaba eso era por mi iniciativa. Y ahora ella hacía eso. No sabía si era una señal o no. Nunca he sabido descifrar lo que las mujeres tratan de decirme cuando usan ese lenguaje de actitudes, miradas y demás, para los que yo soy tan ciego como sordo. La besé más y me dijo que le hiciera el amor.
Fuimos hasta un hostal e hicimos el amor. No voy a decir que fue como nunca antes porque no fue así. Lo hicimos como solíamos hacerlo. Como a ella le encantaba que lo hiciéramos: con toda la ternura posible del mundo. Y así fue.
Debo confesar que me quedaba dormido y ella me hablaba. Me decía que tenía que perdonarla por todos los desplantes que ella me había hecho y que lo hizo porque estaba llena de odio. Que me odiaba casi tanto como lo que me amaba y que cada vez que me hacía sentir mal ella se sentía peor y que lloraba por mí. Nunca antes en verdad pude entender la forma en que me amaba.
Esa noche lo descubrí.
Nos abrazamos y ella me hablaba y yo le decía que no tenía nada que perdonar y que la amaba tanto como la primera vez que se lo dije. Me miró a los ojos y me pidió que me casara con ella. Me arrodillé en la cama y se lo pedí. Ella lloró y yo estaba más feliz que cuando hacíamos el amor. Me abrazó y me dijo que cuando amaneciera debíamos ir a su casa a hablar con sus padres. Muchas veces antes me había dicho lo mismo y siempre le respondí que no estaba seguro de casarme con nadie y ella lloraba y todo acababa en pelearnos. Pero esa noche yo ya era otro hombre, un mejor hombre. Casi como el que ella siempre se mereció.
Me besó muy tiernamente y me dijo hasta mañana. Se recostó sobre mi pecho, jugueteó unos segundos con los vellos sobre los que descansaba su mejilla y se durmió.
Me dormí prontamente y sin darme cuenta de nada. Ni lo imaginaba.
Desperté asustado luego de unas horas y recién en ese momento descubrí qué era lo que había pasado esa noche.
Ella estaba a mi lado. Muerta. Aún temblaban sus piernas. Un pequeño orificio en su frente se prolongaba casi hasta su nuca donde había una hermosa flor de carne y ploma. Su mano izquierda tenía un revolver.
Recién en ese momento me di cuenta de todo. Me amaba tanto que no quería morirse sin mí. Que quería saber que me iba a casar con ella y que iría a pedir su mano a donde sus padres. Que cumpliría todos sus sueños de niña ilusionada. Lo descubrí y me di cuenta que se había ido. Que nunca más la volvería a tener en mis brazos. La besé. Empezaron a golpear la puerta de la habitación. No podía moverme. Destrozaron la puerta y vieron todo.
Ella era tan buena conmigo. Nunca olvidaré esa noche.

1 comentario:

Rommy dijo...

no sabes la alegría que siento al encontrar a alguine que escriba con tanta sensibilidad y con las palabras precisas, lloré al terminar de leer, me encantó.
adios